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Caldas

Cuaderno de tareas
Ciudad, poesía y política
Por William Ospina / Tomado de Esfera, Revista de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Martes 29 de agosto de 2006

La fuerza de los argumentos, alternativa frente a los argumentos de la fuerza.

Manizales-. No hace mucho tiempo vi una fotografía aérea de Nueva York tomada a tal distancia, que esa ciudad que suele abrumarnos con su enormidad y su esplendor parecía una pequeña mancha en el abrazo de agua del Hudson River y del Atlántico, entre leguas de bosques y casi borrada por la bruma matinal. Una de las primeras ilusiones que se hacen las ciudades modernas es la de que han dejado atrás la natu-raleza y que existen y discurren sólo en el ámbito de la cultura. Convertidas hoy en megalópolis, tienden a borrar la conciencia del entorno natural en que están situadas, tienden a ser la ciudad absoluta, en la que todo lo que vemos ha sido concebido y construido por el ser humano, y prefigurado para satisfacer una necesidad, o una esperanza, de nuestra especie. Tienden a serlo, pero el proceso nunca es perfecto, ni siquiera en esa curiosa invención futurista, Brasilia, la ciudad que no creció con sus habitantes sino que fue concebida primero como una idea, como un diseño, después interpolada a la realidad y sólo finalmente poblada por las gentes.

Aunque no queramos verlo, en las ciudades está siempre la naturaleza, y está por todas partes: en los árboles que crecen en parques y jardines, en el viento que empuja las hojas por las avenidas, en la topografía que forma barrios planos y barrios en pendiente, en el poder de la fuerza de gravedad, en el sol que penetra por los ventanales, en la luna que platea los patios secretos, en los oleajes cósmicos del día y de la noche, en la lluvia que ciega las calles y que a veces convierte las modernas colocaciones urbanas en trincheras intemporales, zonas de perplejidad e incluso de desamparo. Pero sobre todo la naturaleza está en nosotros mismos, en el modo como oscilamos entre la disciplina colectiva del termitero y la soledad de la araña que tiende su tela, en la sangre que corre por nuestras arterias y en el torrente de las imágenes que a través de las pupilas se incorporan a nuestros nervios, en el modo como satisfacemos las necesidades, como rivalizamos, como amamos, como enfermamos y morimos, como cuidamos del medio o nos enfrentamos a él.

Y a veces esa naturaleza que la ciudad intentaba olvidar nos recuerda abrumadoramente su existencia: las llamas devoran algún barrio, las casas en pendiente se deslizan de pronto por el trabajo desquiciante de las lluvias, las calles se anegan gracias al desbordamiento de los ríos, o el suelo firme se estremece por la acción de las fuerzas profundas de la tierra, y en cuestión de segundos puede arrasar con las acumulaciones de décadas, con la firmeza de las construcciones humanas. También en ese caso es posible advertir que una ciudad no es nunca sólo un amontonamiento de materiales, un conjunto de edificaciones, una red de vías, unos centros industriales y comerciales, que la ciudad es algo vivo que participa de ciertas propiedades del universo físico y de otras del universo espiritual, y que es un error no advertir esa complejidad y no velar por ella.

Se diría que las ciudades modernas son la mejor prueba de que algunos filósofos calumnian al ser humano al declarar que es un ser de naturaleza irremediablemente agresiva, que tiende a la violencia y a la destrucción. Si los seres humanos no pudieran confiar en los seres humanos, si no pudieran confiar en los desconocidos, no nos encontraríamos hoy con esta asombrosa proliferación de ciudades enormes, no tendríamos en el mundo lugares como Tokio, Sao Paulo, México, Los Ángeles, Nueva York o El Cairo, que tienen cada una cerca de veinte millones de habitantes. Pero, por supuesto que esa enormidad es un defecto y que el mundo corre peligro de muchas maneras distintas con ese exorbitante crecimiento de las urbes modernas. Es difícil que se pueda vivir con cierta plenitud en ciudades tan grandes: las distancias que hay que recorrer devoran el tiempo de sus habitantes y disminuyen las posibilidades de disfrute; el ruido, la contaminación, la prisa, son propicias a la neurosis, a la melancolía, a ese conjunto de tensiones corporales y mentales que hoy solemos llamar estrés, y finalmente también propician la irrupción de males nuevos y de peligros inéditos. Así como el filósofo Virilio nos ha dicho que por primera vez, gracias a estos tiempos de globalización, ha aparecido el peligro de un accidente global, así también nadie ignora que la inesperada irrupción de alguna peste incontrolable podría, gracias a esas vastas concentraciones de seres humanos, arrasar con poblaciones enteras en cuestión de días o de semanas.

