Polo Democrático Alternativo
Martes 9 de octubre de 2007
El pueblo Gitano en Colombia tiene más de 6.000 miembros. Llegaron a América en las carabelas de Cristóbal Colón.
Por: COLPRENSA
El 21 de enero de este año, Miriam Gómez, miembro de la comunidad Rom (Gitana) y especialista en leer la mano, estaba recogiendo la ropa de su familia en el patio de atrás cuando escuchó el canto de un pájaro.
Aterrada, entró a contarle el suceso a su hermana Jenny, pues, según las creencias tradicionales de los Gitanos, cuando un ave canta, una persona muere.
Dos días después, el 23 de enero de 2003 mientras visitaban al presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez; Josefina Castro, pastora de la comunidad y quien minutos antes le había solicitado al presidente “un lotecito para construir mi iglesia”, cayó fulminada por un ataque al corazón, ante la palidez y el miedo del primer mandatario.
Aunque la explicación del suceso suena un poco mágica, los Gitanos le dan una razón tan sencilla y clara como su vida: “Lo que pasa es que ya venía con taqui taqui, ya estaba enfermita”, dice Kolya el padre de Jenny y Miriam y le resta importancia a “lo sobrenatural” que pueda parecer el asunto.
Los Gómez
Cuando Jenny abre la puerta de su casa en el barrio Bellavista (occidente de Bogotá), una bocanada de aire dulce con aroma a frutas llega hasta el visitante. Junto a Jenny (mujer alta, bella, espigada y vestida con una falda larga de flores y una blusa) está Miriam (un poco mayor, de ojos negros y vestida con un traje largo de color verde intenso) y varios niños y niñas entre los que está Valentina, particularmente linda y vestida con un traje Gitano azul oscuro.
La casa es como cualquier otra. Con gran patio, cuatro cuartos, una sala amplia presidida por un televisor de 20 pulgadas, equipo de sonido y el infaltable computador. Para ellos estos aparatos no importan; si se rompen se quedan rotos. No hay apego material.
“Qué pereza. ¿Ustedes no tiene pereza? Pues yo sí. Me voy a quedar dormida aquí”, dice Jenny y se ríe con esa carcajada pícara, aguda y contagiosa que desde ese momento quedaría como su característica principal. Miriam sonríe suavemente y dice algo en romanés (lengua tradicional Gitana, derivada del sánscrito, que los niños aprenden antes que el español).
Todos los Gitanos tienen un nombre en Romanés, que es el que los identifica en su comunidad. Así, Antonio (un patriarca anciano y jefe de la familia) es Kolya, Miriam es Kurka (según se entiende porque al intentar reiterarlo ella no lo repite) y Jenny... es Jenny. “No tengo nombre Gitano porque a mis papás se les olvidó”, y de nuevo la carcajada.
Para Jenny, Miriam y Kolya los gadyé (gente no Gitana) son motivo de desconfianza. Su relación con ellos no pasa del negocio, una pequeña charla y, en este caso, una entrevista. “No somos amigos de mezclarnos. Somos unidos, solidarios y nos conocemos entre nosotros todos con todos. Pero con los gadyé es mejor a metros”, de nuevo la risa de Jenny que ahora debe interrumpir su charla para pedirles silencio a los niños. Es que con los hijos de ella, de Miriam y de sus hermanos son nueve pequeños de entre 2 y 12 años y por eso la bulla es descomunal.
“Pero la gente es ignorante. Una vez, como el Gitano habla duro y se expresa en su idioma, una vieja que vive al lado dijo que nosotros estábamos maltratando a los niños. ¡Cómo se les ocurre!, y nos echó el Bienestar Familiar para que le quitaran los hijos a Miriam”, al decir esto, la rabia en Jenny es evidente.
Orígenes lejanos
Desde el año 1000, cuando comenzaron a migrar provenientes de la región del Punjab, en la India, hacia los pueblos de Asia, Europa y América, los Gitanos han sido vistos con recelo, extrañeza y con miedo.
Antes eran conocidos como “Egiptianos”, palabra que más adelante se transformó en “Gitanos”. Los Rom, como también se llama a esta comunidad, llegaron a América desde 1498 cuando cuatro de ellos se embarcaron con Cristóbal Colón en su tercer viaje. Luego, continuaron su trasegar en la época de la Colonia. La población creció en este país durante las dos guerras mundiales (1914 a 1918 y 1939 a 1945), huyendo del racismo y la persecución de los grupos nazis y fascistas. Muchas caravanas seguían la ruta Caracas-Bogotá-Quito-Lima-Buenos Aires y se instalaban donde se sintieran a gusto.
En Colombia hay unos seis mil Gitanos agrupados en Kumpanias. Son famosas la de Girón en Santander, la de Cúcuta (una de las más grandes con cerca de mil Rom) y la de Bogotá, con 250 personas. Tienen su propia legislación para la resolución de conflictos con base en el diálogo y los acuerdos. Así, cuando hay pleitos, se reúne la Kriss, una especie de tribunal integrado por los Gitanos más ancianos que debaten el problema y buscan solucionarlo con base en un acuerdo pacífico donde ambas partes cedan. “Odiamos la guerra, no usamos armas, somos pacifistas totales”, dice Miriam.
Las tradiciones
“Yo no sé porqué nos miran como bichos raros. Tan sólo somos unas personas normales que nos gusta viajar, salir a recorrer el mundo y vender nuestras cosas. No le robamos a nadie, tenemos prohibido robar”, dice Kolya.
