Columna de opinión / La otra orillaBogotá-. No se pudieron poner de acuerdo el sector encabezado por Gustavo Petro y el que lideran Lucho Garzón y Angelino Garzón. Es una lástima, porque una izquierda equilibrada en sus liderazgos, moderada en sus mensajes, confiable en sus ejecutorias de gobierno, hábil en el tratamiento de sus diferencias internas, habría logrado una de las listas más votadas en las elecciones parlamentarias y se habría colocado en una muy buena posición para el debate presidencial.
Pero es la confirmación de que, al igual que en otras partes del mundo, la izquierda se disloca siempre en dos tendencias: una que enarbola un discurso duro, cerrado, que ofrece quiebres históricos y apunta a la conquista de los votantes más definidos y contestatarios; y otra que propone un relato político abierto, flexible, que aspira a cambios graduales y se empeña en la conquista de votantes de los más variados sectores sociales.
Hace apenas dos meses, Enrique Santos, en una conversación sobre la importancia de la unidad de la izquierda, me decía que no creía que Petro, el Partido Comunista y sectores del Moir aceptaran una unidad amplia, una coalición que expresara el liderazgo de los Garzones y atrajera a sectores liberales y conservadores.
Le dije que quizás sí, que la sensatez podría primar en un momento en el que las fuerzas uribistas amenazaban con arrasar en las elecciones y el Partido Liberal se debatía en una gran crisis. Él razonaba y yo hablaba con el corazón.
La diferenciación de la izquierda no sólo se da en Europa, donde es claro que por un lado van los partidos socialdemócratas y por el otro lado las antiguas fuerzas comunistas o los nuevos grupos antiglobalización. En América Latina se presenta igual situación.
Menciono los casos más recientes. Los comunistas y otros grupos presentaron candidato propio en la primera vuelta presidencial mientras Michelle Bachelet, encabezando a los socialistas y a la Concertación, dio la batalla desde el centroizquierda. Evo Morales, en Bolivia, también tuvo su contendor radical en Felipe Quispe.
No es un secreto que Lucho Garzón metió la mano a fondo para que el Polo se abriera de verdad a nuevas corrientes y liderazgos. Para que acogiera un discurso de conciliación y reformas y unos dirigentes que pudieran darle un tono y una imagen distinta a este agrupamiento. No tuvo eco.
El caso más sonado es el de María Emma Mejía. Pero la opinión pública debe saber que Ricardo Correa se retiró de la secretaría general de la Andi para aspirar a Senado o que Eugenio Marulanda (presidente de Confecámaras), Juan Mayr (ex ministro de Medio Ambiente) y Patricia Lara (reconocida periodista y escritora)-para mencionar algunos nombres- querían acompañar al Polo en esta campaña, no necesariamente en listas. Se cerraron las puertas.
La presencia de un agrupamiento de izquierda radical caracterizado en el entramado político colombiano aporta mucho al debate y contribuye enormemente a la democracia.
Petro, Wilson Borja, Robledo ponen al país a mirar hacia temas y problemas que muy pocos se atreven a tocar.
Pero esta corriente que ahora domina el Polo tiene un techo electoral que difícilmente puede sobrepasar el ocho por ciento. Lo que normalmente logran los partidos comunistas y los sectores rojos y verdes en Europa y América Latina.
Lucho Garzón, Angelino Garzón, María Emma Mejía tienen ahora que decidir si se mantienen ligados al Polo e insisten en ganar un liderazgo claro sobre este agrupamiento o se dedican a construir un proyecto propio de centroizquierda con perspectivas reales de poder.