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Los gitanos de Santa María

Polo Democrático Alternativo
Martes 9 de octubre de 2007

La kumpania de Santa María, localizada en Itagüí (Antioquia), mereció varios reportajes periodísticos y algunas investigaciones lingüísticas y antropológicas que fueron pioneras en el acercamiento al pueblo Rom de Colombia. Luego de varias décadas de permanencia y cuando se pensaba que estos Rom estaban asentados definitivamente en el lugar, esta emblemática kumpania se disolvió debido a que los patrigrupos familiares que la conformaban emprendieron, por diversas razones entre ellas el escalonamiento de la violencia en la región, un éxodo que los llevó a otros lugares del país y del exterior. Años después cuando la situación de orden público mejoró, algunos de estos patrigrupos regresaron al Valle de Aburrá y junto a otros se instalaron en Envigado donde actualmente se encuentra la principal kumpania de Antioquia. La lectura del artículo que a continuación se presenta, aparecido en mayo de 1991, al realizar una somera descripción etnográfica de la kumpania de Santa María y al cotejarse con artículos periodísticos y antropológicos más recientes, permite identificar y analizar el sentido de las transformaciones culturales que se han venido presentado en los Rom del país, entre la última década del siglo pasado y los primeros años del siglo XXI.

Por: RICARDO ARICAPA

El antropólogo Juan Hasler, experto en gitanerías, cuenta que, procedente quien sabe de dónde, la tribu de los Bolochoc tuvo un largo período de asentamiento en Bélgica y de allí pasó a Francia. Siempre en su éxodo hacia el Oeste, muchos años después, llegó a España, donde toma el apellido Gómez y se confunde con la gran comunidad Gitana que allí se encuentra dispersa en retazos por todos lados. Pero no se queda en la Península. Los Gitanos siempre están en tránsito hacia cualquier parte. Muchos de sus miembros toman pasajes y atraviesan el océano. Arriban a Venezuela, desde donde continúan su enrancia por los países vecinos.

Los primeros Gitanos llegaron a Antioquia hace unos cuarenta y cinco años. Pobre y exigua era aquella caravana que cualquier día instalaba sus carpas en las afueras de los pueblos, regularmente en tiempos de ferias. Sólo a finales de los años sesenta dejaron la trashumancia por los pueblos y plantaron sus carpas en un descampado de las afueras de Itagüí (Antioquia), a un costado de la vía principal. Cuando se pasaba por allí era imposible no detener la mirada en ese campamento, donde se amontonaba y vivía aislada a su extraña manera una gente que sólo se determinaba en su propia lengua y poco, casi nada, tenía que ver con el mundo que se extendía de sus carpas para afuera.

Y desde afuera uno veía el movimiento de unos hombres esbeltos, de grandes patillas y sombreros alados, en la tarea de alimentar y bañar caballos; veía las mujeres llenas de trapos, faldas hasta el piso y porte de pavo real, haciendo el almuerzo en fogones de tulpas e impartiendo instrucciones en su impenetrable idioma; veía a los niños jugando libres y bulliciosos por entre el amasijo de carpas de todos los colores. Veía, en fin, unos seres misteriosos pero hermosos; de talante pacífico, ademanes garbosos y una bien calculada indiferencia. Gente de otra raza, harina de otra cultura. Desde entonces al Santa María se le conoce como el barrio de los Gitanos.

Incómodos vecinos

Estén donde esté, en Santa María o en cualquier lugar del planeta, en los Gitanos llama la atención el hecho de que, siempre en sofocada minoría, siguen siendo tribu, siguen siendo Gitanos. Sembrados en la urbe paisa (gadyí en su lengua) llevan más de veinte años y, pese a los drásticos cambios urbanísticos, pese a los espejismos de la modernidad y contra los embates de una cultura despersonalizada e individualista como la nuestra, conservan los valores primordiales y las costumbres milenarias que han sostenido su identidad desde que andan como parias por el mundo. En otra minoría esto sería una hazaña, pero no en ellos, que parecen hechos de una pasta indestructible.

