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María Cristina Salazar, una mujer que estuvo presente en la realidad, la ciencia y la pedagogía
Por: Arturo Samper Salazar/ Tomado de lecturas fin de semana, El Tiempo
Sábado 29 de julio de 2006

María Cristina Salazar de Fals contribuyó a la actualización de la mentalidad social colombiana.

Bogotá-. Nacida en una de las familias más pudientes de Bogotá y Caldas, era la quinta hija de Fernando Salazar Grillo y Julia Camacho Reyes.

Su padre era el mayor de los quince hijos de don Félix Salazar, quien hizo su gran fortuna con el comercio del café y en su tienda en la esquina de la Plaza de Manizales y quien luego se trasladó a Bogotá, a donde sería también el Ministro de Hacienda del gobierno del general Reyes.

Fortuna de la que todavía quedan rastros, como la casona de la calle 63 con séptima, hoy sede del Club del Comercio, y otras casonas a lo largo de la misma séptima, las cuales construyó para sus descendientes.

La de Fernando y Julia, ’El Castillo’, donde María Cristina pasó su juventud, se convertiría años después en una de las esquinas más importantes del mundo financiero bogotano. Por su parte Julia, su madre, era hija de don Salvador Camacho Roldán, importante dirigente y estadista liberal, conocido ampliamente.

Temprano, María Cristina optó por los libros, el estudio, la pintura y hasta contempló, lo que se acostumbraba en familia católica, ordenarse de monja.

De pronto también influenciada por su amigo cercano Camilo Torres Restrepo, con quien compartió muchos años de su juventud y con quien hasta de pronto debió intercambiar uno que otro ósculo.

Fue así como pasó sus años en el Gimnasio Femenino, de donde salió como una de las mejores estudiantes en la historia de ese exclusivo plantel. De allí pasó a la Universidad Católica de Washington, en donde obtuvo, Magna Cum Laude, su PhD en Sociología a los 25 años, para convertirse en la más joven y la primera Doctora en Sociología de Colombia.

Como buena católica, aterrizó a los pasillos de la Universidad Javeriana, donde se convirtió en la primera mujer decana de la Facultad de Sociología.

Pero su amistad con Camilo la llevó a conocer otras dimensiones de la sociología y fue así como se conoció y se hizo amiga de Orlando Fals, de Eduardo Umaña Luna, de Carlos Escalante y de otros con los que fundaron la facultad de sociología de la Nacional y crearon la editorial Punta de Lanza, que les serviría de espacio para publicar sus ideas, junto, por supuesto, con la revista Alternativa.

Pero esa historia es más de Orlando Fals, y él tendrá que dar razón de ella. Su nueva postura la acercó también a Carlos Castillo, Julio Carrizosa, Óscar Marulanda, Humberto Rojas, Azeneth Velásquez y otros, con los que fundó Oikos y junto a los que permaneció varios años, hasta que vio a muchos de ellos ir moviéndose a la derecha de sus pensamientos y posturas, lo que la hizo distanciarse a ella también.

Pero ese romance con un país en el que se podía pensar y practicar la izquierda sin importar desde qué escenario, como también lo hizo Gabriela Samper en el cine o Felisa Bursztin en el arte, en otras palabras, esos dichosos años 60 a 70, lo perdió la noche infame en que fue donde su pariente, el general Luis Carlos Camacho Leyva, a contarle que había visto por las noticias que una propiedad que ella había ayudado a un amigo suyo a adquirir de manera totalmente inocente y benefactora -que es lo que ella era en el fondo- la habían mostrado sirviendo de albergue de las armas que habían sido robadas del Cantón Norte.

A lo que el general, pensando quién sabe qué, le respondió: "No te preocupes. Por qué no vas mañana a donde tal persona en el Cantón para que le cuentes lo mismo, que yo me encargo de que ellos te ayuden a resolver eso".

Ayuda que se tradujo en quince días sin noche encerrada en un cuarto con una bombilla siempre encendida, a donde le dejaban oír los gritos de los torturados en sala vecina, entre los que, dice ella, alcanzó a escuchar los de Orlando. De donde pasó luego a un presidio de catorce meses en el Buen Pastor y finalmente, en La Picota, donde fue sometida al famoso consejo verbal de guerra, en el que no había habeas corpus por estar enmarcado en el horrendo Estatuto de Seguridad del señor Turbay y sus amigos militares y militaristas del Cono Sur.

Pero María Cristina salió avante de este proceso y con su sencillez, o suavidad, o simplemente vocación verdaderamente cristiana, pasó la página, no demandó al Estado como muchos le sugirieron y perdonó a quienes se quedaron callados y no declararon durante todos esos meses sobre que sí, que efectivamente María Cristina había colaborado con la compra de ese bien de manera inocente y que no tenía nada que ver con el robo.

Como noble cristiana, movida solo por sus pensamientos del bien al prójimo, utilizó esto para dedicarle sus mejores años a Amnistía Internacional, a la OIT, a Defensa de los Niños Internacional y, por supuesto, a sus alumnas y alumnos de la Nacional, de donde se retiró después de la labor cumplida.

Dicen los que asistieron a la misa de despedida ofrecida por el padre Giraldo que esta fue la memorable y apenas justa retribución de parte de su gente a la persona y vida de una colombiana como ninguna otra, esa que cambió las cumbres de la avenida Chile (a donde tantos quisieran llegar...) por las cumbres de San Cristóbal Norte, San Cristóbal Sur, el Alto Egipto, el Tunjuelito, en busca del niño trabajador de la ladrillera y el chircal, trabajando, ella, para que pudiera, ese niño, pasar su infancia jugando con carritos o muñecas en vez de cargando ladrillos a lomo limpio o empujando carretillas.

O por las montañas de Soatá y Tipacoque, para ayudarles a las madres que debían amamantar al tiempo que recogían la hoja o fabricaban el puro.

O por los presos políticos, los que fueron sus compañeros de carne y hueso.

A sus estudiantes, los que seguro habrían de pasar dificultades cuadrando sociología, izquierda, teología de la liberación, con este ser suave, gentil, de voz ligera, paciente y siempre de gran postura.

Yo, como familiar y ahijado de ella, tengo muchas palabras que quisiera susurrarle al oído de su cuerpo y corazón ajados.

Pero las guardo para mi próximo encuentro con ese ser que demostró con sus pensamientos y acciones que a Cristo se puede llegar de muchas maneras y que la de ella es sin duda la más noble de todas las que mis propios ojos hayan visto.

¿O es que es coincidencia que hayas muerto en San Ignacio?


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