Al ver las trincheras de las casas de los indígenas, en Toribio, en Jambaló, la gente de la comunidad de paz de San José de Apartadó desplazada, la guerra por todas partes... quiero hacer esta pregunta.
No tengo dudas en condenar el ataque de las FARC a Toribio y hostigamientos a los pobladores de otros municipios del Cauca, la ceguera y arrogancia guerrera no les deja ver que las comunidades que habitan estos territorios son ejemplo y un símbolo dentro y fuera del país, son parte del pueblo por el que ellos dicen luchar. Se les olvida que la organización y la movilización pacífica de los pueblos indígenas ha logrado mucho más que la guerra que ellos hacen desde hace 40 años.
Desde los trágicos acontecimientos de san José de Apartadó en los que fueron masacrados bárbaramente 2 líderes de la comunidad de paz y sus familias en las que se encontraban 5 adultos y 3 niños de 11, 6 y 1 año, que fueron dantescamente asesinados, descuartizados y decapitados con la mayor sevicia, se abrió un debate en el país sobre el derecho de la comunidades a protegerse de la violencia que genera el conflicto interno, lo hice por la sorprendente actitud que asumió el presidente al pronunciarse sobre el dantesco acontecimiento y si estigmatizar y anunciar como ultimátum la presencia de la fuerza pública. Con Toribio, el ataque de las FARC y la militarización de la región es necesario reflexionar sobre el tema.
Para ello quiero acudir a reflexiones hechas por el hoy comisionado de paz Luis Carlos Restrepo, quien años atrás, cuando era un ciudadano reconocido por su libro el “derecho a la ternura”, defensor del derecho a la paz y quien se expresaba así en 1997, cuando preparábamos juntos el “Mandato por la Paz, La Vida y la Libertad” en otro de sus libros titulados “proyecto para un arca en medio de un diluvio de plomo”.
“Como la eficacia de un derecho tiene que ver con los ámbitos que hacen posible su protección, es bueno delimitar algunos aspectos que pueden ser cubiertos por una regulación jurídica que permitan concretar en esferas cotidianas de poder el derecho a la paz. Enunciemos algunos de ellos: la objeción al servicio militar obligatorio; el derecho a oponerse a cualquier tipo de propaganda bélica; el derecho a oponerse a cualquier ideología que estimule el odio racial, religioso, político o social; el derecho a no ser desplazado, secuestrado, desaparecido o privado ilegalmente de la libertad; el derecho a constituir zonas liberadas de paz y a solicitar protección internacional para mantenerlas; el derecho a preferir los mecanismo no armados de seguridad; el derecho a la desobediencia civil; a publicar puntos de vista contrarios a la guerra, a decidir sobre la conveniencia o no de recibir la protección de los ejércitos; sobre su eliminación o profesionalización, el derecho de los niños a mantenerse alejados de cualquier dinámica de guerra; el derecho de los pueblos a la paz y a rechazar cualquier estrategia de guerra para enfrentar conflictos que puedan ser manejados por vías pacificas”.
Es aún más sorprendente, encontrar en su última producción intelectual “Más allá del terror” afirmaciones como: “Bien podría un grupo de ciudadanos desarmados levantarse y declarándose reserva ética de la nación, ofrecerse a consolidar estos territorios de paz y a construir en medio de la guerra un pacto de confianza”.
Actualmente el comisionado defiende a ultranza la tesis de la seguridad democrática, que basa su argumentación en la no existencia del conflicto armado, niega el principio humanitario y obliga a los ciudadanos a tomar partido con el supuesto de que “quien no está contra mi”, olvida que hasta hace poco llamaba a los ciudadanos a fundar un nuevo país sobre este país... “Un país paralelo constituido como realidad política por pura fuerza de opinión. Un país civil que reclama le sea devuelto el territorio que le han expropiado sin ninguna legitimidad las fuerzas del terror. Un país que ostenta el derecho y el deber de la paz, frente a otros que se desangra bajo el imperio de la fuerza”.
Parte de ese país son las comunidades de paz, sitiadas por el miedo y el dolor de los agentes de la muerte, la resistencia indígena que con su dignidad y autonomía ha ganado con creces el reconocimiento internacional y el último Premio Nacional de Paz. Usted Luis Carlos Restrepo, hoy Comisionado de Paz, no ha dicho una palabra, sobre la masacre de los 5 adultos y 3 niños en San José de Apartadó, y el manejo de la situación en el departamento del Cauca se lo ha dejado solo a los ataques de guerra, a la militarización, las balas y la palabra mediadora ha brillado por su ausencia.