POR: JUAN JORGE FAUNDES
escritor y periodista
Desde Santiago de Chile, especial para CAMBIO
BAJO UNA LÁPIDA de mármol de Carrara y la custodia del Ejército de Chile se oculta el ánfora con las cenizas del ex dictador Augusto Pinochet, incinerado 48 horas después de su muerte, ocurrida el 10 de diciembre de 2006. Así lo mostró por primera vez Televisión Nacional (TVN), el canal estatal, en un reciente reportaje. Pero en los corrillos del chisme y del mito popular sostienen a media voz que Pinochet está embalsamado al estilo Tutancabrón (como diría El Clinic, periódico satírico chileno), a la espera de que en el futuro alguna nueva dictadura (¡Dios nos libre!) y un Papa fascistoide (por qué no el cardenal chileno Jorge Medina, quien representa al pinochetismo en Roma) se atrevan a declararlo santo.
Así como funciona el péndulo de la Historia, nada es imposible, ni siquiera que la tortilla se vuelva, como cantaban Los Quilapayún en aquellos militantes días de la Unidad Popular (UP). Pero no se ha oído de milagros ni de peregrinaciones. Las únicas velas que se encienden por miles cada 11 de septiembre son en el Estadio Nacional, ex campo de concentración, monumento a la tortura y al crimen.
Transmutado en cenizas o en momia, Pinochet permanece en la capilla de la Hacienda Los Boldos, que era su lugar de descanso, unos 120 kilómetros al oeste de Santiago. Allí es venerado por familiares, amigos y los pocos generales retirados que no se sienten traicionados -como se siente Manuel Contreras, el ex jefe de la Policía secreta-, únicos con acceso al lugar. Ello contrasta con la pública tumba de Salvador Allende en el Cementerio General de Santiago, siempre revestida de flores y consignas, sin custodia y abierta a las visitas de todo el mundo. Las tumbas del ex canciller Orlando Letelier y del cantante Víctor Jara, asesinados por la dictadura, son tan públicas como la de Allende. Las de los 5.000 detenidos desaparecidos, todavía son un misterio.
La derecha aliviada
Cuando Pinochet murió ya no era un peligro para la democracia, pero fue un alivio para la derecha. Era un lastre cada vez más pesado para los partidos Unión Demócrata Independiente (UDI) y Renovación Nacional (RN), hijos políticos de la dictadura, con ex ministros, ex comandantes y ex altos funcionarios en sus filas.
La UDI y RN se debatían entre dos extremos: la lealtad a quien liberó al país del "cáncer" marxista y lo devolvió al empresariado y a las transnacionales mediante privatizaciones, apertura de mercados, desmantelamiento de sindicatos, jibarización del Estado, del gasto social, contrarreforma agraria y otras medidas neoliberales, y el rechazo a las violaciones de los derechos humanos por las que ahora se rasgan las vestiduras, porque "no se dieron cuenta" de lo que sucedía (jamás debieron tener acceso a las denuncias internacionales, a la prensa extranjera o a la opositora que, pública o clandestina, resistió y denunció las barbaridades y pagó un alto costo en periodistas presos, exiliados y hasta asesinados). Para colmo, Pinochet murió siendo procesado por el millonario fraude tributario perpetrado con sus cuentas en el Banco Riggs. Además de violador de derechos humanos, ladrón, ¿cómo lo iban a seguir apoyando? Felizmente murió. La UDI y RN descansaron.
¿Una nueva derecha?
Año y medio antes de la muerte de Pinochet, en mayo de 2005, Joaquín Lavín, perenne candidato presidencial de la UDI y RN, ex funcionario de la Oficina Nacional de Planificación de la dictadura, sostuvo que "las violaciones de los derechos humanos fueron lo más grave ocurrido en el gobierno militar (...) Es condenable". Y agregó: "La corrupción también es condenable (...) Creo que aquí se ha roto una tradición de los presidentes de Chile: se iban a la casa con menos plata". Y dijo que si hubiera sabido lo de las violaciones de los derechos humanos y la corrupción, en el plebiscito de 1988 habría votado "No".
No fue a los funerales: "Sentí que no debía ir", declaró a TVN, y meses después inició una extraña danza de coqueteos, mixturas, piruetas y acuerdos temáticos con el Gobierno de la socialista Michelle Bachelet.
No sin una sonrisa que lleva un tantico de malicia indígena, Lavín hoy se declara "bacheletista-aliancista". ¿Una de las consecuencias inesperadas de la muerte de Pinochet? Quizás. Lavín querría postularse a las presidenciales de 2010 con votos de la derecha de la concertación gobernante (que parece a punto de romperse) y de su "aliancismo-bacheletismo".
La dictadura de Pinochet es responsable de unos 5.000 asesinatos, entre desapariciones forzosas y ejecuciones. La mayoría no ha aparecido y el Ejército ha dicho que 151 de ellos fueron lanzados al mar, pero las organizaciones de defensa de los derechos humanos dudan de esa versión. Informes encargados a comisiones especiales han establecido, además, que al menos 35.000 personas fueron apresadas y muchas de ellas sometidas a tortura. Los exiliados llegaron a un millón. La UDI y RN, Lavín incluido, aunque se vistan de seda...
En agosto circuló que Augusto Pinochet Hiriart, hijo del dictador, había puesto en subasta sus trajes a razón de 2.000 euros cada uno. El dueño de la sastrería D’Adriany, Adrián Carilao, rechazó las versiones: "No tengo nada de él". Si de objetos curiosos se trata, algunos chilenos guardamos como trofeo una botella, ya vacía, del exclusivo vino tinto marca Carretillero del Diablo, en cuya etiqueta aparece el diablo llevándose a Pinochet en una carretilla de mano. Se declaraba envasada por la Viña Concha e’ Tuma -apócope de concha de tu madre, que en colombiano es algo como h.p.). Y debía descorcharse y beberse brindando el día mismo de la muerte del tirano, porque de lo contrario -rezaba el texto-, "se avinagrará". Era como la maldición de Tutancabrón, que hoy amenaza a la política chilena: A Pinochet muerto, ¿Lavín puesto?