Y en una dura prueba se vieron no mucho tiempo después de su llegada a Santa María. Como se dijo, les gustó el sitio y plantaron allí su campamento. Se presumía que estaban de tránsito, pero no. Se fueron quedando y pronto aparecieron las contradicciones con el vecindario. El motivo principal fue sanitario. Era un baldío sin habilitaciones de acueducto, alcantarillado ni energía eléctrica, y eran más de veinte familias. Fue por esto, y no por otra cosa, que se presencia se asimiló a la de una plaga bíblica y los vecinos demandaron su desalojo ante las autoridades sanitarias del municipio de Itagüí, encimándoles la fama de cochinos. Severa injusticia si se tiene en cuenta que un Gitano, cuando dispone de agua, es de lo más aseado que se consigue y que una Gitana no esconde bajo la falda ninguna sorpresa porque se baña todos los días. Las más jóvenes lo hacen hasta dos veces.

Finalmente transaron en la disputa. Con ayuda del municipio instalaron tubería hasta el predio y acondicionaron extensiones de energía. Y así siguieron viviendo durante algunos años. En relativa paz con los vecinos, resguardados bajo el lema de no meterse con los gadye sino apenas lo necesario: para asuntos de negocios en el caso de los hombres y para decir la buenaventura en el de las mujeres.

Hasta que llegó lo inevitable. Llegó el ensanche. Itagüí se expandía. O construían casas o se iban, no quedaba otra alternativa. Ellos construyeron casas, de ladrillo y de cemento como todas, pero a su Gitana manera. Salones amplios, sin más paredes que livianas cortinas que se quitaban y se ponían, donde con una mirada se dominaba toda la vida doméstica y sus moradores se podían ver desde cualquier sitio de la casa. Es decir, carpas, pero de cemento.

Adiós a las carpas

Con todo, el cambio de espacio tiene un sensible impacto en sus costumbres. En el campamento las familias funcionan como una unidad integral. No se delimitaba el espacio de ninguna y juntas ocupaban todas las horas del día. Cualquiera entraba en la casa de otro y tomaba lo que necesitaba.

Separados en casas esto ya no fue posible. A las construcciones modestas y mínimas en un principio les fueron introduciendo mejoras, y también fueron comprando otras para las nuevas familias que llegaban. En la actualidad (1991) son casas modernas y en muchos casos confortables, cuyo interior no deja de tener esa disposición sobria de carpa y sus puertas siguen abiertas para cualquier Gitano. Su fachada sí es igual a las otras del barrio. No han sido inferiores a la vocación de clase media que tiene el Santa María. Han progresado parejo con el vecindario, pues, para quien no lo sepa, el Gitano es un negociante astuto. No te roba, pero te engaña si te dejas. Tal vez se vara menos que un antioqueño. Sin embargo, al recorrer la zona, algo anuncia que tal o cual casa es de Gitanos. O está la vistosa figura de una de sus mujeres parada en la puerta, o hay un colchón asoleándose en la acera, o uno de sus trapos secándose en la ventana, o están los hombres reparando un carro en la calzada o tomando cerveza y jugando cartas en el andén.

Sobre el carro hay que decir que para ellos es algo más que un bien suntuario. Es un recurso de su libertad, la posibilidad de desplazarse cuando les dé la gana. Es el equivalente moderno de las carretas que en la Edad Media utilizaban para tragarse los caminos del mundo. Tener uno siempre es la aspiración de un Gitano. Además son excelentes mecánicos.

Yo sobre eso de verlos en los andenes, libando en eufórico y despreocupado ocio en horas en que el resto de la ciudad está trabajando, hay otro malentendido. Eso les ha alimentado una fama de vagos que a ellos, antes que rabia, les produce risa. Al hombre Gitano le encanta el licor y el jolgorio, pero cuando se pasa tres o más días en esas es porque se ha pasado dos meses recorriendo las ferias del país negociando bestias y vendiendo aperos. Llega cansado y satisfecho a divertirse con sus phral (hermanos).

Además el uso que hacen del tiempo no está regido por el reloj sino por un orden que se arma y se desarma de acuerdo a sus caprichos y necesidades. En una casa Gitana se desayuna a las ocho de la mañana o a las dos de la tarde, y al niño se baña cuando hay tiempo y se le da el tetero cuando lo pide. Por no aceptar horarios les es imposible trabajar asalariados. En Santa María no se ha conocido un solo Gitano obrero.

