Este trabajo es una tesis para la discusión en el seno de la Coordinación Distrital del Polo Democrático, recoge algunos estudios, los que considero más actualizados y de mayor calidad sobre el tema de la estructura productiva de la ciudad, con la intención que el mejor trabajo investigativo sirva de base para la formulación de políticas y estrategias de acción democrática.
"A raíz del bajo nivel de exportaciones de la ciudad y el gran déficit de la balanza comercial, el indicador de balanza comercial relativa muestra que Bogotá, D.C., no es competitiva en ninguno de los capítulos del arancel." [1]
"Las exportaciones per cápita para Bogotá fueron de US $ 20.4 en el periodo 2000-2003, mientras el registro nacional fue de US $ 280. "El coeficiente de apertura exportadora de la ciudad, es uno de los más bajos del país y apenas alcanza 1.5% en el 2.000 frente a 24.2% que presenta el total nacional." [2]
Las exportaciones de Bogotá son fundamentalmente bienes manufacturados y servicios técnicos y profesionales. El principal mercado de destino de las exportaciones bogotanas es Venezuela, que pasó del 22.7 al 50.5% del total de nuestras exportaciones, mientras que -en el segundo lugar- Estados Unidos redujo su participación del 31.3 al 14.1% y le sigue Ecuador. A los Estados Unidos, Bogotá exportó una cantidad insignificante de US $ 14 millones, un 0.25% de las exportaciones totales del país.
Es decir, que a Bogotá, dentro de una estrategia exportadora, le convendría mucho más el Pacto Andino que el TLC con los Estados Unidos.
En cambio la situación es completamente diferente con relación a las importaciones. Bogotá fluctuó entre 1993 y el 2002 entre un 21% y un 43% del total nacional, pero en el 2003 pasaron a representar 50% de las importaciones del país. Sin embargo, el 80% de las importaciones bogotanas se destinan a la producción, pues son materias primas y bienes de capital, aunque más de un 20% de éstas tiene como objetivo el transporte. Los principales proveedores de la ciudad son los Estados Unidos, luego México de lejos con Japón, Alemania y Brasil; que en conjunto entregan más del 56.5% de las importaciones bogotanas.
Bogotá importa para producir y produce para vender en la ciudad. Desde esta realidad económica a Bogotá le conviene la reevaluación en tanto abarata sus costos de producción y la perjudica enormemente, por las razones contrarias, la devaluación.
Luis Jorge Garay en su estudio De Bogotá a la región igualmente afirma [3]: "La estructura económica de Bogotá se puede caracterizar, en términos generales así:
A diferencia de lo que afirma el Ministerio de Comercio, en realidad ha existido un proceso de industrialización en Bogotá, si se agregan los establecimientos ubicados en la sabana de Bogotá. "Mientras en la Nación se ha presentado una desindustrialización relativa, en Bogotá y en Cundinamarca la industria ha crecido constantemente entre 1980 y 2000. Bogotá ha experimentado un proceso de ’desconcentración concentrada’, mediante el cual las industrias se relocalizaron en los municipios circundantes pero continuaron dependiendo del gran mercado de la metrópoli." [4]
Pero la estructura de propiedad de nuestra industria es profundamente democrática. El valor agregado y el empleo se generan en la pequeña y mediana empresa.
Sin embargo, las áreas más dinámicas del desarrollo económico en Bogotá se ubicaron en construcción, hasta la depresión de 1999, y fundamentalmente en los servicios financieros que ya alcanzan a más del 50% del sector en el ámbito nacional. Esto quiere decir que a pesar de un esfuerzo creciente pero moderado en creación de empleo y producción manufacturera, el ahorro generado en estas actividades se está trasladando hacia la captura de rentas por valorización de tierras, gracias a la dinámica de la construcción, y a la especulación financiera, compra de títulos de ahorros del Estado, CDT’s e inversiones especulativas en el exterior.
El que no se pueda canalizar el ahorro público hacia actividades productivas en la ciudad y su área de influencia no sólo ha debilitado el crecimiento industrial y comercial sino que su impacto en la generación de empleo ha sido profundamente perjudicial: pasamos de una tasa de desempleo abierto del 4.9% de 1994 a una de 20.3% en el año 2000 y a una menor de 17.4% en el 2003, pero con incrementos sustanciales en las tasas de subempleo.
