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Reflexiones sobre la paz de Antonio Navarro

10 AÑOS DE LA PAZ PRECURSORA
Por Antonio Navarro Wolff para la revista Cambio
Lunes 30 de enero de 2006

Cuando Carlos Pizarro y yo vimos a un militar en traje de fatiga acercarse al helicóptero en el cual acabábamos de llegar al aeropuerto de Palmaseca, provenientes de nuestro campamento de Santodomingo(Cauca), se nos erizó el pelo. Palpé la empuñadura de mi pistola para confirmar que estaba disponible, hasta que me percaté que el mayor del ejército venía desarmado y sonriente. Tendió su mano y nos dijo: “Bienvenidos a la democracia”. Ese apretón de manos en enero de 1990 fue el inicio de una oleada de esperanza en el país. ¡La paz si era posible!

Marzo de 1999

Hacía año y medio que Pizarro, inicialmente en solitario, había tomado la decisión de hacer la paz. Lo primero que hizo fue tratar de convencer a los otros miembros de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar de caminar juntos por esa senda de la solución política. De ellos, los más fuertes e importantes eran las FARC. Por eso viajó en 1998 al campamento de la comandancia de esa organización, ubicado en aquella época en la zona rural del municipio de La Uribe (Meta).

Durante más de un mes, permaneció en lo que las FARC llamaban “el rincón de los abuelos buenos” conversando el tema con Jacobo Arenas, Manuel Marulanda y otros miembros del Secretariado. Aunque logró interesar a Jacobo, infortunadamente no logró un acuerdo para negociar juntos.

Después de pensarlo algunos meses y de evaluar la situación de las otras organizaciones guerrilleras, Pizarro decidió que el M-19 debería dar el paso solo. La primera reunión con el gobierno de Barco se realizó en Lomas de Ilarco (Tolima), a principios de 1989. Desde entonces, hasta marzo de 1990, cuando las armas del Eme se volvieron lingotes de acero, en un horno de una siderúrgica de Cali, discutimos, socializamos y aceptamos por unanimidad la propuesta que volvió realidad la paz profetizada por Jaime Bateman nueve años antes.

La paz es una decisión política

Muchas son las diferencias del actual proceso de negociación con referencia a lo sucedido hace diez años. Sin embargo, entonces como ahora, solamente con la política al mando, puede haber un acuerdo.

La nuestra fue una propuesta totalmente política, en la cual la mesa de negociación jugaba un papel secundario y la apuesta dura estaba orientada a lograr que la opinión nacional se movilizara por la paz y apoyara a sus artífices. Partía de dos elementos esenciales. Por una parte, la gran necesidad nacional de reconciliación. Por otro, el enorme deseo de cambio de las mayorías. El país de entonces, igual que el de hoy, quería cambiar con ganas, pero sin violencia, pues ella era entonces y sigue siendo ahora, una de las primeras cosas a modificar. Diríamos que el Eme le ofreció entonces a los colombianos la paz para el cambio.

Hoy muchos discursos hablan de la senda contraria: el cambio para la paz. Sea cual fuere el orden y el énfasis de los factores, lo cierto es que la política debe estar al comando.

La paz paga

Los resultados iniciales de la paz de 1990 fueron muy positivos.

Hasta el asesinato aleve y aún impune de Carlos Pizarro en abril de ese año, en vez de torpedear el proceso, sirvió para confirmar la voluntad de continuar adelante.

En aquel año se juntaron dos caminos de origen distinto que no estaban sin embargo separados. Por un lado, el cambio institucional con la séptima papeleta y por otro, los acuerdos con el M-19. Paz y cambio se volvieron compañeros de senda con un crecimiento de bola de nieve.

Los resultados electorales son indicativos del fenómeno. El 28% conseguido por la AD M-19 en diciembre de 1990 en la elección de constituyentes, fue sólo superado en el siglo XX por otra fuerza no tradicional: la ANAPO, en 1970. Ni la UP, ni el MRL ni siquiera el Nuevo Liberalismo consiguieron cifras comparables. Ella fue ligeramente superior al 27% de Noemí Sanín en 1998.

La Asamblea Constituyente representó en sí misma un escenario formidable de reformas, de reconciliación y de inclusión. La carta de derechos y garrantías, la democracia participativa, el encuentro entre antiguos enemigos, el reconocimiento a los indígenas y a las religiones no católicas, fueron entre muchos, logros históricos de ese foro. Lastimosamente, el resto de la guerrilla no se incorporó.