Juntos pero no revueltos

El celo de independencia también los lleva a comprometerse lo menos posible en el orden social de los gadye. Sólo los hombres van a las tabernas y a sitios de diversión pública. Las mujeres casi nunca, a menos que asista toda la familia. No votan en las elecciones ni van al estadio, así te hablen con cierto conocimiento de fútbol y de política. Procuran estar al día en los temas que el gadyó de ordinario maneja. No están al margen de la actualidad, saben que la falta de información los hace vulnerables y por eso se han hecho al hábito de los medios de comunicación, sobre todo la televisión. En casa de un Gitano de modo no falta el betamax.

El atuendo también es parte de su resistencia cultural. ¿Quién ha visto una Gitana en minifalda? Nadie. No porque sus encantos no encajen en esa breve prenda, pues vaya a ver si en estas altivas damas hay de qué y de dónde. No las usan porque no encajan en su estética. Saben que cuando dejen las faldas largas, los enormes tacones y las pañoletas de colores, habrán perdido una buena tajada de su gitanidad, y eso jamás, dicen. Ellas son impermeables a la moda. Los hombres no tanto, sobre todo los jóvenes. Ya pocos usan las patillas y el sombrero permanente, pero si siguen fieles a la bota de tacón.

¿Van a la escuela los Gitanos? Antes no iban, ya si. Pero de la escuela, como de todo lo de la cultura gadyí, seleccionan sólo lo que les conviene. Cuando el niño ya sabe leer y escribir en castellano y sabe las operaciones matemáticas básicas, lo retiran de las aulas. No necesita más. El resto de instrucción la completa la familia. Así es como se perpetúa la tradición Gitana. Antes que cultos, son seres prácticos. La instrucción escolar no corresponde, y choca con la simbología con que el niño Gitano capta el mundo, pues está formado para aprender viendo, por la vía del ejemplo. Al varoncito se le prepara para manejar más tarde la economía de la familia y desde muy temprano acompaña a su padre en os viajes de negocios. La niña queda bajo la férula rigurosa de la madre, que la inicia y adiestra en los oficios domésticos, le adelanta los secretos de la preparación del garski y demás manjares de la cocina Gitana, le desarrolla el sentido maternal delegando en ella el cuidado de los más pequeños, la lleva consigo en sus andanzas para que aprenda a decir la buenaventura y le va desgranando en su conciencia el severo código de honor y la fidelidad que una Gitana debe guardar hasta que se muera. Esa niña será como ella: una esposa intachable y una madre hacendosa.

Los filos del romaní

Pero es con el romaní, su lengua, como el Gitano, en últimas, ha evitado ser apabullado y absorbido por las otras culturas. En su lengua está plasmada toda una historia de lucha y defensa de su identidad; es el ancla fundamental que lo vincula con todas las tribus hermanas esparcidas por la tierra. El romaní es una lengua hecha de retazos. Tiene vocablos iraníes, armenios, húngaros, eslavos y de otras lenguas europeas. Está subdividida en tantos dialectos cuantos grupos Gitanos hay en el mundo, pero todos con raíces profundas en la lengua madre: el sánscrito de los brahamanes hindúes. Por investigaciones lingüísticas se ha sabido que los Gitanos provienen de la India y desde allí iniciaron su éxodo a Occidente; aún que los de Santa María, vaya a saber por qué, no entran en indagaciones científicas y resuelven su origen de un plumazo bíblico: vienen de aquellos israelíes que no se plegaron a las órdenes de Moisés y desde entonces quedaron condenados a vagar sin patria. O sea que no sólo son Gitanos sino que también son Judíos, sin ninguna tierra prometida.

Con su lengua son excluyentes. La usan siempre que haya más de in gitano presente. En castellano sólo hablan cuando se dirigen al gadyó. Pero es en romaní que dialogan, piensan, sueñan, rezan y blasfeman. Su lengua los separa y los preserva, por eso es que sabemos tan poquito de ellos, al contrario, hace rato saben todo de nosotros.

Pensamiento mágico

Penetrar en la intimidad Gitana, algo difícil por cierto, es descubrir el universo ritual y mágico que anima la vida de esta comunidad y rige muchas de sus conductas.

