Fragmento de la presentación del libro 'Fidel Castro. Biografía a dos voces' (Debate) Bogotá-. Fidel Castro con los presidentes de los países integrantes del pacto comercial del Mercosur, en la reciente cumbre del grupo en Córdoba, Argentina.En él, el director de Le Monde Diplomatique recoge cien horas de entrevista en las que el dirigente cubano comenta la actualidad mundial, hace revelaciones y enfrenta el balance de su vida política.
(...) Escuchándolo, me pareció injusto que las nuevas generaciones no conocieran mejor su trayectoria, y que, víctimas inconscientes de la constante propaganda contra Cuba, tantos amigos comprometidos con el movimiento altermundialista, sobre todo los más jóvenes, en Europa, lo consideren a veces sólo como un hombre de la guerra fría, un dirigente de una etapa superada de la historia contemporánea y que poco puede aportar a las luchas del siglo XXI.
Para muchos, y en el seno mismo de la izquierda, el régimen de La Habana suscita hoy recelos, críticas y oposiciones. Y aunque la Revolución cubana sigue promoviendo entusiasmos, es un tema que fragmenta y divide. Cada vez resulta más difícil encontrar a alguien -a favor o en contra de Cuba- que, a la hora de hacer un balance, consiga dar una opinión serena y desapasionada.
Yo acababa de publicar un breve libro de conversaciones con el subcomandante Marcos, el héroe romántico y galáctico de los zapatistas mexicanos. Fidel lo había leído y le había interesado. Le propuse al comandante cubano hacer algo parecido con él, pero de mayor amplitud. Él no ha escrito sus memorias, y es casi seguro que, por falta de tiempo, ya no las redactará. Sería, pues, una suerte de "biografía a dos voces", un testamento político, un balance de su vida hecho por él mismo al alcanzar los casi ochenta años, y cuando se ha cumplido más de medio siglo desde aquel ataque al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en 1953, donde, en cierta medida, empezó su epopeya pública.
Pocos hombres han conocido la gloria de entrar vivos en la historia y en la leyenda. Fidel es uno de ellos. Es el último "monstruo sagrado" de la política internacional. Pertenece a esa generación de insurgentes míticos - Mandela, Ho Chi Minh, Lumumba, Amílcar Cabral, Che Guevara, Carlos Marighela, Camilo Torres, Turcios Lima, Mehdi Ben Barka - quienes, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron en los años posteriores a la Segunda Guerra a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fría entre la URSS y E.U. Como miles de intelectuales y de progresistas a través del mundo, y entre ellos hasta los más inteligentes, esa generación pensaba con sinceridad que el comunismo anunciaba un porvenir radiante, y que la injusticia, el racismo y la pobreza podían ser extirpados de la faz de la Tierra en menos de un decenio (...)
Por todas estas razones -a las que vino a añadirse, en marzo y abril de 2003, mi desacuerdo con la condena a largas penas de unos setenta disidentes no violentos y el fusilamiento de tres secuestradores de un barco-, me parecía inconcebible que un dirigente de tal envergadura, criticado de modo tan feroz por numerosos medios occidentales, no ofreciese su versión personal, su propio testimonio directo sobre los grandes combates que marcaron su existencia, y sobre las luchas en las que sigue enfrascado.
Fidel, que tantos discursos suele pronunciar, ha concedido en su vida pocas entrevistas, y sólo se han publicado cuatro conversaciones largas con él en cincuenta años: con Gianni Miná (dos), con Frei Betto y con Tomás Borge. Después de casi un año de espera, me hizo saber que aceptaba mi propuesta y que mantendría conmigo su quinta conversación larga, que al final resultó la más extensa y completa de cuantas ha concedido. Me preparé a fondo, como para una maratón. Leí o volví a leer decenas de libros, artículos e informes, y consulté con numerosos amigos, mejores conocedores que yo del complejo itinerario de la Revolución cubana, que me sugirieron cuestiones, temas y críticas. A ellos les debo el interés que puedan tener las preguntas planteadas a Fidel en este libro-conversación.
