Columna de opiniónBogotá-. La izquierda y las fuerzas independientes quedaron con la posibilidad de variar su rumbo y serían muy torpes si no lo hacen. La gran coalición uribista está en su salsa. Lo tiene todo: un candidato por el momento invulnerable, un poder ilimitado, unos contendores amilanados por las encuestas. Tiene poco por hacer. Solo no cometer graves errores. El Partido Liberal se impuso la tarea de sobrevivir y en esta empresa tiene muy poca libertad. Está resignado a la rutina de tener un candidato con poca opción y a mantener una fuerza minoritaria en el Congreso.
La imaginación, la creatividad, la flexibilidad, corren por cuenta de quienes están por fuera del todopoderoso uribismo y del maltrecho Partido Liberal. Y no son pocos y pueden cambiar la historia si se lo proponen. Pero tienen que afrontar una primera batalla: luchar contra sus pequeñas ambiciones, contra sus mezquindades.
Hablo de la posibilidad de que se coaliguen todas las fuerzas que en la pasada campaña lograron capturar el voto urbano y el voto diferente. Hablo de los grupos y personas que le hablan al país desde una orilla distinta a Uribe y los partidos tradicionales. De Lucho Garzón y el Polo Democrático, de Carlos Gaviria y Alternativa Democrática, de los alcaldes de Medellín, Cali, Barranquilla y Pasto: Sergio Fajardo, Apolinar Salcedo, Ernesto Hoenigsberg y Raúl Delgado. De los gobernadores del Valle y Nariño: Angelino Garzón y Eduardo Zúñiga. De Antanas Mockus y María Emma Mejía. Del mismo Peñalosa si se decide a tomar verdadera distancia del Presidente.
La tarea no es fácil. Se trata de darle vuelta a la última encuesta contratada por la revista Semana y RCN, que golpeó con un cincel la cabeza de todos los candidatos distintos a Uribe. La que mostraba la foto del candidato presidente con 56 por ciento, a Serpa con un 11, a Mockus con 5, a Navarro con 5 y a Peñalosa con 4. Se trata de mostrar un camino diferente para lograr la reconciliación de los colombianos. De poner el tema social como prioridad de la agenda pública. Y de asumir una posición más autónoma frente al gobierno del presidente Bush y más cercana a los latinoamericanos y europeos.
Pero el mecanismo es fácil. Sería acudir a una consulta popular el 12 de marzo. Ya Antonio Navarro y Carlos Gaviria tienen un principio de acuerdo para definir ese día sus aspiraciones. Sería ampliar el abanico de precandidatos. Navarro y Gaviria deberían entender que mantener la consulta en el círculo cerrado de la izquierda significaría un suicidio político, una votación seguramente más baja que la que obtuvo Lucho Garzón para la Alcaldía. La idea de acudir a la consulta y de acordar unos lineamientos programáticos generales les facilita el acercamiento a Mockus, tan reacio a entrar en transacciones dispendiosas y comprometedoras.
También podían tentar a María Emma Mejía, tan favorecida en las últimas encuestas, a probar suerte en este espacio.
Para hacer aún más flexible el acuerdo, las listas a Senado y Cámara se organizarían por aparte. Así como lo está haciendo el uribismo. Pensando solo en lo que le conviene a cada grupo. Tratando de asegurar el número de votos suficientes para pasar el umbral y forjar una bancada respetable en el próximo Congreso.
Una campaña jalonada por alcaldes y ex alcaldes que conocen el secreto del voto de opinión, por dirigentes a los que el país les reconoce su honradez, por personas con una envidiable solidez argumental, no solo podría, en corto tiempo, desplazar al Partido Liberal del segundo lugar de preferencias electorales, sino también forzar la segunda vuelta y competir con decoro con el encopetado uribismo.
Tendría, además, la virtud de ofrecer un mensaje de conciliación y de independencia de todos los actores armados ilegales en una campaña que se avizora atravesada por múltiples actos de violencia y por presiones armadas en todo el territorio nacional.
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