Nosotras como mujeres no podemos permitirnos ser las madres de los malos gobernantes, de los que manipulan el poder, de los que tiran bombas, de los que programan las guerras.
No podemos permitirnos cosechar las consecuencias de un estilo de vida que dio la espalda a la vida.
No podemos seguir preparándonos para un mundo que no puede existir; no podemos seguir intentando perpetuar algo que está cayéndose a pedazos.
Nosotras no podemos quedarnos tranquilas sin hacer nada, con esa expresión de impotencia que hoy mucha gente tiene. Tenemos que hacer algo, aunque mañana sea el último día.
Debemos despertar a las mujeres del mundo para que empiecen a diseñar en una forma diferente a los hombres nuevos que van a transitar las calles de un futuro.
Debemos lograr que el hombre aborde la vida de otra manera, porque nos estamos muriendo enterrados en nuestra propia basura.
La esperanza, es nuestra esperanza
¡Mujer! Llegó la hora a que tomes en tus manos las riendas del destino humano porque a ti te encomendó Cleió la Musa, la gran tarea de cambiar el rumbo de la historia, participando activamente en este profundo cambio que se tiene que producir en la humanidad que tú habitas y de la cual formas parte.
¡No se te olvide! Los dioses te encargaron mantener el Fuego Sagrado encendido, para que la oscuridad no retorne, ni el frío de lo externo conforme el corazón.
A ti mujer, te digo: en tu mirada debe gestarse el nuevo ser que devolverá por medio de tus genes, el amor y la paz a la Tierra para que se curen sus heridas y las de sus hijos.
Ser amorosa no significa ser débil. El amor te hace poderosa. Debes saber que la ternura está reservada para los fuertes.
Tú naciste con el arte de crear, de inspirar dulzura y belleza y por eso debes ayudar al hombre quién por naturaleza se manifiesta con otra condición.
Aristófanes hace casi 3000 años atrás, propuso que fueras tú la gobernante de la pólis, porque creía en tu política ahorrativa. distributiva y antibelicista, en contraste con la política de los varones, amantes de constantes cambios y novedades, partidarios de la guerra y carentes de sentido común.
Acuérdate, cuando el consejero dudó del derecho que pudieran tener las mujeres para administrar asuntos públicos sin haber tomado parte en la guerra, Praxágora respondió:
“nosotras las mujeres traemos al mundo los hijos y los mandamos luego al combate. Aunque las mujeres no vayamos al campo de batalla somos, sin embargo, las que aportamos los combatientes y este argumento es de la mayor importancia”. (Aristófanes, “Las Asambleístas”)
Como madres y esposas que somos de los soldados, las mujeres participamos en la guerra, dijo Lisístrata, (Aristófanes, “Lisístrata”) y Praxágora aclaró que, precisamente por ser madres, las mujeres deseamos ardientemente preservar la vida de los soldados; además ¿quién les enviaría provisiones antes que la madre que los parió?
Hagamos entonces que conozcan todas las mujeres del mundo la frase que pronunció Praxágora en la asamblea de mujeres hace tres milenios atrás:
“quien por naturaleza se encarga de dar y mantener la vida, es quien realmente sabe lo que ella cuesta y por lo tanto es quién mejor la protege. Los hombres carecen de instinto maternal y no pueden dar a luz. Tal vez por eso deciden matarse tan fácilmente”.
Resulta entonces natural que somos nosotras las mujeres quienes verdaderamente deberíamos sentir la imperativa necesidad de la paz.
¡Mujer sabes? Tu fuerza física no está destinada al impulso físico y directo como el del hombre. Por eso debes proteger tu energía y potenciarla para la vida, para que engendres pensamientos sanos y seres felices.
Por esa misma razón Aristófanes no quiso que fueran tus condiciones iguales a las del hombre para que tú pudieras tener las mismas oportunidades que tus compañeros; esto solo conseguiría que tú te volvieras tan agresiva y competitiva como el hombre, para que pudieras rivalizar exitosamente con el, dentro de una sociedad individualista y egoísta.
Tú sin necesidad de renunciar a tu feminidad, y más bien aportando valores y sentimientos netamente femeninos, lograrías producir la transformación definitiva en la sociedad humana: una sociedad superior, con el objetivo de confrontarla con la pasada, para que las fallas de ésta última queden señaladas. Y en política esto podría interpretarse como un llamado tuyo a quienes ejercen el poder, para que comprendan la necesidad de este cambio radical y no se limiten sólo a dar soluciones a los problemas inmediatos mirando como los caballos, a corto plazo.
¡Mujer! Tú sabes que los conflictos propios de la condición del hombre han sido el enfrentamiento entre hombres y mujeres, entre la senectud y la juventud, entre la sociedad y el individuo, entre los vivos y los muertos, entre los hombres y Dios o dioses.
El individuo rebelde busca entrar en interacción con las leyes, con el cuerpo político. Los muertos moran en los vivos y a su vez esperan la visita de estos. El viejo y el joven buscan uno en el otro, el dolor del recuerdo y el igual solaz del futuro.
Y cuando se encuentran un hombre y una mujer, se hallan uno contra el otro, así como se hallan próximos el uno al otro.
Siendo una unidad en virtud de la humanidad que los separa de las otras formas de vida, el hombre y la mujer son al mismo tiempo diferentes.
En todo ser humano hay elementos de masculinidad y de feminidad; por eso cada encuentro, cada conflicto es también una guerra interna de este Yo parcialmente dividido.
Así como las traducciones de lenguas incomprensibles entre si, dramatizan los problemas de comunicación dentro de una sola lengua, del mismo modo el discurso entre hombres y mujeres dramatiza la central dualidad de todos los intercambios de palabras. Las concepciones masculinas difieren de las concepciones femeninas.
Los hombres y las mujeres usamos las palabras de manera muy diferente. El carácter inmediato de las palabras que pronunciamos, que lanzamos el uno al otro, indican nuestra condición dividida y antagónica. Chocamos como hombre y como mujer.
Yo, como mujer, sentí siempre la fuerza con que se manifestaban esas luchas de género, y a mi me incomodaban muchísimo porque siempre me sentí más ser humano que mujer. Siempre sentí que el hombre y la mujer debían unirse de nuevo, para formar ese ser superior que no es ni hombre, ni mujer, que podía equilibrar a través de una y otra fuerza la integración del ser sagrado, este ser humano que según Aristófanes era precisamente el andrógino (= hombre y mujer) inseparable, por ser una unidad, por estar uno pegado al otro.
Esa lucha de género que nos lleva a una competencia de nunca acabar, no nos hace libres sino que nos vuelve más bien represores de nosotros mismos. Por eso debemos crecer por dentro como seres individuales y colectivos y ser capaces de ocupar nuestro lugar.
Debemos derribar los muros que nos rodean como hombres y mujeres. Lograr romperlos, atravesarlos y superarlos. ¿Será que estos muros son mucho mejor elaborados, será que son muros transparentes, que no se ven, será que los hombres y las mujeres nos acostumbramos a vivir en esta prisión invisible?
Abrazados y ajenos a otros aires y cielos, disputando el espacio
sus raíces gemelas,
el rosal soluciona
su nostalgia de vida,
el sauce resuelve
su nostalgia de flores.
hoy, enredados y ausentes
de sus propios destinos,
se preguntan perplejos
quién florece de quién.
Nora Puccini de Rosado