No sólo los grandes acontecimientos, aquellos que involucran a todo el grupo como son los nacimientos, matrimonios y funerales, se revisten de un minucioso ceremonial y secreta simbología; también la simple vida cotidiana está impregnada de esa extraña mezcla de intuición, religión, magia, imaginación y misterio con que el Gitano capta el mundo. Con el pensamiento lógico y científico que heredamos de Descartes, uno se devanaría los sesos tratando de entender la compleja trama de prohibiciones, contras y talismanes que el Gitano usa para evitar los contagios y las malas influencias, desde el pujo en los niños hasta la mala suerte en los negocios; tampoco entendería el porqué el espíritu de los muertos infunde tanto temor y decide acciones de los vivos, ni porqué sus conjuros, maldiciones, rezos y juramentos son tan infalibles como lo puede ser para nosotros la ley de la gravedad. Además es inútil tratar de entenderlo. Eso no s e lo inventaron los de Santa María. Es herencia que les viene desde el fondo de los siglos y constituye la base espiritual del ser Gitano.

Pero pasemos de una vez al acontecimiento más importante de todos: el matrimonio.

Más condiciones que un tute

Un matrimonio Gitano es algo muy serio, solemne y esplendoroso, pues es, nada más y nada menos, que la suprema afirmación de la continuidad de su cultura. Lo hacen a su manera y se parece muy poco al nuestro.

El matrimonio es destino ineludible en la vida de todo Gitano, desde niños están formados para eso. Y lo hacen rápido: no bien llegados los veinte años el hombre y a los quince la mujer. Si llega a los veinte y esta no se ha casado, ya puede irse considerando solterona, que es lo peor que le puede pasar, pues es a través del matrimonio y los hijos que traiga al mundo (ojalá muchos) que ella realiza su ideal de vida y adquiere legítimos derechos ante su familia y ante todo el grupo. Y la posibilidad de quedar solterona es mayor que la el hombre, pues a este se le permite casar con una gadyí, siempre y cuando la lleve a vivir dentro de la comunidad Gitana; en Santa María hay diez casos de estos. En cambio la mujer está prohibida para los gadye. Si se casa con uno se tiene que ir, y ojalá bien lejos. Antes que la unión de dos jóvenes, el matrimonio es una alianza entre dos familias, pues entre ambas se establecen serios compromisos de compadrazgo y sin su visto bueno no hay boda. Esos noviazgos largos, tan comunes entre nosotros, en ellos son imposibles. A lo sumo duran cuatro o cinco meses. Tan pronto advierten que dos jóvenes se gustan, inmediatamente meten la mano los papás, cuando no son ellos quienes le escogen la novia al hijo.

Toda la iniciativa parte de la familia del novio. Nombran un emisario encargado de sondear la opinión de los padres de la muchacha. Si la respuesta es afirmativa, se fija una reunión de compromiso entre las dos partes, donde los novios ni siquiera están presentes. Allí se definen los padrinos, la fecha de la boda y se fija algo que para nosotros puede resultar bochornoso, pero para ellos tan lógico como que el sol salga a las seis de la mañana: el precio de la novia. Es una suma de dinero que la familia del novio debe pagar como retribución a la otra familia, para quien el casamiento de su hija es una pérdida. El pago es el equivalente a los derechos que el hombre adquiere sobre la mujer y los hijos que ésta le de, de ninguna manera la compra-venta de una mercancía. Los criterios para definir la cuantía sólo tienen sentido en el contexto de su cultura: su procedencia. Se cotiza más si por sus venas corre sangre Gitana pura; la juventud y la belleza. La primera es garantía de capacidad reproductora y la segunda infla el orgullo del Gitano; la virginidad de la muchacha, virtud de gran trascendencia, que desde luego no compromete a la mujer que se case por segunda vez.

Sellado el compromiso hay una gran fiesta y se empiezan a contar los días para el señalado. Llegado éste se alquila un salón grande y confortable en Itagüí o en cualquier barrio de Medellín, donde quepan los trescientos Gitanos de Santa María. Jóvenes, adultos, niños y ancianos, todos quedan automáticamente invitados.

La boda

Es un gran festín que dura dos días y corre por cuenta de la familia del novio; sin miserias, pues, cuando se trata de una boda, la tiran toda por la ventana. Está en juego el prestigio de la familia que la ofrece. Es necesario que ese acontecimiento quede en la memoria de todos, no hay otra forma de validar la boda. De ella no queda registro en ninguna notaria ni despacho parroquial.

