El ostracismo es una institución que surgió desde la primera generación de la democracia: la de los atenienses. La segunda generación es la del estado-nación. Y la multi-nacionalidad es la tercera generación de la democracia. Con frecuencia el ostracismo se asimila con delitos políticos (una especie de moción de censura ciudadana) pero en realidad era un mecanismo que prevenía la acumulación inadecuada de poderes en una sola persona. El origen anti-tiránico del sistema democrático ateniense dio vigencia a la institución del ostracismo.
Cada año, en la asamblea popular, se votaba si era necesario que Atenas se protegiera de alguna amenaza tiránica, alejando de la ciudad a personas potencialmente peligrosas. Dos meses después se celebraba una sesión específica en la que cada ciudadano escribía el nombre de la persona identificada como un peligro en potencia para la democracia. Para ello se empleaba una óstraca (literalmente concha o guijarro de barro), recogida del suelo, camino al ágora, en el barrio de los artesanos. Si alguien era identificado por muchos atenienses como potencial peligro para la democracia era alejado de la ciudad de Atenas.
Dos cosas son importantes de aclarar. En principio el ostracismo se empleó para alejar a potenciales tiranos pero no siempre se aplicó por delitos cometidos. Esa es la segunda cosa importante: era diferente al exilio en cuanto que acá no se afectaban ni la honra ni los bienes del ciudadano al que se condenaba al ostracismo. Se entendía como una medida preventiva.
Aristóteles, al explicar los orígenes de la democracia, comenta que 2 años después de la victoria de maratón (490 antes de Cristo) se aprobó esta ley para evitar que los que acumularon mucho poder en la guerra se impusieran sobre los demás ciudadanos. Lo justificó así: “porque el poder es corruptor y no todos los hombres son capaces de mantenerse puros en medio de la prosperidad...”. Se puede entender que la forma de evitar esas concentraciones inadecuadas de poder es mediante reglas claras, y la voluntad de respetarlas, para garantizar que las circunstancias favorables, ajenas a la voluntad popular, determinen la escogencia de los dirigentes. Aristóteles lo explicó así: “es, sobre todo, por medio de las leyes como conviene evitar la formación de estas personalidades temibles, que se apoyan ya en la gran riqueza, ya en las fuerzas de un partido numeroso”.
Y advirtió que “cuando no se ha podido impedir su formación, es preciso trabajar para que vayan a probar sus fuerzas al extranjero...” y si quieren un poco más lejos, digo yo.
Es cierto que en ocasiones se empleó mal. Se cuenta que un ciudadano que no sabía escribir y estaba sentado al lado de Arístides el justo, en el ágora, le pidió que le colaborara escribiendo en la óstraca el nombre de Arístides. Este, sorprendido, le preguntó al ciudadano que si le había hecho alguna injuria, y el ciudadano ateniense le contestó que ni siquiera lo conocía pero que estaba cansado de que todo el mundo se refiriera a él como ‘el justo’. En silencio Arístides escribió su nombre en el guijarro y se lo entregó al ciudadano. A Arístides el justo se le aplicó esta ley por decisión del pueblo ateniense.
Pero también es cierto que la existencia de esa norma creó una cultura de respeto por lo público, por lo colectivo. Privilegió el liderazgo, como proceso colectivo, sobre el líder como proceso individual. Privilegió el trabajo en grupo, y en equipo, sobre la competencia entendida como la carrera por sobresalir y, lo peor, por aprovecharse de esas circunstancias para el beneficio personal o grupal.
En la institución del ostracismo podemos entender la importancia de medidas como la no reelección, la rotación en los cargos de dirección, o la importancia de evitar que las personas se ‘apoltronen’ en cargos de representación hasta el punto de que se confunda el individuo que lo representa con el colectivo o el proceso al que pertenece.
Un ejemplo: aquellos presidentes de acción comunal, de asociaciones campesinas o de direcciones partidistas que, después de muchos años de ejercer eses cargos, se quejan de que “nadie les quiere recibir la presidencia” y, entonces, a ellos ‘les toca’ seguir ejerciéndola, porque si no son ellos, ¿entonces quién?
Otro ejemplo es que, al estilo de las más radicales sectas, se dice que en un país de 45 millones de habitantes “hay sólo un hombre al que le cabe un proyecto político en la cabeza”. Y este mesianismo se observa tanto en la izquierda como en la derecha.
Reflexionando sobre este episodio histórico de la democracia cobran vigencia propuestas como la rotación en las coordinaciones; las escuelas de formación para el liderazgo en las organizaciones; la resistencia al unanimismo y al mesianismo; la no reelección; la importancia del trabajo en grupo y la confianza en el equipo… y tantas otras prácticas que se oponen a la dependencia (por ignorancia, por temor, por manipulación…) y que nos llevan a reconocer que lo público (como la planeación del desarrollo, la definición de los presupuestos de inversión pública…) y lo colectivo (como los partidos políticos, las organizaciones comunitarias…) no son asunto de ‘genios’ que se apropian de esas oportunidades y de esas estructuras. Que son asunto de todos.
Desde Jorge Eliecer Gaitán buscamos líderes individuales, descartando la construcción colectiva. En pleno siglo XXI, en la tercera generación de la democracia, hacemos lo que los griegos querían evitar hace 500 años, en la primera generación de la democracia.
Como ciudadanos debemos educarnos y prepararnos para asumir un papel activo en los procesos democráticos, evitando que los ‘jefes de sectas’ conviertan lo colectivo y lo público en parcelas particulares.
JULIÁN MEJÍA BOTERO
Sicólogo, Trabajador Comunitario
Colectivo Construyendo Democracia