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El auge de la izquierda en América Latina: ¿Coyuntura pasajera o fenómeno a largo plazo?
Por Jorge Enrique Botero / Tomado de la revista Credencial


Viernes 24 de febrero de 2006

Bogotá-. Millones de entusiasmados izquierdistas aseguran que les llegó su hora y esgrimen como principal argumento la lista de gobiernos de esta tendencia.

Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Chile, sin contar con las posibles victorias electorales, este año, en México, Nicaragua y Perú reflejan el fenómeno.

El pasado 28 de enero, en el acto final del Foro Social Mundial celebrado en Caracas, el presidente Hugo Chávez tomó prestado el más emblemático grito de batalla del Che Guevara -“crear dos, tres, muchos Vietnam”- y proclamó que la tarea actual de los revolucionarios de América Latina era “crear dos, tres, muchas Bolivias”.

La frase de Chávez no sólo se extendió como pólvora en el enorme recinto militar donde se clausuraba el Foro, sino que dejó en aquel ambiente cargado de entusiasmo y banderas rojas la certeza de que el siglo XXI presenta todos los síntomas de ser el siglo de la izquierda.

¿Cuál de todas las izquierdas del espectro político? Aún no se sabe, pero lo que sí es seguro es que el furor por el renacimiento de algo que había recibido un sepelio de tercera hace apenas 10 años, hoy parece dominar el centro del escenario latinoamericano.

Gobiernos izquierdistas -con todos sus matices- que hoy pueblan el mapa latinoamericano: Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Chile.Se habla de las posibles victorias electorales -este año- en México, Nicaragua y Perú, así como de un ascenso protagónico de los movimientos sociales y populares en la mayoría de los países del continente.

En el ambiente hay también, por supuesto, aguafiestas que le meten escepticismo al asunto: ¿le habrá llegado la hora a la izquierda o se tratará, más bien, de un pasajero cuarto de hora? Algunos analistas califican el actual giro a la izquierda como “un estado de ánimo de sociedades hastiadas de dirigentes corruptos e ineptos”, otros opinan que todo es simplemente una cuestión “de péndulo”. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos asegura que basta un breve repaso por la historia latinoamericana para confirmar que el actual éxito de la izquierda no es una coyuntura pasajera sino el fruto de las cosechas sembradas en el pasado. O sea, que la cosa viene de atrás y va para largo.

El autor intelectual

Para muchos analistas, hablar de izquierda en América Latina es hablar de Cuba. Buena parte de lo que acontece hoy en la región, aseguran, se ha cocinado a fuego lento en La Habana, el mítico y obligado destino de peregrinación de líderes y militantes de prácticamente todo el movimiento revolucionario de la región.

Símbolo y emblema de ‘resistencia antiimperialista’, Cuba fue -por ejemplo- el lugar escogido por el recién posesionado presidente de Bolivia, Evo Morales, para celebrar su arrolladora victoria electoral de diciembre del 2005.

“Misión cumplida, la tarea está hecha, comandante”, le dijo Evo a Fidel Castro, con una franqueza que rayaba en la irresponsabilidad, apenas descendió por la escalerilla del avión que lo llevó de La Paz a La Habana. Fidel lo abrazó como un padre orgulloso que recibe a su hijo recién graduado en tierras lejanas y después se lo llevó para sus oficinas del Comité Central del Partido Comunista, en el enorme edificio gris que se erige en las orillas de la Plaza de la Revolución.

Más conocido como ‘el Vaticano de la izquierda’, aquel edificio de pisos brillantes, columnas de mármol y paredes cubiertas con enormes retratos de Fidel y Raúl Castro, tiene un amplio espacio donde se sigue al milímetro el pulso regional: las célebres oficinas del Departamento América, que -según ex dirigentes de la izquierda colombiana- fue en los 70 una especie de sala de partos de varios de los más importantes movimientos insurgentes de América Latina.

Por allí pasaron tupamaros uruguayos, montoneros argentinos, cuadros y jefes del MIR chileno y del MRTA peruano, del Eln y el M-19 de Colombia y -por supuesto- del Farabundo Martí salvadoreño, los sandinistas nicaragüenses y de la URNG guatemalteca.

Desde su apacible ingreso a la vejez, en el balcón de un edificio ubicado frente al malecón habanero, Fabio Vázquez Castaño relata cómo salió de Cuba, después de un precario entrenamiento en las montañas del Escambray, a fundar el Ejército de Liberación Nacional en las montañas del departamento de Santander, por allá en los albores de los años 60.

Detrás de Vázquez Castaño partieron hacia sus respectivos países decenas de jóvenes latinoamericanos embrujados con el grito de combate del Che, a crear muchos Vietnam.

En los 90, sin embargo, cambió la encíclica habanera, y del culto a las armas como vía de acceso al poder, se pasó al culto a las urnas, y se bendijeron las más insólitas alianzas políticas.

Ni Cuba ni los partidos políticos de la izquierda latinoamericana escaparon en los 70 y 80 a la dura confrontación ideológica que protagonizaron la Unión Soviética y China.

El tropel entre los gigantes del comunismo mundial mantuvo dividida y enfrentada a la izquierda del continente, impidiendo que se constituyera en opción real de poder. Sin embargo, al margen d e los partidos, otras fuerzas trabajaban silenciosamente para generar la situación actual. Entre ellas, la que lideraba un joven coronel del ejército venezolano que había terminado en las filas militares tras fracasar su sueño juvenil de ser pelotero en las grandes ligas del béisbol norteamericano: Hugo Chávez Frías.