Muy de mañana el padre del novio llega a casa de la novia y le entrega el vestido nupcial, largo y blanco con adornos de encajes. Después llega con ella hasta el sitio elegido, donde ya está presente toda la gitanería, vestida con sus mejores galas. A las mujeres casadas se les ha obsequiado una pañoleta (sólo las casadas la usan) y a los hombres se les ha prendido un ramillete de flores en el pecho. El novio espera de saco y corbata.

El salón ha sido adecuado. En el lugar de la orquesta hay dos banderas: una blanca que simboliza la pureza y otra roja que significa amor. Sobre las mesas hay generosas fuentes de frutas y pan y enormes viandas de cerdo, carne de celebración Gitana. La orquesta empieza a tocar temprano. Se cuaja el baile, con esa manera peculiar que tienen de palmotear y taconear al ritmo de cualquier música. Después se despachan las viandas y corren los litros de licor. En atronadora euforia y algarabía transcurre todo el día. Las jóvenes solteras hacen gala de toda su capacidad de coquetería, pues es la oportunidad de levantarse su hombre; hasta las niñas de diez años llevan en su punto el maquillaje y tacones en los pies. Y las mamás no descuidan un minuto a los pequeños.

Ya entrada la noche, un rumor que se propaga por las mesas anuncia que ha llegado la hora. Hay una tensa calma dirigida al lugar que ocupan las familias de los contrayentes. Va a ocurrir el pago de la novia, que se hace de manera sigilosa y rápida. Conocida la cuantía se genera una cordial controversia. No valía tanto porque no es tan joven, dicen unos. Si los valía porque es muy bonita, sostienen otros. Sigue la ceremonia de enlace oficiada por Frinka, el Gitano mayor de la tribu, quien les ofrece vino y pan con sal, al tiempo que les dice en romaní: “Así como el pan y la sal van siempre juntos, así deseo que permanezcan ustedes. Tengan felicidad y muchos hijos para orgullo de la comunidad Gitana”. Después cada Gitano entrega en dinero su obsequio a la nueva pareja.

La mancha en la falda

Con la partida de la novia finaliza la fiesta y comienza el rito de la desfloración, que se hace en la casa del novio, o en un hotel si éste es de otra ciudad. Resulta que la virginidad no es algo del fuero íntimo de la mujer y su marido. Todo el grupo tiene que comprobarlo. En eso no puede haber engaño. El recurso, una falda blanca que dos Gitanas mayores colocan a la novia la primera noche nupcial. A la mañana siguiente recogen la falda, que debe tener la prueba del honor, la mancha de sangre, que su madre mostrará con orgullo a todas las Gitanas del barrio que en romería acuden para felicitar a la desposada y ver la mancha en la falda.

A partir de ese momento la muchacha pasa a vivir con la familia del marido, en cerrada vigilancia de su suegra, prohibida para el resto de los hombres. A solas no puede ni conversar con uno distinto a su marido. La fidelidad Gitana se guarda con candado. El estatus y las responsabilidades adquiridas como mujer casad están simbolizadas por una pañoleta de color que sólo se quitará para dormir. Vivirá con la suegra hasta que se produzca un nuevo matrimonio y llegue otra novia a ocupar su lugar. Ella con su marido y sus hijos se instalarán en casa aparte.

Si el matrimonio no funciona, lo que no es usual, se busca la separación, que sólo la puede dispensar la Kriss, que es la institución de poder de los Gitanos, no sólo para dirimir parejas desavenidas sino también para resolver cualquier conflicto que comprometa a uno o a varios miembros del grupo. No es de carácter permanente. Se conforma para cada momento de crisis. Sus miembros se eligen entre los individuos que a lo largo de su vida hayan gozado de respeto y buen juicio; Gitanos que personifican sus valores y tradiciones. Su veredicto debe ser acatado.

Ritos de nacimiento

Como son tan poquitos, el nacimiento de un niño es un símbolo de esperanza y un detonante de jolgorio general.

Pero para la madre, desde el embrazo, es una prueba de fuego. Como los espíritus asechan la criatura, vive rodeada de amuletos y alerta a prácticas peligrosas, como no hablar de su estado delante de los hombres, no ir a velorios, no pisar ni manipular lazos porque el niño puede ahorcarse con el cordón umbilical y otro surtido repertorio de agüeros.