Antes de sentarnos a trabajar en la quietud, la penumbra y el silencio de su despacho personal -ya que una parte de las entrevistas se filmaba para un documental-, quise conocer un poco mejor, en proximidad, al personaje, descubrirlo en sus quehaceres diarios, en su manejo de los asuntos cotidianos. Hasta entonces sólo había conversado con él en circunstancias breves y muy precisas: con ocasión de reportajes en la isla o de mi participación en algún evento como el ya mencionado de la Feria del Libro de La Habana.
Aceptó la idea, y me invitó a acompañarlo durante varios días en diversos recorridos, tanto por Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero. En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos de las noticias del día, de sus experiencias pasadas, de sus preocupaciones presentes... de todos los temas imaginables, y sin grabadora. Yo reconstruiría luego esos diálogos, de memoria, en mis cuadernos.
Descubrí así un Fidel íntimo, casi tímido, bien educado y muy caballeroso, que presta interés a cada interlocutor y habla con sencillez, sin afectación. Con modales y gestos de una cortesía de antaño, siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores, a sus escoltas, y que nunca emplea una palabra más alta que otra. Nunca le oí una orden. Pero ejerce una autoridad absoluta en su entorno. Por su aplastante personalidad. Donde está él, sólo se oye una voz: la suya. Él es quien toma todas las decisiones, pequeñas o grandes. Aunque consulta y se muestra muy respetuoso y formal con las autoridades políticas que dirigen el Partido y el Estado, en última instancia las decisiones las tiene que tomar él. No hay nadie, desde la muerte de Che, en el círculo de poder en el que se mueve, que tenga un calibre intelectual cercano al suyo. En ese sentido, da la impresión de ser un hombre solo. Sin amigo íntimo, ni socio intelectual de su talla. Es un dirigente que vive, por lo que pude apreciar, de manera modesta, casi espartana: lujo inexistente, mobiliario austero, comida sana y frugal. Hábitos de monje-soldado. Incluso sus enemigos admiten que figura entre los pocos jefes de Estado que no se han aprovechado de sus funciones para enriquecerse.
Su jornada de trabajo, siete días a la semana, suele terminar a las cinco o las seis de la madrugada, cuando despunta el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la noche porque aún debía, sonriente y cansado, participar en unas "reuniones importantes"... Duerme apenas cuatro horas y, de vez en cuando, una o dos horas más en cualquier momento del día. Pero es también, y se dice menos, un gran madrugador. Viajes, desplazamientos, reuniones, visitas e intervenciones se encadenan sin tregua, a un ritmo intenso. Sus asistentes -todos jóvenes, de unos treinta años, y brillantes-, al final de la jornada, acaban molidos. Se duermen de pie, agotados, incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable mozo de casi ochenta años. Fidel reclama notas, informes, cables, noticias de la prensa nacional y extranjera, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas, opiniones recogidas en constantes encuestas nacionales...
De una curiosidad infinita, no cesa de pensar, de cavilar, de animar a su equipo de asesores. Es el antidogmático por antonomasia. Nada más contrario a él que el dogma, el precepto, la regla, el sistema, la verdad revelada. Es un transgresor instintivo y, aunque parezca obvio decirlo, un rebelde permanente. Siempre alerta, en acción, a la cabeza de un pequeño Estado Mayor -el grupo que constituyen sus asistentes-, librando una batalla nueva. Rehacer la Revolución, otra vez y con constancia. Siempre con ideas, pensando lo impensable, imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental espectacular. Incapaz, en efecto, de concebir una idea que no sea descomunal.
Una vez discutido y definido un proyecto, ningún obstáculo lo detiene. Su realización le resulta obvia. "La intendencia seguirá", decía De Gaulle. Fidel piensa igual. Dicho y hecho. Cree con pasión en lo que está haciendo. Su entusiasmo mueve las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, las ideas parecen materializarse ante nosotros; las cosas, los acontecimientos se hacen palpables. Las palabras se convierten en realidades. El carisma debe de ser eso.
Fidel Castro es un hombre dotado de una estatura impresionante, de un indiscutible don de gentes, y también de un poderoso encanto personal. Posee una destreza visceral para comunicar con el público. Sabe como nadie captar la atención de un auditorio, mantenerlo subyugado, electrizarlo, entusiasmarlo y provocar tempestades de aplausos durante horas y horas. El escritor Gabriel García Márquez, que lo conoce bien, relata así su modo de dirigirse a las multitudes: "Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo".