Para los Rom el trabajo ambulante es parte fundamental de su vida y para los Gómez la venta de objetos artesanales de cobre es su forma de subsistencia. Kolya lleva 40 años moldeando este material gracias a sus padres. Sus hijos siguieron el mismo rumbo y los nietos del patriarca ya están recorriendo ese camino. “Hoy vendemos una vasija y comemos. Mañana ya veremos, no nos preocupa el futuro. Tan sólo vivimos el ahora. El mañana lo solucionaremos mañana”, dice Jenny.
Y así es su nomadismo. Para un Gitano el peor castigo es el encierro en una jaula de ladrillos, aunque por la situación de orden público ya no viven en carpas y tienen una casa como “base”. Pero eso no evita que cuando están mucho tiempo en un solo sitio las piernas les piquen, se desesperen y se tornen casi claustrofóbicos. Por eso huyen hacia otro lado para vender su mercancía o conocer nuevos lugares. ¿El dinero para el viaje? No importa, lo importante es llegar y una vez allí algo sucederá.
“Claro que ya no podemos quedarnos en cualquier parte. Nos toca encontrarnos con la gente de la kumpania a donde vayamos. La ventaja es nuestra fuerte unión. Si un Rom sufre, toda la comunidad sufre. Si alguien maltrata a uno de nosotros, está maltratando a todo un pueblo”, la sonrisa de Jenny se vuelve seriedad.
Y si un Rom se enamora de una Romly (mujer), todos se enteran y comienza el ritual. Tres ancianos van a donde el padre para informarle los deseos del pretendiente y pedirle la autorización para un atendimiento (o manglimosh) donde se acuerda la dote (regalo que el padre del novio debe hacerle al padre de la novia).
“Usualmente el valor era en morrocotas de oro pero ahora es con plata: 20 millones de pesos, por decir algo. Claro que durante la gran cena el novio tiene estrategias para negociar, como llevar bailarinas bellas que deleiten con su danza al suegro. Entonces, el padre de la novia cede en el precio y se pueden acordar unos cinco millones” cuenta Jenny.
Pero recalca que no es una venta. Es una tradición, un agasajo al Gitano como “respeto y aprecio por el tesoro que significa entregarle a su hija” (que normalmente es casamentera desde los 15 años). La virginidad es parte fundamental de su cultura.
“Luego de eso viene el matrimonio, la fiesta y el apashibo al otro día. En esa ceremonia la novia sale vestida de blanco como prueba de que la noche de bodas era inocente. Luego es vestida de rojo y se le regalan flores que ella debe repartir entre toda la kumpania como prueba de su virtud. Pero ¡ay Dios si no es virgen! Porque el marido la devuelve y se forma el problema... afortunadamente nunca ha pasado hasta ahora”, dice Jenny.
Una vez casada, la mujer se dedica al hogar, al esposo y a sus hijos. Es el hombre quien trabaja. Ella no puede usar falda corta ni pantalón y debe llevar una pañoleta en la cabeza para identificar su condición de esposa (aunque ese ritual ya se ha perdido un poco por vanidad, pues daña el cabello).
“Si el hombre no puede vender es la mujer quien lo apoya con la lectura de la mano, que no es adivinar el futuro como dicen todos, sino prevenir sobre peligros de la vida. No es magia, es tradición Gitana”, comenta Miriam, la experta en esas lides.
El problema
“No señora, ¿usted se cree que porque es Gitana puede hacer lo que le dé la gana? Pues no. No hay cupo y los papeles no están completos”, dijo la rectora del colegio donde uno de los hijos de Jenny quería estudiar. Sin embargo, el cupo estaba listo y los papeles completos, pero sólo había un problema: el hecho de ser Gitanos.
A veces también le ha sucedido que no la dejan entrar a almacenes. “El celador ve a la mujer vestida como Gitana y le prohíbe la entrada porque va a robar. ¡Nosotros no robamos, compramos como cualquier persona! ¿Para que necesitamos robar? Eso es culpa de esas pícaras que se disfrazan para luego culpar a nuestras Gitanitas”, protesta Kolya.
La esperanza de ellos ahora son las promesas hechas el 23 de enero: vinculación al régimen subsidiado de salud con un esquema especial acorde a las características de su pueblo, un carné que los acredite como Rom y les permita desarrollar sus ventas y tradiciones al aire libre, un documento donde se consignen sus derechos como grupo étnico colombiano y talleres especiales con el SENA de acuerdo a las habilidades especiales de Gitanos, entre otras.
“No somos raros, somos colombianos como usted y como cualquiera, pero con costumbres diferentes. No somos cochinos, ni brujos ni nada de eso. Pedimos ayuda en salud especialmente porque si se enferma alguien no tenemos como atenderlo”, dice Jenny.
Sin embargo, han logrado insertarse en el Plan Nacional de Desarrollo y ser reconocidos como colombianos, gracias a PROROM (Proceso Organizativo del Pueblo Rom de Colombia), organismo formado por ellos y que se encarga de hacer cabildeos y luchar por los derechos de estas 6.000 personas.
“Ojalá nos ayuden porque ya muchos de nosotros se han ido a Perú, Estados Unidos o Ecuador. Si la situación empeora nos tocaría irnos: Colombia se quedaría sin Gitanos”, comenta Jenny.
La tarde finaliza y en el equipo de sonido comienza a sonar música Gitana de violines, cantos en romanés y melodía muy oriental. Valentina (la niña de azul) baila como un resorte, se mueve, canta y sus manos giran. La familia aplaude y la contempla. Ahora, sólo queda una pregunta: ¿Cómo hacen en este tiempo para mantenerse tan tradicionales? La respuesta de Jenny es de una simpleza asombrosa: “No sé, los niños ya saben que son Gitanos, les gusta y no nos contaminamos por así decirlo. No es difícil, porque ser Rom es más que un orgullo para nosotros”.
Bogotá, D.C., 1 de febrero de 2004
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