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Opinión

Mambrú se fue a la paz
Viernes 8 de febrero de 2008

Por: José Cuesta

Nada más contundente que la gran movilización nacional y mundial contra la violencia que azota por décadas a nuestro país: casi todos los especialistas coinciden en afirmar que las marchas del pasado 4 de febrero, superaron la cifra de los diez millones de ciudadanos.

Otro hecho significativo de la marcha y que salta a la vista por su protuberancia, es el sentimiento de indignación de la ciudadanía contra las FARC, por sus prácticas de guerra infame y degradante contra la población civil. Entre ellas, sin duda la más reprobable, la abominable figura del secuestro.

Reconocer estos hechos fácticos, no nos exime para nada del necesario análisis de las circunstancias que rodearon tanto la convocatoria de la marcha, como de la forma en que intervinieron una serie de factores de poder, intentando manipularla o capitalizarla a favor de sus mezquinos intereses particulares.

Resulta inevitable, a pesar de parecer un lugar común, volvernos a preguntar por qué, en un país cruzado por todo tipo de violencias y atrocidades, perpetradas por actores disímiles, tanto extra-institucionales como estatales, la marcha se enfocó en la reprobación de solo uno de ellos. Máxime si se tienen en cuenta datos escalofriantes de los impactos sociales, provocados por la violencia paramilitar: tres millones de desplazados; más de tres mil fosas comunes; treinta mil desaparecidos, entre otras cifras reveladoras.

Otro fenómeno de anomalía lo constituye la manipulación mediática, reflejado en la promoción unilateral de la jornada; para ellos, de manera sistemática, el único factor de barbarie lo representa las FARC. La duda metódica nos incita a preguntar, cual es la responsabilidad en esta tragedia nacional, de la alianza criminal entre clase política (incluido nuestro flamante Alvaro Uribe), la mafia del narcotráfico y los paramilitares, conocida en forma popular como el escándalo de la para-política. Esos medios tan acuciosos en la censura social contra las FARC, fueron silentes con la otra barbarie.

Ni que decir de la forma como registraron el acontecimiento en si mismo; quienes estuvimos en la plaza de Bolívar constatamos la presencia bien definida de un punto de vista alterno, muchos de nosotros estábamos allí defendiendo la vida y la libertad de los secuestrados, a través de un ACUERDO HUMANITARIO, paso inicial para acabar con esta guerra miserable. Sin embargo fue patético ver que las únicas imágenes editadas, fueron aquellas que obedecían fielmente al libreto elaborado cuidadosamente por las elites del poder. O acaso fue significativo para estos medios la mirada de las victimas, quienes el mismo día de la marcha, se congregaron en una ceremonia litúrgica en la iglesia del Voto Nacional.

Quiero finalizar estos comentarios, socializando un temor. Espero que las elites nacionales, no entiendan la marcha del 4 de febrero como un plebiscito a favor de la guerra y en consecuencia emprendan lo que bien pudieran denominar la batalla final. Inspirados en una falsa premisa, según ellos ya se habría obtenido la única condición que faltaba para derrotar militarmente a las FARC: el inmenso apoyo popular expresado en las calles el pasado 4 de febrero.

Nada más equivocado y peligroso que este razonamiento. Primero, porque la gente salio a marchar contra la guerra, o si no miren estos datos obtenidos por el Observatorio de Cultura Urbana de la Alcaldía Mayor de Bogota: de una muestra aleatoria de 460 participantes de la Marcha, el 80% de se declaró partidario de la paz, mediante una solución negociada del conflicto armado; el 82% se declaró a favor del intercambio humanitario. Segundo, porque esta demostrado que tras seis décadas de conflicto armado interno, ni la guerrilla es capaz de obtener la victoria por la vía de las armas, ni el Estado es capaz de someter militarmente a los insurgentes.

Comparto plenamente el punto de vista expresado por Carlos Gaviria, el país no se puede dejar encerrar en el falso dilema: o FARC, o Uribismo; el nuestro tiene que ser el camino de la equidistancia total con los unos y los otros. Somos la tercería democrática en medio de la degradación del conflicto, los promotores del Acuerdo Humanitario, impulsando en forma simultanea un pacto nacional con todos los actores armados, para proscribir el secuestro como instrumento de acción política. Nuestro horizonte ético en medio del conflicto armado debe ser la protección de la sociedad civil y la defensa irreductible de los derechos humanos.


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