Pero es demasiado fácil jugar al tremendismo, y no es ese el propósito de estas reflexiones. Nadie podrá negar que la ciudad, la ciudad habitable, la ciudad armoniosa, la ciudad que es a la vez espacio práctico de la vida en comunidad y escenario complejo de la aventura humana, ha sido uno de los grandes sueños de la civilización, y ha acompañado siempre el destino de los seres humanos. Si bien las megalópolis son cosa de las últimas décadas, la ciudad es tan antigua como la cultura, y a lo largo del tiempo algunas ciudades afortunadas llegaron a aproximarse a la tentación de ser verdaderas obras de arte.

Ahora bien, sólo pueden llegar a trazarse el propósito de ser obras de arte las ciudades donde los seres humanos han llegado a comprender que la vida no se agota en la supervivencia, que hay en nosotros algo más que necesidades primarias, y es a ese orden personal y social al que con mayor propiedad podemos dar el nombre de civilización. Si sólo existieran en los seres humanos las necesidades elementales de supervivencia, la necesidad de alimentarse, de protegerse de los climas adversos, de descansar y de estar sanos, una ciudad podría agotarse en un sistema de fábricas, de mercados, de casas, de habitaciones y de centros de salud, pero ninguno de nosotros concibe una ciudad sin ciertos espacios que no parecen tener una utilidad inmediata de supervivencia: sin templos, sin parques, sin ferias de recreación, sin centros educativos. Esos escenarios nos hablan continuamente de la existencia de algo en nosotros que no se satisface con la mera supervivencia, que necesita una dimensión espiritual, caminos para el ocio, diálogos con la naturaleza, horizontes de conocimien-to.

Y podríamos seguir enumerando escenarios y objetos: tribunales, teatros, cárceles, monumentos, museos, bibliotecas, estadios, sistemas de transporte, canales de comunicación, redes de información, diarios; cada una de esas cosas habla de nuestra sujeción a los órdenes de la ley y de la justicia, habla de la sensibilidad, de la adhesión a las normas o el alejamiento de ellas, del respeto al pasado y la ponderación de la memoria, del sistema de valores que rige a la sociedad y que nos ayuda a juzgar nuestras acciones y nuestras omisiones, del ansia de belleza, de información, de entretenimiento que hay en nosotros.

La existencia urbana en el ámbito de la modernidad tiende a hacer de nuestras vidas sistemas de necesidades materiales crecientes, abiertas a todo lo posible, pero no siempre es un escenario propicio para la realización de nuestras expectativas y para la conquista de eso que llamamos, con una palabra tan ambiciosa como imprecisa, la felicidad. Toda ciudad muestra a la vista una suerte de diagrama de la cultura que la ha engendrado, del orden mental en que está inscrita, y en esa medida podemos decir que lo visible revela lo invisible. Es posible saber, por los contrastes entre la opulencia y la miseria, si una sociedad se plantea o no un ideal de justicia; por la diversidad de las construcciones, si estamos ante una sociedad homogénea o atomizada en estilos y voluntades; por la magnitud de los espacios privados o públicos si en ella impera la generosidad o la mezquindad; por la actitud espontánea de sus gentes, si la caracteriza la hostilidad o la hospitalidad, si la presiden númenes adustos o cordiales; por la presencia o no de árboles y bosques si hay en ella respeto hacia la naturaleza y conciencia de la necesidad que tenemos de estar en contacto con ese universo no humano tan indispensable para la vida.

