Hay algo que molesta en la gente que consigue poder: que se coma el cuento. Que se considere mejor, más inteligente, más ingeniosa y que se convenza de que los demás le deben sumisión. Tal vez ese fue el retrato que quiso pintar el saliente alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, cuando declaró que el presidente Uribe y Sergio Fajardo tenían algún parecido: “mientras Uribe se siente enviado de Dios, Sergio se cree Dios”, aseguró. Garzón tiene razón, pero se le olvidó incluirse en la lista.
Este Lucho es distinto al que llegó hace cuatro años a la Alcaldía. Hay que reconocerle que ha sido juicioso y que, gracias a eso, hoy sabe más de administración, ejecución de obras y presupuestos. Que ha ejercido liderazgo -aunque con grandes fallas, como la reclasificación catastral y el reciente cobro de valorización-. Y que sacrificó sus gustos personales para dedicarle tiempo al trabajo. Ese es su lado bueno.
El malo está a la vista y es de fácil constatación: el hombre que pretendía ser un ‘bacano’ desapareció y le dio paso a un ser egocéntrico. Soberbio, vanidoso y altanero con los subalternos; accesible y encantador con los poderosos. Sus víctimas, dicen muertas de miedo, que lo han soportado con la cabeza agachada porque no podían perder el puesto. Alguien preguntaba cuántos amigos le quedaban de verdad al Alcalde, después del maltrato que sufrieron.
Pero más allá de esa faceta personal que habla tan mal de él, no recuerdo ninguna gran batalla de su Alcaldía contra el poder establecido: la clase alta de la política, el empresariado, el comercio, la gente de la construcción y de los medios -su gran debilidad-. Garzón optó, más bien, por mimetizarse en esos círculos. Aparentaba, eso sí, que seguía siendo un sensible hombre de pueblo, hábil fabricante de frases memorables. De ellas se puede hacer una gran colección. Habría que releer la entrevista del domingo pasado en El Tiempo y, desde luego, el libro Reportaje de Julio Sánchez Cristo,para iniciar la selección del ‘españoluchismo’.
Únicamente se enfrentó, y de qué manera, a los suyos, a los de su propio partido, el Polo. Y a sus dirigentes, sus presuntos colegas de la izquierda. ¡Qué extraña voltereta! Ahora resulta que sus neoamigos, con los que puede adelantar un proyecto político, son del ultraestablecimiento y se ubican en la derecha del espectro ideológico: Luis Alberto Moreno, Juan Camilo Restrepo, Francisco Santos y hasta la esposa de Álvaro Uribe, Lina Moreno. Supongo que ellos lo fascinaron porque son ‘de mejor familia’, más ricos, más cercanos a la clase gobernante.
Por eso deben ser también más dignos de su respeto que Carlos Gaviria, quien sólo es un ‘académico’ -como lo llamó-, común y corriente. Una pregunta, Alcalde: con usted y con ellos, ¿Se puede hablar de un partido de la calle? ¡Qué forma sarcástica de denominar su movimiento! Definitivamente Garzón se emborrachó de poder.
El gobernante se creció, al menos en la opinión mayoritaria. El ser humano se achicó. Mientras usaba como arma de conquista la repetitiva historia de su origen humilde, trataba de hacerse perdonar su pasado yendo tras la conquista de la clase alta de la política, del empresariado, del comercio, de la construcción y la de los medios -su gran debilidad-.