Desde que descubrieron que los médicos son más efectivos que las parteras, acuden a ellos. Antes los partes, y otros desarreglos de salud los resolvían con sus propias recetas mágico-terapéuticas. Ahora para todo consultan al médico y pagan las mejores clínicas, donde es cuadro común ver las salas de espera atestadas de Gitanos. Todos quieren acompañar al enfermo y se turna por tandas de a veinte, con el agravante que les cuesta mucho quedarse callados.

Los cuarenta días de dieta son rigurosos. A la mujer se la aísla porque su estado es una amenaza de contaminación. Todos los utensilios que use se botarán al cabo de la dieta y no puede ser vista por nadie distinto a la familia. Su regreso a la vida social está precedido de baños y sahumerios de purificación. Sale enaltecida ante el grupo. Ya posee el conocimiento de la maternidad. Ahora su preocupación las veinticuatro horas del día, es el niño, a quien traspasa los amuletos usados por ella en el embarazo, para protegerlo de las energías portadoras del pujo y el mal de ojo.

El bautizo se hace con doble ceremonia: la católica y la de ellos. Después de salir de la iglesia todos los Gitanos se dirigen a una comida en honor de los padrinos, que serán sus protectores a lo largo de toda su vida. Ser padrino es siempre cuestión de honor para cualquier Gitano, tanto que el día del bautizo ayunan. En la reunión en niño se presenta con los dos nombres que llevará siempre: uno en castellano, que le servirá para la escuela, efecto de cédula, cruces comerciales y demás relaciones con el gadyó; y otro en romaní, para uso exclusivo del grupo.

La buenaventura

“Ven, ven. Tú tienes un problema y yo te voy a ayudar. Vas a creer en mi, te voy a leer la suerte…” Así hablan cuando ya tienen cogida la mano del desprevenido peatón. Son las mujeres Gitanas, las portadoras del poder de la adivinación, que en grupos salen por el Pasaje Junín o La Setenta en Medellín, a ganarse unos pesos con su arte inmemorial.

Para procurar que el cliente crea en la eficacia de sus pronósticos, ellas cuentan con la fuerza de su propia imagen, enigmática e ineludible; con un discurso estudiado, sugerente, oscuro e incisivo; y con el ambiente de gitanidad que brota del murmullo en romaní de sus compañeras. El resto depende de lo impresionable que se el cliente. También ofrenden talismanes, leen el tarot y hacen curaciones milagrosas, pero para esto hay que visitarlas en sus casas.

¿Realmente las Gitanas tienen el poder de la adivinación? Sería lo mismo que preguntar si San Antonio sirve para conseguir maridos. Las Gitanas son adivinas y punto. Así se lo han hecho saber a la humanidad desde hace siglos. Crea o no en ellas, uno no deja de sentir una inquietud de ánimo, un pálpito misterioso, cuando una mujer de éstas interpreta el futuro en las líneas de la mano. Tampoco se deja de sentir, hay que decirlo, cierto temor de que lo vaya a robar. Las mujeres tienen un tic nervioso cuando las ven: esconden los bolsos. Pero técnicamente hablando, las Gitanas no roban. Lo que ocurre es que te sacan toda la plata que puedan, y en eso no se diferencian de muchos médicos, abogados, etc. No devuelven si, de ningún billete, porque, según dicen, hacerlo les trae mala suerte a ellas. Son gajes de su astuto oficio.

Así son los Gitanos, seres que nunca vamos a acabar de conocer. Un nudo de tradiciones y costumbres que guardan como su mayor tesoro. Reprochárselas es injusto e inútil. Es lo único que tienen. Cuando lo pierda estarán firmando su desaparición de la historia.

Fuente: LUZ STELLA SOTO MONTAÑO y MARCELA JARAMILLO BERRÍO. Los Gitanos de Santa María. Trabajo de Grado. Departamento de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. 1987.


Tomado de: El Colombiano. Medellín. Domingo 26 y lunes 27 de mayo de 1991. P. 5B y 6B respectivamente. Artículo recobrado por el Proceso Organizativo del Pueblo Rom (Gitano) de Colombia, (PRORROM), en el marco del proyecto: “Los Rom de Colombia vistos a través de la prensa”.

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