Pero hay también una parte considerable de la ciudad que no puede ser buscada en las edificaciones, ni en el trazado urbanístico, ni en las cosas. También son la ciudad sus lenguajes, su memoria, sus tradiciones, sus valores, sus fiestas, sus músicas, sus sueños, sus pensamientos, sus ideales, sus símbolos. También son elementos constitutivos de una ciudad una serie de leyendas, de invenciones, de ceremonias, de afectos, lo que podríamos llamar su mitología, y a veces ese orden mítico, ese sistema de símbolos llega a ser tan importante o más importante que el mero trazado de las calles y que los órdenes económicos y sociales que la constituyen. Así, a muchas ciudades del mundo las identificamos menos por su tejido urbano que por algunos símbolos que se imponen a la imaginación: El Cairo por el ayer casi intemporal de sus pirámides, Roma por su viejo Foro en ruinas o por su condición de capital imperial de la cristiandad, Venecia por el juego de espejos de sus canales y sus góndolas, San Francisco por la belleza de su marco natural y la libertad de sus gentes, Río de Janeiro por su alegría y por su Carnaval, Bagdad por su perfil legendario de ciudad fantástica, que sigue erigiendo sus cúpulas azules y sus minaretes más en el mundo mágico de las Mil y una noches que en la realidad de las arenas irakíes. (Próximamente Medellín por suabalgata)

Tal vez no hay invención humana más fascinante que la ciudad, y tal vez no la hay más diversa. Porque cada ciudad se multiplica en los ojos y en la sensibilidad de sus habitantes y de sus visitantes, y cada uno puede dar de ella una versión singular. El sueño de la ciudad humana es inagotable, con cada cultura resurge y ninguno de nosotros sabe cuáles de las discretas y humildes ciudades del presente serán en un siglo o dos, si la humanidad per-severa en el mundo, los nuevos ejemplos originales de la aventura urbana. Cuando la Ciudad Prohibida de Pekín era ya el centro de una corte lujosa, no existían aún Babilonia ni Samarkanda. Cuando Tebas Hekatómpilus alzaba sus gigantescas columnas coronadas de lotos de piedra, y Troya había sido sepultada tres veces, todavía Roma no era más que una promesa en los labios de Júpiter. Cuando Roma imperaba en el mundo, Lutecia era apenas una aldea bárbara perdida en el Norte a la orilla de un río desordenado, y faltaban muchos siglos para que esa colonia marginal se convirtiera en París. Cuando París veía brillar la corte de Luis XIV, Nueva York era una aldea de mercaderes en una isla desolada con forma de pez.

¿Quién nos dirá dónde están las Babilonias del futuro, si las tecnologías crecientes van a extender metrópolis acuáticas en el desierto del Sahara o barrios vertiginosos en las montañas de Nepal, o si más bien, como lo presagian augures alarmados, las ciuda-des del futuro serán infinitas barriadas de miseria en las orillas fangosas del Amazonas, o una sola Chicago en ruinas, como lo soñara Bradbury, al lado del abismo polvoriento que fuera en otro tiempo la cavidad de los grandes lagos norteamericanos?

Todo el que se plantee el tema de la ciudad, de su planificación, de su administración, de su gobierno, debe tener conciencia de que una ciudad, en términos profundos, es un orden material, un orden mental, un sueño y una estética. Y que uno de los más firmes elementos constitutivos de la ciudad real es algo en principio casi invisible: el lenguaje. Una experiencia como la que se ha vivido en los últimos años en Colombia, a raíz del terremoto del Eje Cafetero, es un buen ejemplo de cómo la ciudad material, la ciudad de ladrillos y muros, de tejas y escaleras, de edificios y casas no es la más importante. Es la más necesaria y urgente, puesto que de su existencia física depende la supervivencia, la tranquilidad, la seguridad y la confianza de muchos seres humanos. Pero también esos seres humanos son la ciudad, y si queremos decirlo así, son una ciudad más esencial, porque es la que permite que en el momento en que la ciudad material se vea afectada por los accidentes de la naturaleza o del azar, sea posible reconstruirla, y mucho más que reconstruirla: tal vez, se diría, replantearla, tal vez reinventarla.

Digamos, sencillamente, que los muros no pueden reconstruir a los hombres pero que los hombres sí pueden reconstruir los muros. Que los muros no pueden rediseñar su orden y su estilo, pero que las comunidades sí pueden replantearse no sólo el orden físico sino el orden social en que viven, que hay en las comunidades humanas un poderoso elemento creador que les permite aprender de la experiencia, repensar el pasado, proyectar el futuro, modificar su destino. Por eso pudo salir la Roma imperial de los estercoleros de la Roma primitiva, por eso pudo crecer, de una aldea perdida entre el abrazo de agua del Hudson River y el Atlántico, la tremenda cordillera geo-métrica, los acantilados de cristal, como los llamaría García Márquez, de los rascacielos de Manhattan.

