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Mis raíces en México
Lunes 14 de mayo de 2007

A mis amigos mexicanos les he dicho medio en broma medio en serio, que yo tengo más raíces en su país que ellos mismos, a lo cual me responden con una mirada de soslayo. Pero de alguna manera, es verdad. Mi pierna izquierda está enterrada en suelo mexicano, pues me fue amputada en un hospital del Distrito Federal. La verdad es que los mexicanos ayudaron literalmente a salvar mi vida en esos días para mi turbulentos.

Cuando en representación de la entonces organización guerrillera colombiana M-19 encabecé una delegación que buscaba una negociación de paz con el gobierno del presidente Belisario Betancur en 1985, sufrí un atentado con una granada en la ciudad de Cali que me puso al borde de la muerte. Por generosa gestión de Gabriel García Márquez ante el gobierno mexicano, fui llevado a la ciudad de México en estado casi agónico e internado en el Hospital Mocel, donde un médico cuya familia había llegado a ese país huyendo de la dictadura del general Franco en España, el doctor Vicente Rojo, tomó la decisión de amputarme la pierna. El traslado al país azteca y el corte de mi extremidad inferior, salvaron mi vida, como seguramente también el asilo que le brindaron a la familia Rojo los salvó de un destino terrible en su madre patria. Fue un encuentro de sobrevivientes gracias a México.

En mi estancia posterior en ese país esas raíces se fortalecieron y enriquecieron. Aprendí a comer picoso hasta el extremo de usar el chile casi como adicción. Viajé por el país y su historia se me fue haciendo la propia. Conocí gentes desde el norte alegre hasta el sur profundo. Me deleité con amigos de la intelectualidad mexicana, cultos y profundos como pocos de nuestro continente. Me emborraché con tequila y sangrita. Tuve una novia tapatía que todavía añoro. Dónde andarás, Marcela linda. Grité a pulmón herido en el estadio Azteca a favor del América. Visité como propios los muertos en su día. Siempre me impresionaron las visitas escolares al Museo de las Intervenciones, en Coyoacán. Leía El Excelsior todos los días, de cabo a rabo. Me enfrenté en alguna ocasión a Los Chavos, banda en una colonia popular. Compré una pistola calibre .45 en Tepito para mi propia defensa. Me deleité comiendo sopa de tortillas en fondas populares. Me enamoré del mole poblano, los tacos al pastor, las quesadillas de huitlacoche y los chiles en nogada. Disfruté los libros de Martín Luis Guzmán sobre la Revolución mexicana, que me sirvieron para conocer a Pancho Villa, a quien no dudo en catalogar como el más grande militar latinoamericano del siglo XX, sólo comparable con Antonio José de Sucre en el siglo XIX.

Un día, en Oaxaca, para escribirlo al estilo mexicano, encontré la tumba de un héroe colombiano, el general Melo, presidente de nuestro país en 1850 y quien después de ser derrocado por un golpe de Estado, se vino a acompañar a Benito Juárez en su lucha contra los franceses. Y ahí está todavía, porque los vecinos no dejaron repatriarlo. Lo consideran propio.

Con razón García Márquez fijó su residencia en la calle Fuego de la colonia del Pedregal. Es que América Latina empieza y se resume en México. Por eso nunca en los cuatro años en que viví allí pude sentirme fuera de casa. Y nunca me siento extraño cuando vuelvo a ese México de mis raíces.


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