La otra orillaBogotá-. Quiero enumerar los errores más visibles de la política exterior del presidente Uribe con la esperanza de que algo se corrija en este segundo mandato. Sería bueno para su gobierno y para el país.
El Presidente no se ha dado cuenta del enorme peso que tiene la agenda externa. Mientras en Brasil, Chile, Venezuela y Argentina -para citar sólo casos de América Latina- los gobiernos dedican mucho tiempo y muchos esfuerzos a la política exterior, en Colombia la agenda interna se roba todo el protagonismo. Tampoco se ha percatado de que, con la caída del muro de Berlín y la aceleración de la globalización, la preponderancia de la economía sobre la política se ha acentuado. Las decisiones en las relaciones exteriores se tasan en aumentos o disminuciones del PIB. Es estúpido perder millones de dólares de comercio con un país por cuenta de un rifirrafe político.
En este gobierno se ha profundizado la tendencia a poner todos los huevos en el canasto de Estados Unidos. Pedimos todo de allá y apoyamos todo lo que venga de allí. Eso, aunque parece una buena decisión coyuntural, puede tener grandes costos estratégicos.
Es cierto que E.U. mantiene en sus manos el liderazgo del mundo, un gran poderío militar y una vigorosa economía. También, que más de 40 por ciento de nuestro comercio exterior tiene por destino ese país. Es más, la mayoría de los colombianos sabemos que la participación norteamericana en la solución del conflicto armado interno es indescartable.
Pero igualmente es cierto que estamos ante el ascenso de nuevas economías y la configuración de diversos y dinámicos bloques de países. América Latina no es ajena a este proceso. La tendencia de la región es a fortalecer sus lazos políticos y comerciales y a buscar autonomía frente a E.U. Colombia tiene que mirar más hacia el sur de América, no puede aislarse y menos fungir como agente de los intereses de Washington en la zona. Le corresponde también buscar con afán a Europa y a la sorprendente Asia. El multilateralismo no sólo es eficaz para preservar la economía de los giros recesivos en uno u otro lugar del mundo, sino la manera más inteligente de superar la fatigante y odiosa narcotización de nuestras relaciones exteriores.
La pendencia con diplomáticos asentados en Bogotá o con altos funcionarios de organismos internacionales es una torpeza inexcusable. López Pumarejo decía que uno no puede andar graduando enemigos porque de pronto les da por ejercer. En las condenas y presiones al Estado colombiano es visible la mano de quienes no fueron escuchados o sufrieron ofensa o veto de algún soberbio funcionario colombiano.
Muchos de los incidentes en las relaciones con los países cercanos se derivan de la vana pretensión de que los gobiernos vecinos acepten como válido el discurso de seguridad interno que ha desarrollado Uribe. Ni Venezuela, ni Ecuador tienen que hacerse cargo de nuestras angustias.
El persistente llamado a que militaricen las fronteras y persigan a los actores armados irregulares difícilmente puede ser aceptado por gobiernos amigos, aunque estos reconozcan la legitimidad de las instituciones colombianas. En el corazón de la política exterior de los países está la contribución a que los pueblos resuelvan pacíficamente sus controversias y opten por la negociación de sus conflictos.
Un error histórico que se profundiza: la preponderancia de los políticos sin formación y sin vocación diplomática a la cabeza de las embajadas. No hace mucho un intelectual brasileño me decía que no había que devanarse los sesos para establecer la diferencia entre una diplomacia profesional y seria y una improvisada y torpe: en Brasil sólo tres embajadores no son de carrera y en Colombia sólo tres son de carrera.