Lo que crea grandes ciudades, grandes proyectos urbanos, grandes urbes mitológicas, o algo más sensato y más discreto, ciudades bellas y felices, es esa parte de la ciudad a la que no le prestamos suficiente atención: los seres humanos. Por eso es tan importante el costado invisible de la ciudad, sus lenguajes, sus ideas, sus sueños, sus inventos, sus músicas, sus símbolos. Por eso una ciudad no lo es todavía mientras no permita que sus ciudadanos se sientan con derecho a soñar, a opinar sobre la ciudad, a proponer, a disentir. Y ello es aún más fructífero si esos ciudadanos que tienen derecho a proponer y a disentir, a exigir y a transformar, tienen también acceso a la información y al conocimiento, tienen un sentido de la belleza y de la armonía, y una profunda conciencia de su dignidad y de su importancia.

Hace poco, hablando entre amigos sobre la dramática situación de nuestro país en los tiempos que corren, alguien señaló la dura circunstancia de que Colombia no ha sido jamás un país rico. La verdad es que el oro, que era originalmente la gran riqueza de este territorio, se fue muy temprano en los enormes galeones de España, con unas toneladas de perlas y otras toneladas de joyas religiosas radiantes de esmeraldas, y desde entonces nuestras escasas riquezas convencionales apenas han servido para hacer opulento a un sector muy pequeño de la sociedad. Pero la verdad es que la mayor riqueza de un país no está ni siquiera en sus yacimientos de petróleo, ni en el poder de su ganadería, ni en el esplendor de sus minas, sino en la fuerza de su carácter. Cuando un país es capaz de creer en sí mismo, y de respetar a cada uno de los miembros de su comunidad humana, cuando es capaz de dignificarlos y de engrandecerlos, ese país no sólo es indestructible sino que es capaz de descubrir todas sus otras reservas, de convertir la inteligencia, la recursividad y el conocimiento en riquezas más grandes que las minas y que los pozos de petróleo.

A veces hablamos de la necesidad de reconstruir el país. Pero las valiosas experiencias de reconstrucción en nuestro país nos ayudan a todos a comprender que la palabra reconstrucción tiene ciertas limitaciones históricas. Sólo la ciudad perfecta, si existiera, sólo la urbe que fuera una obra de arte admirable, podría ante la adversidad proponerse la tarea de una reconstrucción, es decir, de una restitución idéntica de todo lo que era. Las otras, ciudades y sociedades, afectadas por la destrucción, por los accidentes, por las guerras, por la disociación, terminan comprendiendo que su verdadera tarea no es la de reconstruirse sino la de reinventarse, de volverse a soñar, de no repetir los errores que las hicieron tan frágiles y vulnerables, para no volverse a fundar sobre las mismas tierras blandas y en el filo de los mismos peligros.

Y también es importante aprender la lección de que si bien el país tiene arruinados sus campos, en bancarrota su industria, golpeado por la corrupción y la falta de rumbo su Estado, amenazada a la sociedad por la inseguridad y por el terror, y postradas en la miseria material a sus mayorías, tal vez eso no es lo más grave, eso es sólo la ruina de la ciudad material, de paredes y ladrillos, de tejas y escaleras, de edificios y casas. Lo verdaderamente grave es que estén despojados de su orgullo y de su dignidad incontables ciudadanos, que hayamos descuidado ese país humano sin el cual será imposible hacer renacer la economía, rediseñar el orden social, reinventar la política.

Yo me atrevo entonces a decir que en esos momentos, cuando lo que está quebrantado es la confianza, la fuerza de voluntad, la fe de cada quien en sus propias posibilidades, la capacidad de creer en los demás y de formar rondas de solidaridad, cuando más que la sensación de miseria la sociedad vive una angustiosa sensación de fracaso, a la orilla de un abismo de desesperación, lo que hay que reinventar primero no son las leyes, ni las instituciones, ni los partidos, lo que hay que reinventar es el lenguaje, ya que nadie ignora que es el lenguaje la sustancia que mantiene cohesionada a una comunidad, la que le da su sentimiento profundo de afinidad, la que le da su posibilidad de dialogar, y de proyectar un sueño compartido. Y es allí donde la política y la poesía bien podrían empezar a tener tareas comunes.