En realidad la industria y el comercio micro, pequeño y mediano, a pesar de su importancia en la ciudad, no han recibido ni la ayuda del Estado, ni la irrigación del crédito. El ahorro ha transitado hacia la especulación inmobiliaria y financiera o hacia las empresas más grandes de la ciudad que no generan grandes cantidades de empleo. La crisis económica y de falta de liquidez ha sido solventada por el empresariado de la ciudad a través de la disminución de los salarios.
Como dice Luis Jorge Garay: "En términos generales la productividad en Bogotá ha aumentado, pero no porque se hayan producido cambios sustantivos en la inversión o en la incorporación de desarrollos tecnológicos, sino debido a la disminución de los costos laborales y del empleo. Estudios recientes [5] muestran que el costo unitario (remuneración del trabajo) ha disminuido en más del 50% en la última década. En este contexto, un aumento en la productividad y el empleo en Bogotá no podría continuar soportándose solamente en la reducción de los costos laborales, sino fundamentalmente en la inversión y el cambio tecnológico." [6]
Significa este contexto que Bogotá continua terciarizando su estructura económica, mantiene una transferencia de rentas hacia los especuladores en tierras y capitales, debilita su inversión productiva, debilita su empleo, y mantiene su actividad económica a través de la reducción de los salarios reales de sus trabajadores.
El modelo económico impuesto para la ciudad no es sostenible, ni social, ni ambiental ni económicamente.
Pero no porque no exporte, no porque su producción de bienes y servicios se haga fundamentalmente al interior de la ciudad, con exclusión de los servicios financieros, no porque su estructura de propiedad industrial y comercial sean democráticas, sino porque su riqueza generada se traslada a las rentas especulativas.
El modelo de producción y distribución bogotanos debería ser enriquecido con una presencia mayor del Estado (¿por qué no del distrital?) en las áreas que lo debilitan: una restricción a la transferencia de rentas especulativas tanto en la valorización de tierras, (eliminación de la expansión de la ciudad, capturas de plusvalías por densificación, etc.), como en la especulación financiera (creación de un Banco distrital público y de primer piso que canalice el ahorro hacia la inversión productiva y social); una actividad de asociación solidaria entre los pequeños empresarios, una red universitaria de investigación y desarrollo hacia el cambio tecnológico y el impulso de nuevas ramas productivas, un pacto social para la socialización de las riquezas vía pagos de impuestos y mejores salarios, etc.
Pero la salida propuesta por el Gobierno Nacional es el TLC.
Un análisis integral de los efectos del TLC sobre Bogotá debería comparar productividades, estructura de costos y precios efectivos de la producción de las principales ramas industriales y de servicios de la ciudad con la de los Estados Unidos. Pero se pueden adelantar algunas conclusiones.
En primer lugar, la pequeña y mediana empresa industrial y comercial no resisten el TLC. Hasta ahora sin créditos ni ayuda estatal habían sobrevivido gracias a la protección natural y a la baja de costos laborales. Una reducción paulatina en los aranceles de la importación de los productos que hoy dominan, dada la mayor productividad norteamericana, simplemente construiría su ruina. De hecho en el mundo del comercio, vendedores ambulantes, pequeños tenderos de barrio y zonas comerciales democráticas como Chapinero, no logran competir con los grandes espacios comerciales de los antioqueños y los franceses, la construcción de Exitos, Carullas y Olímpicas en Chapinero son el síntoma del futuro y aún no han entrado las grandes cadenas norteamericanas. En Bogotá apenas sobrevivirían espacios comerciales autóctonos al estilo del "mercado de las pulgas" que vendiendo producción nacional, típica y artesanal quedarían como recuerdos simbólicos, más con contenidos turísticos que como lo que otrora fue el gran emporio de pequeños comerciantes de la ciudad de Bogotá.
