Eduardo Posada Carbó
Viernes 8 de diciembre de 2006
Cuando se escriba la historia moderna de los partidos colombianos, el congreso del Polo Democrático Alternativo (PDA) será quizá algo más que una nota de pie de página. Hay razones para pensar en el significado extraordinario del evento. Por el número de participantes activos en sus primarias y deliberaciones. Por su ocurrencia en coyuntura no electoral. Por el carácter fundacional de una nueva organización, que parece consolidarse en el emergente sistema que viene reemplazando al bipartidismo extinto.
Los éxitos del congreso del PDA deberían estimular reconsideraciones sobre la forma como suelen abordarse este tipo de asambleas.
El paradigma de un régimen institucionalizado de convenciones partidistas está en Gran Bretaña. Cada año, en tres semanas, entre septiembre y octubre, se celebran las conferencias de los partidos. Ocasiones de prueba para sus respectivos liderazgos y para definir plataformas. Y oportunidades para reanimar a los activistas y recolectar fondos.
Hay allí dos hechos procedimentales que me han llamado la atención. Uno: la sucesión de congresos de todos los partidos en la misma temporada, que sirve para acaparar la atención pública alrededor de los desarrollos del gobierno y las propuestas de la oposición. Y dos: la ritualidad del ejercicio deliberativo de los líderes de los partidos, sus equipos y sus bases -unos en el poder, otros en la esperanza de ser gobierno en la próxima contienda electoral-.
El contraste con la experiencia colombiana podría ser aleccionador, aunque no conozco estudios sobre la evolución de nuestras convenciones partidistas. Ignoramos su historia. (Cualquier análisis tendría que referirse al trabajo clásico de Mario Latorre, que abre con una crónica jugosa de los congresos de los cinco partidos -el liberal, dos conservadores, la Anapo y el MRL del Pueblo-, que participaron en aquellas elecciones de ’mitaca’ en 1968).
Desde entonces, las convenciones partidistas no han solido ocurrir en calendarios regulares, sino más bien en fechas preelectorales para seleccionar candidatos presidenciales o modificar sus estructuras y dirigencias. Ni se han caracterizado por ser foros periódicos sobre los grandes problemas nacionales. Un ejemplo patético de este legado premoderno fue la reciente convención del partido de la U. Los partidos tradicionales ni siquiera parecen reconocerles significado a sus pasadas convenciones: el liberalismo, fundado en 1849, anuncia para abril su ¡tercer! congreso.
Tal vez el "primer congreso" del PDA provoque un sacudón entre sus contendores -aunque los esfuerzos organizativos en los partidos tradicionales no pueden desestimarse-. La unidad del PDA, bajo los liderazgos de Carlos Gaviria y Antonio Navarro, parece ser el gran logro del evento. Que le permite al partido perfilarse como opción de poder para el 2010. Sus propuestas para gobernar tendrían que recibir entonces más seria y pausada atención. No se han publicado los resultados de los trabajos de sus 12 comisiones temáticas, pero los discursos de sus dirigentes y la ’Declaración política’, aprobada la semana pasada, tendrían que suscitar mayor examen crítico de sus contenidos y hasta de su retórica.
Más allá de las discrepancias con el PDA, hay que reconocer que sus éxitos organizativos son desafíos para sus contendores. La institucionalización del nuevo sistema de partidos, cuya forma final está por definirse, exige modernizar sus convenciones. Y volverlas foros centrales y regulares del debate público, responsabilidad compartida con la prensa. El PDA ha dado con su congreso un importante paso democrático, que los otros partidos solo podrían ignorar a riesgo de quedar a la zaga.
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