Yo entiendo por poesía un orden del lenguaje donde las palabras tienen a la vez sentido profundo, armonía y belleza. No llamo poesía al lenguaje almibarado que busca efectos sensoriales pero desdeña la seriedad del sentido, ni al lenguaje meramente rítmico que no trasmite hondas verdades humanas, ni al discurso pedante que carece de humanidad y de belleza. Me es más fácil encontrar poesía en los delirios de los mendigos que en la aridez de los técnicos, en la conversación de las personas humildes que en el lenguaje almidonado de los académicos, en la indignación de los humillados que en el discurso interesado y cínico de los políticos. La principal sensación que nos produce en estos tiempos la política, la inercia de los medios de comunicación y la mecánica de las burocracias es que el lenguaje que utilizan ha muerto, carece de gracia, de fuerza, de originalidad. Está hecho de repeticiones y de esquemas, de fatiga, de pesadez y de tedio. Pero es del lenguaje de donde brota otra vez la juventud de las ciudades y de las naciones, y por ello es preciso encontrar un lenguaje donde nos emocionen de nuevo la vida, la gracia, la imaginación, la capacidad de soñar, de amar y de creer.

Recuerdo haber visto en Armenia, en tiempos de la reconstrucción, a una comunidad que no sólo celebraba la conquista de unas propiedades y unos subsidios, sino sobre todo el descubrimiento de que hay una fuerza y una alegría en la solidaridad, en la ronda de las alianzas. Algo que es urgente reinventar en Colombia, la confianza, la capacidad de estar juntos, de marchar en una dirección armónica. En los últimos tiempos en Colombia, a medida que se pierde el sentido de la justicia, que se vulnera la legalidad, todo es sustituido por un formalismo insensato detrás del cual se esconden no altas verdades sino bajas pasiones, no un sentido de la historia sino una interpretación interesada de los hechos y un oscuro tejido de maquinaciones.

En ese sentido es importante el aporte que la poesía podría darle hoy a la política. Recordarnos que la política es simplemente la vida de la polis, la vida de la comunidad. Que ser ciudadanos es dejar de actuar como individuos aislados en intereses particulares, recuperar un sentido de compañía, la conmovedora alegría de estar juntos. Y ello supone también saltar del orden de la necesidad al orden de la plenitud, comprender que ser humanos es necesitar no sólo alimento y techo sino dignidad, belleza y armonía. Y el futuro demostrará, y el presente ya nos lo está probando, que sólo puede haber verdadera política cuando hay en ella idealidad, espíritu, una mirada en perspectiva y un sentido musical de la vida. Veremos entonces la política, tal como hoy la conocemos, como esa ciencia o esa técnica exhausta, que se apartó del manantial de la vida, del amor verdadero por una comunidad y la búsqueda de su felicidad, que dejó de beber de esa agua pura, y vio secarse toda su elocuencia. Y dejaremos que la política verdadera se nutra de un lenguaje que no nombre generalidades sino hechos vivos, circunstancias conmovedoras, detalles precisos, cosas aparentemente insignificantes pero que son aquellas por las cuales en realidad se ama y se odia, se vive y se muere en el mundo.

Somos una fusión tremenda de lo natural y lo artificial, pero sólo en el arte esas dos potencias humanas se alían. Buscar lo bello renunciando a lo necesario es frivolidad, buscar lo necesario renunciando a lo bello es sordidez. Hace cien años el desafiante escritor Oscar Wilde escribió una de sus más rotundas provocaciones. En una cultura donde se tiende a pensar que ser realista es ser elemental, que ser sensato es limitarse a lo convencional, y que por el contrario todo lo sutil es superfluo, él construyó aquel epigrama aparentemente frívolo pero en realidad profundamente significativo: “sólo lo superfluo es indispensable”. Para nuestra realidad, digámoslo de un modo atenuado: sólo lo que parece superfluo para nuestro conformismo es fundamental para nuestro ambicioso proyecto humano. En suma: limitarse a lo indispensable es negarnos a lo deseable; limitar los horizontes de lo humano a lo que es fácilmente alcanzable es negarnos a lo más humano: a la exploración de lo mejorable, a la conquista de lo posible.



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