El autor material

Según relata el ex jefe del ejército venezolano Carlos Peñaloza, “desde mediados de los 80 había en las filas militares un grupo de oficiales fundamentalistas fanáticos que aseguraba que el honor de la República sólo se podía lavar con sangre”.

El jefe de estos ‘fanáticos’, Hugo Chávez, llevaba años de trabajo silencioso al interior de las fuerzas armadas de su país, reclutando partidarios para su propósito de dar un golpe de estado a nombre de las fuerzas bolivarianas revolucionarias.

Tras considerar que las condiciones habían madurado, el 3 de febrero de 1992, Chávez pone en marcha una enorme operación a nivel nacional pero tras doce horas de intentos, fracasa y es conducido, junto con sus compañeros de intentona, a la cárcel, en el cuartel San Carlos, en pleno centro de Caracas.

De la noche a la mañana, sin embargo, la derrota militar se transforma en arrollador triunfo político: a las puertas de San Carlos se hacen todos los días enormes colas de personas que quieren hablar con el comandante Chávez. Tras dos años de prisión regresa a la calle anunciando que “antes de que termine este siglo vamos a ser gobierno”.

En el 96, el coronel golpista no tiene sino el 6 por ciento de favoritismo en las encuestas y nada hace prever que pueda derrotar a la principal candidata a la presidencia, la ex miss universo Irene Sáez. Sin embargo, tras ser proclamado candidato presidencial en 1997, gana ampliamente los comicios y se posesiona como sucesor de Rafael Caldera el 2 de febrero de 1999.

La llegada del ex golpista Chávez a Miraflores por la vía electoral inaugura una nueva etapa para la izquierda latinoamericana. Según Álvaro Vázquez, uno de los más lúcidos analistas políticos de Colombia y dirigente del Partido Comunista, no deja de llamar la atención “que haya sido por la vía electoral, el terreno del ‘enemigo’, por donde se han obtenido las más resonantes victorias de esta época”. Según el veterano jefe izquierdista, “como el viejo topo descrito por Marx, la historia ha ido cavando astutamente los caminos del cambio político y social”.

Desde el rosado hasta el rojo vivo

¿Qué tan profundos son los cambios que se están produciendo? La respuesta nos la traen diariamente los cables internacionales, en los que es posible leer temas tan disímiles como el anuncio de expropiaciones de tierras en Venezuela, la decisión de Kirchner de pagar la totalidad de la deuda argentina a la banca internacional o la de Lula, de destituir a su más cercano colaborador envuelto en un enorme episodio de corrupción.

Al despuntar el 2006, el presidente izquierdista de Uruguay, Tabaré Vázquez, declaró que su país podría suscribir este año un tratado de libre comercio con Estados Unidos, al tiempo que Chávez advertía a Washington que cuidadito se metía con Bolivia.

Se leen también análisis que hablan de una “izquierda sensata, moderna y contemporánea que contrasta con la izquierda radical, ortodoxa y anticuada”, al tiempo que por las pantallas de la televisión desfilan las imágenes de Maradona encabezando marchas ‘antimperialistas’,

Evo ataviado con un enorme collar hecho con hojas de coca o un ejército irregular de encapuchados dándole la vuelta a México en moto.

Dirigentes de partidos venezolanos que respaldan a Chávez gritan con impaciencia que ya es hora de profundizar la revolución bolivariana. “Aquí todavía no ha pasado nada: más reformas hizo Allende en tres años”, aseguran, mientras los desilusionados militantes del PT, el partido de Lula, se ven obligados a cerrar filas en torno a su presidente para evitar que los escándalos de corrupción den al traste con sus sueños.

En los oídos de Lula aún debe resonar la rechifla que recibió el año pasado al ingresar en el Sambódromo de Portoalegre, donde una multitud de izquierdistas aclamaba a Hugo Chávez, al concluir el Foro Social. Aquella tarde, Chávez tuvo que salir en defensa de su colega y amigo, subrayando que cada país tiene sus particularidades y que cada proceso es distinto.

En Argentina, Kirchner es objeto -casi a diario- de manifestaciones callejeras de protesta, encabezadas por partidos y movimientos de izquierda, mientras que Tabaré Vázquez hace maniobras dignas de un equilibrista de circo para combinar su ortodoxia económica con la ejecución del plan de gobierno que ofreció a sus electores.

En Bolivia, las organizadas comunidades de regiones como El Chapare advierten que miles de Evo están listos para reemplazar a su presidente en caso de que éste les falle, mientras los zapatistas alertan a los mexicanos para que no voten por Andrés Manuel López Obrador, candidato del izquierdista PRD y desde Solentiname, en las orillas del lago que le ha inspirado toda su vida, el poeta Ernesto Cardenal, emblema latinoamericano de la izquierda, le ruega a los nicaragüenses que no se les ocurra votar por Daniel Ortega, a quien acusa de corrupto y traidor.

En fin, todo un mosaico de tonalidades rojas, que busca afianzarse en medio de un debate que no es nuevo para la izquierda, cuya extraña naturaleza la ha impulsado a la división cuando más ha necesitado la unidad.

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