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A la política le cambiaría
El desinterés por la cosa pública
Tomado de Revista Cambio
Martes 22 de agosto de 2006

Bogotá-. Pocas actividades humanas tan desprestigiadas como la política. En muchos lugares del mundo, incluido Colombia, decirle a alguien "político" es casi insultarlo. Es decirle aprovechador, mentiroso, ventajista y presumiblemente corrupto.

Al mismo tiempo, pocas actividades tan esenciales a nuestras sociedades complejas como lo es la política. Es por definición el ámbito de lo público. Mientras las responsabilidades públicas tienen efectos de espectro amplio, las actividades privadas son limitadas.

Muchos son los cambios que se necesitan para transformar esa imagen de bajo prestigio. Voy a mencionar sólo los tres que creo más importantes en nuestro país. El primer problema es la manera como la subvaloran la mayoría de los colombianos. Con una abstención estructural que ronda el 50%, una franja muy grande de nuestros compatriotas considera que la política es asunto de los políticos y no de los ciudadanos. Grave equivocación.

Las decisiones que se toman en las leyes y los actos del poder ejecutivo afectan a toda la población, no solamente a los que participan, a los que deciden. Eso poco le importa a la mitad de nuestros compatriotas. Ello no es así en otras partes. En Bolivia, por ejemplo, la votación en la pasada elección presidencial contó con una participación de más del 85% de los electores. ¡Qué envidia y de la buena!

El desinterés por la política es lo primero que hay que cambiar.

Pero además de la insuficiente atención a ella, muchos de los escenarios de nuestros asuntos públicos están carcomidos por el clientelismo. Hace poco, caminando por una calle de una ciudad intermedia, alguien me gritó desde una cafetería: "Oye, Navarro, ¿cuánto ofreces por mi voto?". Tal franqueza no es lo común pero el clientelismo es generalizado, especialmente en las elecciones de cuerpos colegiados. La repartición de dinero, tejas y materiales de construcción, mercados, medicamentos y muchas otras cosas a cambio de los votos, es un vicio profundamente incorporado al comportamiento electoral de muchos compatriotas.

Hasta quienes se sienten honestos sucumben a las veleidades clientelistas. Es común escuchar algo parecido a lo que un líder comunitario me confesó un día. "En nuestro barrio no vendemos el voto. Pero eso sí, quien nos arregle el parque, por ese votamos".

Ese clientelismo debe quedar atrás, para que se escoja a quien mejor pueda representar los intereses de la sociedad, no a quien más puestos o presupuestos reparta.

Y como una cosa lleva a la otra, la corrupción es otro terrible vicio que se debe erradicar de la política colombiana. Quien compra los votos debe después recuperar sus gastos y lo hace metiendo la mano al presupuesto público.

Realmente no se puede deducir qué es primero: si el clientelismo que lleva a la corrupción o la corrupción que usa el clientelismo para asegurar el acceso al botín, contagiando de paso a los votantes que se dejan seducir por las prebendas.

Los esfuerzos por combatir esa corrupción a punta de organismos de control poco han producido. Más bien el voto libre, cuando se expresa, logra resultados duraderos, como lo demuestran muchas de las principales ciudades colombianas.

Cambios hay muchos más por hacer. Pero si lográramos esos tres, interés ciudadano, voto libre y cero corrupción, la política recuperaría su dignidad para bien del país... y de nosotros, los políticos.


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