Tantas veces descrito, su dominio del arte de la oratoria resulta prodigioso. No me refiero a sus discursos públicos, bien conocidos, sino a una simple conversación de sobremesa. Un torrente de palabras, sencillas, impactantes. Una avalancha verbal que acompaña siempre, ondulando el aire, con la bailarina gestualidad de sus finas manos.
Posee un sentido de la Historia profundamente anclado en él, y una sensibilidad extrema hacia todo lo que concierne a la identidad nacional. Cita a Martí, el héroe de la independencia de Cuba, mucho más que a ningún otro personaje de la historia del movimiento socialista u obrero. Martí constituye su principal fuente de inspiración. Lo lee y lo relee.
Le fascinan las ciencias, la investigación científica. Le apasiona el progreso médico. Curar a los niños, a todos los niños. Y la realidad es que miles de médicos cubanos se hallan en decenas de países pobres curando a los más humildes. Movido por la compasión humanitaria y la solidaridad internacionalista, su ambición, mil veces repetida, es sembrar salud y saber, medicina y educación, por todo el planeta. ¿Sueño quimérico? No en vano su héroe favorito en literatura es don Quijote. Se ve que es una persona que actúa por aspiraciones nobles en sí mismas, por unos ideales de justicia y de equidad. Y que hace pensar en la frase de Che Guevara: "Una gran revolución sólo puede nacer de un gran sentimiento de amor".
Le gusta la precisión, la exactitud, la puntualidad. A propósito de cualquier tema, realiza cálculos aritméticos de una celeridad pasmosa. Con él, nada de aproximaciones. Consigue acordarse del más mínimo detalle. Durante nuestras conversaciones le acompañaba a menudo el excelente historiador Pedro Álvarez Tabío, que le ayuda, si es menester, a puntualizar algún dato, alguna fecha, algún nombre, alguna circunstancia... A veces la precisión es sobre su propio pasado ("¿A qué hora llegué yo a la granjita Siboney la víspera del ataque al Moncada?" "A tal hora, comandante", responde Pedro) o sobre cualquier aspecto marginal de un acontecimiento lejano ("¿Cómo se llamaba aquel segundo dirigente del Partido Comunista de Bolivia que no quería ayudar al Che?" "Fulano", contesta Pedro). Una segunda memoria al lado de la suya, que ya es de por sí portentosa, de una fidelidad inaudita. Una memoria tan rica que parece impedirle a veces reflexionar de manera sintética. Su pensamiento es arborescente. Todo se encadena. Se ramifica. Todo tiene que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le lleva, por asociación de ideas, por recuerdo de tal o cual situación o personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro, alejándose así del problema central. A tal punto que el interlocutor teme, un instante, haber perdido el hilo. Pero Fidel desanda luego lo andado y vuelve a retomar la idea principal. En ningún momento, a lo largo de un total de más de cien horas de conversación, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones que habríamos de abordar. Como intelectual que es, no le teme al debate. Al contrario, lo necesita, lo requiere, lo estimula. Siempre dispuesto a litigar con quien sea. Con argumentos a espuertas. Y con una maestría retórica impresionante. Con gran respeto hacia el otro. Con mucho tacto. Es un discutidor y un polemista temible, culto, a quien sólo repugnan la mala fe y el odio.
Si alguna pregunta o algún tema faltan en este libro, ello se debe a mis carencias de entrevistador y jamás a su rechazo de abordar tal o cual aspecto de su larga experiencia política. Como se sabe, algunas conversaciones, debido a la disparidad intelectual entre el que pregunta y el que contesta, son en realidad monólogos en los que el que pregunta no posee la responsabilidad de tener razón. No se trataba, en estas conversaciones, de polemizar, ni de debatir -el periodista no es un estadista-, sino de recoger su versión personal de un itinerario biográfico y político que ya es historia (...)
La caída del muro de Berlín, la desaparición de la URSS y el fracaso histórico del socialismo autoritario de Estado no parecen haber modificado el sueño de Fidel de instaurar en su país una sociedad de nuevo tipo, menos desigual, más sana y mejor educada, sin privatizaciones ni discriminaciones, con una cultura global integral (...)