He oído recientes afirmaciones de miembros del ELN diciendo que en algún momento, las FARC, el ELN y el EPL de Caraballo propusieron tomar parte en la Asamblea si se les cedían 20 cupos y que el gobierno desestimó la propuesta por considerar el número demasiado alto. De ser ello cierto, creo que se perdió una oportunidad dorada para la paz.

Cuando terminó la Constituyente el 4 de Julio de 1991, habían firmado acuerdos de paz el EPL, el PRT y el Quintín Lame, con lo cual más de la mitad de la guerrilla emprendía caminos de paz.

Más adelante lo harían un grupo numeroso de miembros de las Autodefensas de Puerto Boyacá, la CRS -desprendimiento del ELN- y varios grupos milicianos de la ciudad de Medellín. Cerca de 7000 combatientes dejamos las armas, de los cuales, por cierto, el 90% estamos aún vivos. ¡No es cierto que firmar la paz es conseguir una sentencia de muerte!

La sanción de la nueva Constitución y la disolución del Congreso llevaron al nivel más alto la esperanza de los colombianos. Tres de cada cuatro personas creían que iba a empezar una nueva etapa en la historia de Colombia.

¿Por qué no se generalizó la paz? Muchas veces me lo he preguntado. ¿Por qué los niveles de violencia de hoy son superiores a los de la década de los ochenta? La única respuesta históricamente posible es que la paz no se generalizó porque el cambio político se detuvo y luego retrocedió, mientras el cambio económico y social nunca arrancó. En otras palabras, porque la democracia profunda sigue siendo una asignatura pendiente en Colombia.

El hecho de que la paz no fuera total y continuara la actividad de la guerrilla no firmante, requería que el proceso de transformaciones no tuviera pausa, pues aunque la insurgencia no fuera popular, podía refugiarse en su propio aparato, en la marginalidad rural y preparar desde allí nuevas ofensivas, sin sufrir la presión política de una paz exitosa.

La responsabilidad de lo que pasó es compartida por muchos, como todo consuelo de tontos. Nosotros, los de la AD M-19, fuimos responsables porque dejamos de acertar en la conducción del proceso. Nuestro primer error fue adoptar un enfoque “gradualista” en el tema de las reformas políticas, lo que permitió a los políticos tradicionales adaptarse al cambio, para malograrlo.

También fue responsable el gobierno del Presidente Gaviria, pues para mantener la mayoría de su partido en el Congreso, elegido tras la Constituyente, prefirió a los clientelistas.

El expresidente López, con su “operación avispa”, salvó a los caciques liberales y de paso a los conservadores, a costa de los renovadores de sus propios partidos. Otros hubieran sido los resultados de las elecciones legislativas de 1991si todos hubiéramos tenido que presentar listas únicas.

Hasta los empresarios tienen su cuota de responsabilidad, pues no ayudaron en la reinserción de los guerrilleros y si apoyaron la política tradicional con cuantiosos recursos para sus campañas.

Con el Congreso elegido después de la Asamblea Constituyente, tan cuestionable como el Congreso “revocado”, empezó la declinación de la AD M-19 y de los renovadores de los partidos tradicionales. En pocos años, el retorno de los brujos a la política, la prevalencia de una sociedad injusta y el recrudecimiento de la actividad armada, volvió al país a una versión agravada de la época anterior a 1990.

Así las cosas, parece explicable que ese sueño maravilloso, esa euforia colectiva de hace 10 años, se haya borrado de la historia oficial, de la que escriben el gobierno, los formadores de opinión, la guerrilla y hasta los paramilitares.

Pero la Constitución que hicimos está intacta y vigente. La ola de iniciativas ciudadanas de paz sigue creciendo. La renovación política explora nuevos caminos en alcaldías, gobernaciones y votos presidenciales independientes. El país no se detiene en su voluntad de cambio pacífico y nosotros seguimos empeñados acompañándolo. Los desaciertos que no permitieron consolidar el proceso de hace diez años, no borran los aciertos de una etapa precursora. Como tampoco debe sorprender a nadie si la nueva paz es parecida a la de ayer, pese a la obsesión de los actuales actores por marcar la diferencia.


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