El siguiente cuadro nos muestra la actual realidad comercializadora de las principales ramas productivas de la ciudad desde el punto de vista del valor de su producción y la generación de empleo. El cuadro mide la balanza comercial relativa por rama industrial lo que nos acerca a una medida de competitividad con la producción de los Estados Unidos. El signo negativo de menor a mayor mide el grado de penetración de las importaciones actuales sobre la rama. Una cifra positiva significa que exportamos más de lo que importamos del mismo producto:
| Tejidos de punto | -0.32 |
| Demás textiles | -0.34 |
| Harinas | -0.70 |
| Cuero | -0.71 |
| Confecciones: vestidos | -0.75 |
| Manufacturas de diversos materiales | -0.77 |
| Confecciones de punto | -0.84 |
| Alfombras y cordelería | -0.86 |
| Manufacturas de piedra | -0.88 |
| Extractos de café y otros | -0.89 |
| Impresos | -0.89 |
| Productos farmacéuticos | -0.90 |
| Plásticos y otros derivados | -0.90 |
| Metalurgia del Aluminio | -0.92 |
| Azúcar y confitería | -0.92 |
| Otros productos de textiles: bordados | -0.92 |
| Otros químicos | -0.93 |
| Colorantes | -0.93 |
| Confecciones de cuero | -0.94 |
| Juguetería | -0.94 |
Fuente: DANE-DIAN, Cálculos Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.
De tal forma que nuestras principales ramas productivas no logran ser exportadoras y en cambio son importadoras netas. Con el TLC, gracias a la reducción de impuestos a la importación, tal tendencia se profundizaría, con lo que áreas completas de producción bogotana serían conquistadas por la producción importada norteamericana. El empleo en estas ramas productivas manufactureras tradicionales en la ciudad de Bogotá disminuiría radicalmente con el TLC.
La disminución del empleo productivo trae una cadena de pérdida de otros puestos de trabajo: disminuye el consumo de hogares, sustancial en la formación de la demanda final en la ciudad, y con ella produce una caída en otras actividades comerciales y productivas, el intento de resistencia de las empresas que sobrevivan se hará sobre la base de la reducción de salarios con lo que se profundizará la pérdida de la demanda final en contravía del interés de esas mismas empresas que verán su situación de día en día insostenible.
La pérdida de ingresos y de empresas se verá reflejado en el presupuesto público de la ciudad que necesitará disminuir su tren de inversiones, aumentando la intensidad de la recesión distrital. Los incrementos en inclusión social logrados en la última década pueden perderse por esta vía, abriendo una mayor brecha social y fragmentando socialmente aún más la ciudad.
En la rama de servicios existirá una presión de pérdida de ingresos en profesiones liberales: abogados, contadores, economistas, médicos, pero existirá una penetración en gran escala de servicios de firmas extranjeras en jardines infantiles, colegios, firmas de abogados, consultorías empresariales y públicas con pérdidas netas de ingresos que antes se quedaban en la ciudad y ahora se transferirán fuera del país y en puestos de trabajo.
En la rama de servicios públicos tendremos el impacto inmediato más importante: la empresa de telecomunicaciones de Bogotá restringirá su mercado en telefonía fija y, fundamentalmente, en telefonía móvil, para darle paso a las transnacionales de los Estados Unidos, y en menor medida sucederá en la contratación pública del distrito y en la empresa de acueducto y alcantarillado. El flujo de recursos del sector descentralizado hacia el presupuesto central de la ciudad disminuirá por esta situación y es posible que entremos a afrontar una liquidación de la ETB, de la EAAB y un cierre de la Universidad Distrital.
La respuesta del gobierno de Uribe Vélez a esta perspectiva del TLC en la ciudad es en primer lugar olvidarla. El gobierno nacional representa intereses de los grandes neopropietarios de tierra, de los propietarios del sistema financiero, de los tenedores de títulos de deuda pública colombiana, y en menor medida de agro exportadores. Ninguno de estos sectores se perjudica con el TLC y ven en él una oportunidad, no sólo para aumentar riquezas especulativas, sino para asegurar la ayuda militar en la guerra contra la insurgencia sin pagarla ellos mismos y sin democratizar el Estado. Bogotá no cuenta en esta perspectiva, como la mayor parte de la región andina. Los círculos de poder privilegian Medellín, las planicies del Caribe, del Magdalena Medio y del piedemonte llanero, y los puntos de especulación financiera e inmobiliaria de Bogotá. Esta es la nueva geografía del poder.
