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Gloria Inés Ramírez

Intervención de la Senadora Gloria Inés Ramírez en el Foro del Concejo de Bogotá a los 60 años de la muerte de Gaitán
Jueves 10 de abril de 2008

Comienzo por destacar la importancia de este Foro por la Paz y la Memoria, convocado por el Concejo de Bogotá para conmemorar los 60 años del asesinato de líder popular Jorge Eliécer Gaitán Ayala, para recordarnos que el conflicto interno que sacude a nuestro país lleva más de seis décadas, que la violencia oficial que motivó la “Marcha del Silencio” sigue cobrando víctimas y que hoy como entonces los demócratas y revolucionarios continuamos luchando por la solución del conflicto y la paz democrática, convencidos de que sólo superando las causas económicas, políticas y sociales que lo originaron lograremos construir un futuro mejor.

Si examinamos la realidad de hoy y la comparamos con la de hace 60 años, encontraremos naturales diferencias, pero también inquietantes similitudes que nos ponen de presente la trágica continuidad que ha tenido la política del régimen dominante.

En 1946, la división liberal le abre paso al triunfo del candidato conservador Mariano Ospina Pérez, un personaje de la más pura estirpe reaccionaria apoyado por la SAC, la Federación de Cafeteros, la ANDI, FENALCO y, por supuesto, por el imperio norteamericano, que lo invita a Washington, antes de su posesión, a entrevistarse con hombres de negocios.

En junio del mismo año, el clero católico, las jerarquías conservadoras y los empresarios rompen la unidad del movimiento sindical, que se aglutina en la CTC, y crean la UTC como una forma de minar las posibilidades de resistencia de los trabajadores. Las luchas obreras son duramente reprimidas y se ilegalizan, entre otras, las huelgas de los trabajadores del petróleo, de los choferes de Bogotá, Cali y el norte del Valle y de los ferroviarios del Pacífico.

En pleno Parlamento, el Ministro de Gobierno, José Antonio Montalvo, proclama la política de “sangre y fuego”, dirigida a exterminar a la oposición.

Desde los directorios conservadores se organizan bandas criminales de los llamados “chulavitas” que emprenden expediciones de exterminio contra numerosas regiones de influencia liberal, y la policía del régimen conforma grupos de “pájaros”, que incluyen en sus prácticas entregar pares de orejas de las víctimas para cobrar recompensas o ganar ascensos. Es lo que se conoce en nuestra historia como la “época de la violencia”, que dejó entre 200 mil y 300 mil muertos, porque el conservatismo había decidido mantenerse en el poder a cualquier precio.

En medio de este clima se ejecuta el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. El dirigente revolucionario e historiador Ignacio Torres Giraldo resume muy bien lo ocurrido entonces: “A la una de la tarde del 9 de abril de 1948, cuando cae Gaitán abaleado por la espalda al salir de su oficina en el centro de Bogotá, empieza en el país –sobre todo en la capital y en la ciudades principales- una ola de furor popular, sin dirección ni control, que asume, al soplo de la cólera, proporciones de una gran tormenta que azota y sacude la estructura de la sociedad. La masa bogotana se concentra rápidamente, lincha al infeliz que ha servido de instrumento ejecutor del crimen y arrastra sus despojos por la carrera séptima hasta llevarlo frente al Palacio Presidencial. La ciudad se estremece con la multitud desbordada. Y las radiodifusoras transmiten estas palpitaciones al país, que se estremece también…”

El terrorismo oficial obliga a organizar la resistencia para enfrentar la barbarie, y es así como aparecen las guerrillas liberales en distintas regiones del país, hasta conformar 39 frentes rebeldes que nunca pudieron ser derrotados por el gobierno y que terminaron siendo amnistiados por el gobierno del General Rojas Pinilla.

La salida del régimen a la crisis consistió en que el Presidente en ejercicio, Roberto Urdaneta Arbeláez, quien había sustituido al Presidente titular, Laureano Gómez, le entregó el gobierno a la dictadura de Rojas Pinilla. Después fue creado el Frente Nacional, un sistema antidemocrático y excluyente que institucionalizó el reparto del poder del Estado entre liberales y conservadores.

