Por: Horacio Serpa
TIENEN razón quienes reclaman que la marcha programada en todo el país para el próximo 4 de febrero se convierta en una jornada histórica por el acuerdo humanitario. No puede ser sólo para ratificar el desprecio de la sociedad por los métodos crueles de las FARC, que han estremecido al país y al mundo con las desgarradoras imágenes de los secuestrados en su poder desde hace 10 años.
El país desde hace mucho tiempo ha aumentado su rechazo a esa organización ilegal, que se ha convertido en pieza de museo del horror de la humanidad. Todas las encuestas la ratifican como la organización más impopular del país.
Y, sin embargo, es con las FARC que tendremos que dialogar algún día, ojalá cercano, para lograr un acuerdo humanitario, encontrar la llave de la libertad de los plagiados y hallar una salida negociada al conflicto armado interno. No hacerlo es condenar a la muerte en vida a los colombianos en su poder.
Está bien que se promuevan acciones para expresar el repudio colectivo a las guerrillas, pero esa lucha debe tener un espectro más amplio e incluir a todas las organizaciones criminales, como los paramilitares y narcotraficantes, que también violan los derechos humanos y han convertido los campos en reinos del horror y la impunidad, el despojo y el desplazamiento.
Las fosas comunes, en donde reposan los restos de niños y ancianos, mujeres embarazadas y jóvenes, lideres opositores y agrarios, sindicalistas y dirigentes comunales, son testimonio de un país cruzado por la violación permanente de los derechos humanos, que no encuentra el camino de la reconciliación. Debemos reclamar un futuro de paz y esperanza.
Hay que marchar el 4 de febrero, con el corazón puesto en la paz y el acuerdo humanitario. A la calle contra todas las formas de violencia y todo tipo de depredadores de los derechos fundamentales. No puede ser una marcha para beneficiar a los halcones, ni para amedrentar a las palomas. Tampoco para declarar victorias, ni para señalar derrotas. Tiene que ser una jornada para despertar la solidaridad y construir cultura humanitaria. Hay que marchar pensando en la libertad de los plagiados, en el dolor de las madres y los demás familiares. En la mirada triste de Ingrid, en el dolor extremo de los oficiales, en la incertidumbre de los norteamericanos, en la enfermedad de los secuestrados. En la lucha diaria de millones de compatriotas que se niegan a un destino de confrontación interminable. Y con la idea de que la intermediación de los países amigos no tenga limitaciones inconvenientes, si se quieren resultados.
Pero sobre todo, debe ser una jornada para ratificar que la paz se construye todos los días. En Santander voy a marcharle a la paz, el 4 de febrero y todos los días de mi mandato.