Miércoles 28 de noviembre de 2007
EL presidente Uribe cometió varios errores por imprevisión: el primero fue llamar a Chávez al paseo del acuerdo humanitario. Hizo cálculos políticos, pero sólo llegaron hasta el escenario del fracaso ajeno. Nunca pensó que le saldría mal a él.
Si la primera equivocación fue meterlo, la segunda fue sacarlo. Uribe nunca se dio cuenta con quién estaba tratando. Se le olvidó que en el episodio de Granda, hace 3 años, pagó su osadía con disculpas disfrazadas y que Chávez le midió el aceite en los riesgos comerciales. Ahora pasa lo mismo y Colombia tiene mucho más que perder: nosotros le vendemos a Venezuela el triple de lo que le compramos. Hay en juego más de 4 mil millones de dólares y eso lo utiliza Chávez como una espada para jugar con las relaciones bilaterales.
Por eso, la crisis parece un gran acto circense de dos malabaristas intentando hacerse zancadilla. Cuando el presidente Uribe aceptó la participación de Chávez en la relación con las FARC, supuso equivocadamente que eso le arreglaba el problema, y que trasladaba los riesgos al nuevo jugador.
Chávez, por su parte en plena campaña electoral, ingresó gustoso a la cancha porque mágicamente se le abrieron las puertas a la política del único país en donde no había podido lanzar sólidamente sus alfiles. Curiosamente todo lo que le respondió el presidente Uribe el fin de semana (que es expansionista, que puede terminar legitimando el terrorismo), es cierto pero no es nuevo. Tanto se conocía el carácter del coronel, sus afinidades y sus apetitos, que los mismos que hoy lamentan el desenlace consideraban hace 3 meses que esas eran sus virtudes. Es cierto, sí, que por más lenguaraz, folclórico o peligroso que sea Chávez, el gobierno colombiano incurrió en un par de indelicadezas. Lo trató como trata a los enemigos domésticos, a punta de reclamos públicos y notificándolo a través de comunicados oficiales. No consiguió nunca ni la confianza ni la química para establecer una relación personal. Sacarlo del mapa sin explicaciones es un acto de hostilidad que ha debido ser evaluado en frío. No se hizo ese examen ni antes ni después, y por eso hoy estamos pagando las consecuencias de la falta de diplomacia y de maneras.
Entre paréntesis, la buena noticia puede ser que Uribe y sus asesores entiendan, por fin, que las relaciones internacionales no se pueden manejar con la misma intemperancia con que manejan la agenda interna. Ahora, a Chávez también se le pueden criticar otras mil cosas. Desde su estilo hasta la conducción misma del proceso. Desde su protagonismo de nuevo rico, hasta la maquinación suprema con que trasladó la responsabilidad de la liberación de los secuestrados al gobierno colombiano.
Todo en él es criticable. Pero infortunadamente aterrizó en la carpa como invitado. Pasa lo mismo que cuando uno invita a su casa a un borracho. Él hace el escándalo y él queda mal, pero la culpa es de uno. Y las disculpas las da uno, y los arreglos los paga uno. A este Hugo Chávez de hoy, convertido en duelista principal, se le fueron las luces muchas veces, pero la culpa es del que lo invitó. Y la responsabilidad es del que lo invitó.
El exministro venezolano Fernando Ochoa escribió lo siguiente: “…uno de los mayores riesgos que produce el ejercicio del poder es el delirio de grandeza. Es una enfermedad que surge progresivamente… mi experiencia me indica que la principal causa son los eternos adulantes. Se dedican, con particular habilidad, a envanecer a quien lo ejerce, aplaudiéndole aciertos y errores hasta hacerle perder el sentido de la realidad…”
El texto está dirigido a Hugo Chávez, pero de pronto se lo podemos dedicar a Álvaro Uribe. O a José Obdulio, autor de la teoría de la inteligencia superior.
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