Hoy, como hace 60 años, nuestro país tiene un gobierno ultraderechista apoyado por los gremios económicos y por el imperio norteamericano, que lo considera su mejor aliado en el continente. El Presidente viaja a los Estados Unidos no solo a hablar con hombres de negocios sino a hacer lobby para que le aprueben el antinacional TLC. Emulando a sus predecesores divisionistas del año 46, los sectores uribistas del sindicalismo han anunciado su propósito de crear una nueva central obrera. En vez de la política de “sangre y fuego”, tenemos una versión moderna que llaman “seguridad democrática”. Ya no hay “chulavitas” ni “pájaros”, pero en su lugar pululan los paramilitares que exterminaron a la Unión Patriótica y asesinaron o desaparecieron a miles de sindicalistas y luchadores populares y sociales. Los magnicidios de ahora tienen nombres distintos, como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Manuel Cepeda, Luís Carlos Galán, Carlos Pizarro, Héctor Abad Gómez y tantos otros. Ahora no se llevan pares de orejas humanas, sino manos cercenadas, para recibir las recompensas. Hoy como ayer, un espeso manto de impunidad cubre los crímenes y la “ley de Justicia y Paz” en ninguna parte garantiza que se hagan realidad los principios de verdad, justicia, reparación y no repetición.

El paramilitarismo ha sido puntal decisivo en las dos últimas elecciones, como lo demuestra el proceso de lo que ha dado en llamarse la “parapolítica”, y es evidente que estamos bajo un régimen ilegítimo que debería ser sustituido en su integridad, puesto que los votos viciados, producto del crimen, también sirvieron par elegir al Presidente de la República. Pero, mientras no se haga una reforma política profunda que democratice de verdad el país, volverán a ser elegidos, como decía Gaitán. “Los mismos con la mismas”.

En su famosa Oración por la Paz, pronunciada al culminar la marcha del Silencio en la Plaza de Bolívar de Bogotá, Gaitán afirmaba: “Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre vías de sangre hacía el puerto de su destino inexorable”.

La violencia, la antidemocracia y la impunidad no son nuestro destino inexorable. Podemos y debemos romper con la historia de tragedias que hemos vivido por tanto tiempo, y para ello es indispensable arreciar la lucha por el intercambio humanitario, por la solución negociada del conflicto interno y por los cambios económicos, sociales y políticos que hagan posible la paz con justicia social. El camino no puede ser otro que la unidad para construir un movimiento político alternativo que tenga la capacidad de conducir a nuestro pueblo a la victoria.

Gaitán fue una figura brillante del liberalismo avanzado, pero, por encima de todo, fue un aguerrido y carismático líder popular cuyo verbo encendido era capaz de conmover profundamente a las masas. Entre los muchos debates adelantados en el Congreso de la República, es digno de recordar el que hizo después de la horrenda masacre de los trabajadores de la zona bananera del Magdalena ocurrida el 6 de diciembre de 1928 y cuyo 80 aniversario se conmemora este año. En esa ocasión, alrededor de 1500 trabajadores al servicio de la compañía United Fruit Company fueran masacrados por la fuerza pública, en lo que constituye uno de los más abominables crímenes de Estado de nuestra historia. Refiriéndose a este hecho, decía Gaitán: “El suelo de Colombia fue teñido de sangre para complacer las arcas ambiciosas del oro americano. Desgraciada patria aquella cuyos destinos están regidos por gente de tal índole”. Y remataba afirmando: “El gobierno de Colombia tiene ametralladora para los hijos de la patria y la rodilla en el suelo para los yanquis”.

En nuestros días no es la United Fruit Company, sino la Chiquita Brands, comprometida con el financiamiento de las bandas paramilitares que asesinan sindicalistas.

Qué poco ha cambiado en 80 años el régimen que nos domina!

Bogotá, D.C. 8 de abril de 2008


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