Esta semana fue presentado en Trujillo el informe sobre los terribles hechos acontecidos en esta población Vallecaucana, entre los años de 1990 a 1994, que produjeron la muerte a más de doscientas cincuenta personas; labriegos y personas humildes, entre ellas un sacerdote, es un informe abarcador y lleno de verdades, construido por la comisión de memoria histórica, que preside el prestigioso historiador, Gonzalo Sánchez, quizás no diga nada novedoso, su gran virtud es que coloca en un solo relato, lo que hemos escuchado o leído por separado sobre esta trágica situación y lo dice con un énfasis claro; es la hora de la memoria y allí debemos concurrir todas y todos.
Colombia ha vivido todas sus guerras sin un esfuerzo sistemático de narrar y contar lo que se vivió; quien le hizo que a quien, por que motivos, de que manera y con que resultados. Así fue por ejemplo con la violencia de los años cincuenta, se intento un informe, por iniciativa del gobierno de Alberto Lleras Camargo y se le encargo a Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna y Germán Guzmán Campos y cuando estos presentaron su informe se les repudio y se desconoció su trabajo, de allí salio el trabajo más comprensivo sobre este duro periodo -donde se incubo esta violencia que persiste hasta nuestros días- La violencia en Colombia, pero no fue un texto discutido y analizado desde el poder y promovida una reflexión social y es entendible; ellos, los que gobernaban, habían sido responsables de ese ciclo de violencias, que tiene su detonante con la muerte de jorge Eliécer Gaitán y que se cierra con los pactos de Sitges y Benidorm, que dan origen al frente nacional.
Ningún colombiano o colombiana estudió en las aulas de clase, que era lo que habíamos vivido como violencia, por que nuestros padres, madres, abuelas y abuelos, habían tenido que huir del campo, por que algunos de nuestros tíos o tías habían muerto en estas vorágines de violencia, de eso se hablaba, a veces, en las salas de las casas, en las reuniones familiares y se hacían silencios duros en ciertas partes de los relatos, pero jamás hubo sobre estos acontecimientos, que cobraron la vida de trecientos mil colombianos y colombianas, una reflexión colectiva y un debate ciudadano, mucho menos una acción de protección de archivos, construcción de relatos desde la comunidad, difusión de estos materiales en los grandes medios, nada de esto sucedió.
Ahora, cuando la sociedad ha madurado y aprendido de la experiencia propia y de la universal, sabemos que no puede quedar en el olvido y en las brumas del desconocimiento, lo que ha pasado en los últimos cuarenta años de conflictos violentos, es un deber y un derecho documentar, narrar y divulgar de manera masiva lo que se ha vivido en estas contemporáneas borrascas de violencia, pero borrascas con personas y actores de carne y hueso, que poco a poco el país conoce, es un tiempo en el que están saliendo a la luz, muchas verdades; unas parciales y manipuladas otras duras y que estrujan el alma, hay victimarios con remordimientos existenciales y tienen la urgencia de hablar, a otros los motiva la retaliación a otros los beneficios jurídicos, son múltiples las motivaciones, pero estamos conociendo relatos de la violencia, que antes sospechábamos o teníamos de manera parcial.
La construcción de este proceso tan prolongado de violencias, es una tarea eminentemente política, se juega en el terreno del poder y sus simulaciones, por eso debemos concurrir a este proceso provistos de rigor, documentados, con buenos argumentos de interpretación, con la tranquilidad de reconocer nuestras responsabilidades y señalar las de los adversarios, con la convicción de que nuestras acciones se pueden explicar con la cabeza en alto, desde razones políticas y motivaciones éticas, de mayor altura y calidad de quienes han defendido y usufructuado este orden social de injusticias y barbarie.
Es hora de contribuir a la memoria, todos debemos participar de este ejercicio, hay que contar lo que hemos vivido, motivar y acompañar a las comunidades que han sufrido la violencia, para que vuelvan a presentar sus verdades, pero buscando que esto sea conocido y discutido en la sociedad.
El principio del antídoto contra la violencia, es tener buenos relatos, generosos en su narrativa y sustentados en la argumentación para que no volvamos a vivir nuevos ciclos de violencia, no es lo único por hacer pero es un primer paso, "es tiempo de hacer memoria".
Posdata: Y hablando de memoria del conflicto, para los que viven en Bogotá, les recomiendo tres exposiciones, por que sigue siendo muy cierto aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”. La exposición sobre la desaparición forzada en America latina, en el Museo de Arte Moderno, la de la pintura de Francisco de Goya titulada “Los desastres de la guerra”, en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y la exposición de fotografías sobre la barbarie contra Trujillo, de Jesús Abab Colorado, en la Biblioteca Luis Ángel Arango.