Margarita Martínez y Scott Dalton han hecho un documental que le estalla a uno en los ojos. La muerte tiene un fulgor extraño cuando asedia a una juventud que traspira vida por todos los poros. Las armas y los ojos de los jóvenes brillan en la noche de Medellín como un doloroso concierto de luciérnagas.
Fue apenas ayer, fue en el 2003. No ha pasado todavía. No es una historia. Es la realidad que palpita en la ciudad. Nadie puede decir aún que es cosa del pasado. En otros días, ante otras tragedias, la ciudad cerró los ojos. Ahora no puede hacerlo. Tenemos que mirar de frente esa luz hiriente que arroja la metralla en las lomas del barrio La Sierra.
Albert Camus escribió El Mito de Sísifo para contar una angustia. La brevedad de la vida ante el infinitud del tiempo, ante la sucesión inalcanzable de los hechos y de los mundos. Somos un instante en la vasta acumulación de los años. Somos apenas un parpadeo en el vértigo incontable de los acontecimientos. Eso duele. Morir duele. Da rabia. De allí, de esa perplejidad, de nacer para desaparecer pronto, brota una comezón en el alma que nos acompaña a lo largo de la existencia. De allí surge la pulsión del suicidio dice Camus.
Pero si además la vida, la pequeña vida a la que estamos destinados, es cortada en sus albores, la angustia se multiplica también al infinito. Es lo que sienten estos jóvenes de la Sierra. Lo dice Edison que quisiera volver como ingeniero civil a su barrio cuando al guerra termine. Lo dice Cielo, la novia de Carlos, que espera a que su hombre salga de la cárcel para hacer la vida, para trabajar y ver crecer con el amor los hijos. Lo dice Jesús ya mutilado, arrastrando unas palabras cansadas que se niegan a aceptar que sólo se pueda hablar del presente porque el futuro no existe.
No quieren morir, así digan lo contrario. Es lo que siente uno en cada gesto, en cada palabra. Pero están condenados. No han buscado además la condena. No son los muchachos del sesenta y del setenta. Los de los movimientos de liberación de los tiempos revolucionarios. No son los guerrilleros de tiempos ya idos, con sus libros bajo el brazo, con sus guitarras, con sus miradas puestas en la historia, con su rostro de esperanza.
Sentí vergüenza ajena oyendo a Sergio Fajardo y a Lucho Garzón hablando del documental después de su presentación en al canal caracol este domingo. No podía creer que estos amigos que admiro tanto, estos amigos tan inteligentes, se pusieran hablar de la reinserción, de cómo el problema residía en ofrecer alternativas de educación y empleo a estos jóvenes. Hablaban como si una desidia de la sociedad, un descuido del Estado, hubiese lanzado a estos muchachos a la violencia. Cómo si bastara, ahora, hacer unas correcciones en las labores del gobierno.
Esto sin duda existe. Pero allí no está el motivo principal. En los muros del barrio, en las imágenes mudas del documental, se podía ver a grandes letras el Bloque Metro de los paramiltares y luego el Bloque Cacique Nutibara . En las voces se hablaba del ELN. Detrás de la tragedia está el insondable conflicto colombiano. La feroz lucha por el poder, la economía y el territorio. Está Diego Murillo y todo el aparato paramilitar. Está un proyecto de solución militar desde el Estado. Está la persistencia de unas guerrillas. Están todos los que inducen al suicidio a jóvenes ansiosos de vivir.
Sergio Fajardo hablaba como si lo peor hubiera pasado ya. Como si ahora sólo restaran labores de limpieza. No. La guerra está viva. Más viva que nunca. Ahora hay una calma chicha. Un momento como otros que ha vivido Medellín después de una intensa tormenta. Es necesario hablar de eso. De la necesidad de poner punto final a la guerra, de la urgencia de encontrar un camino para resolver el problema con los de arriba, con los patronos de la guerra. De la urgencia de un gran proyecto de reconciliación nacional. El infamante compendio de la barbarie que traen las imágenes de la Sierra debía servirnos para eso.
lvalencia@nuevoarcoiris.org.co