En segundo lugar, y solo ante molestas preguntas académicas, el gobierno responde con un estudio de la administración de Mockus, que propone unas fortalezas ante el ALCA, no se planteaba en el momento la tesis del bilateral TLC. Planeación Distrital ubicó en su momento unas nuevas ramas de servicios y marginalmente de producción en los que la ciudad se podría desenvolver en el futuro de los tratados. El estudio planteaba como nosotros, la insostenibilidad de las actuales ramas productivas de la ciudad y proponía unas nuevas, como si esto fuera posible en el corto plazo, entre algunas de estas ramas se destacan:
Además de los recursos públicos, privados y del tiempo que se necesita para desarrollar estas nuevas ramas con la potencia suficiente para reemplazar los ingresos y los puestos de trabajo perdidos en las ramas tradicionales vulneradas por el TLC, la estrategia se estrella con una dura realidad: Estas nuevas ramas económicas dependen en alto grado del régimen de patentes y derechos de propiedad que se apruebe. Con el régimen de los Estados Unidos no serían de libre desarrollo para los colombianos que tendrían que pagar altas rentas por el uso de marcas y patentes ya consolidas en los Estados Unidos. Su uso sin autorización legal después de la firma del TLC traería consigo la calificación de piratería y sería penalizado. Los pagos por uso de patentes impedirían la existencia de una propiedad democrática de las empresas, retrocediendo Bogotá en uno de sus mayores logros históricos: los centenares de miles de empresarios industriales, comerciales y de servicios que posee. Algunas empresas colombianas ligadas a través de las franquicias con las transnacionales de los Estados Unidos, podrían desarrollar con timidez algunas de las nuevas ramas económicas propuestas, pero la ganancia neta no sería ni siquiera colombiana.
Los Estados Unidos ya han afirmado hasta la saciedad que no están dispuestos a negociar ni el régimen de subsidios al productor agrario norteamericano ni el régimen de derechos de propiedad y patentes que defienden en su interés propio, así la pelea de Bogotá está condenada al fracaso.
Desde este análisis, es tonto plantearse una estrategia de negociación dentro del TLC en beneficio de la ciudad; quienes defienden esta idea dentro del Polo o no comprenden la estructura económica de la ciudad, o la estudian de una manera fragmentada y de acuerdo a sus intereses económicos, o simplemente temen enfrentarse con una política central del gobierno nacional. Nuestro análisis indica que Bogotá no es sostenible dentro del TLC.
Lo que corresponde hacer es unir fuerzas en los sectores que van a ser vulnerados por el tratado para ganar espacio y fuerza política. El mundo empresarial de Bogotá, en su verdadera dimensión, no está representado en el poder político ni el gobierno nacional, son huérfanos de poder y van a ser barridos por el tratado, es la hora de construir una estrategia de organización empresarial que defienda los intereses productivos de la ciudad y que posibilite una alianza con los trabajadores que en su mayoría no están sindicalizados y obedecen, por ahora, a los designios de los pequeños y medianos empresarios en el terreno de la política. La gran masa del mundo del trabajo bogotana puede ser conducida en su propia defensa contra el tratado.
Desde la Alcaldía se podría hacer un gran esfuerzo de comunicación y organización con este empresariado, y desde los barrios lo podría hacer el Polo Democrático con los trabajadores y los sin trabajo. Pero, además, la alcaldía podría realizar algunas alianzas regionales con zonas también vulnerables como Boyacá, los Santanderes, el Tolima, el Meta, el Huila y Nariño, con la provincia antioqueña, y vallecaucana, con los trabajadores y excluidos de todo el país. La posibilidad de un bloque alternativo, social, de regiones, contrapuesto al TLC y, por tanto, al gobierno nacional, está en la agenda política inmediata.
[1] "Estructura productiva y de Comercio Exterior de Bogotá, D.C." Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, Bogotá, junio de 2004, pag. 7
[2] "Estructura productiva y de Comercio Exterior de Bogotá, D.C." pag. 7
[3] "De Bogotá a la Región" Contraloría de Bogotá, dirección académica Luis Jorge Garay y Humberto Molina, pag. 37 a 40.
[4] Luis Jorge Garay, obra citada, pag. 41.
[5] Secretaria de Hacienda Distrital. Cuadernos de la ciudad - serie productividad Nº 2. Cambio Tecnológico, Productividad y Crecimiento de la Industria en Bogotá. Borrador para comentarios: Octubre de 2002
[6] Luis Jorge Garay, Obra citada, pag. 41.