Dos de ellas son Gloria Flórez y Ana Teresa BernalBogotá-. Desde 2003 SEMANA ha institucionalizado ediciones especiales que tienen la finalidad de hacer un alto en el camino, dejar por un instante la coyuntura periodística y aprovechar un tema determinado para reflexionar acerca de Colombia, de su pasado, su presente y los posibles escenarios de su porvenir. Así lo ha hecho con El Colombiano de todos los tiempos, 50 días que cambiaron a Colombia, Colombia en 2020 y Colombia esta es tu herencia, así como con los especiales de análisis y perspectiva que se publican desde 2002 en la última semana de cada año. Estas ediciones de colección, realizadas siempre con el soporte de especialistas en diversas disciplinas, se han convertido en material de consulta en colegios y universidades, y varias editoriales han estado interesadas en editarlas como libro, tal como sucedió con 50 días que cambiaron a Colombia, del cual Planeta ha hecho dos ediciones.
Mujeres colombianas está compuesta por breves perfiles biográficos y una serie de artículos complementarios que resaltan el papel, muchas veces invisible y anónimo, de las mujeres en la construcción de la nacionalidad. Gran parte de los perfiles y los textos que componen este especial fueron escritos por mujeres (periodistas, historiadoras, antropólogas, sociólogas) para acentuar al máximo esa mirada femenina de nuestro pasado, presente y porvenir, que tanta falta le hace al país.
Para escoger a estas mujeres destacadas de la historia de Colombia SEMANA contó con el apoyo permanente de un grupo de investigadores
Son ellos Aída Martínez Carreño, Magdala Velásquez, María Himelda Ramírez, Mauricio Archila y Pablo Rodríguez, historiadores que han investigado y trabajado el tema de la mujer en Colombia desde distintos ángulos y quienes enriquecieron en gran manera las investigaciones que adelantó el equipo periodístico de SEMANA para darle fondo y forma definitiva a la idea inicial.
Con gran parte de las mujeres escogidas para este especial queda de manifiesto cómo a partir de la segunda mitad del siglo XX ellas comienzan a ser cada vez protagonistas más visibles del destino de Colombia. Eso es muy comprensible, pues hasta bien entrado el siglo XX a las mujeres se las limitaba al hogar, los conventos y, si acaso, a la docencia, y las pocas que intentaban transgredir aquel orden establecido, en muchas ocasiones recibían duras críticas por osar meterse en terrenos exclusivos de los hombres.
Además, se evidencia cómo la mujer ha tenido un protagonismo muy especial en ciertas áreas como la literatura, las bellas artes y la política, y se ha destacado menos en otros campos.
No fue fácil llegar a la lista final. El resultado que usted tiene en sus manos es, ante todo, un homenaje a la mujer colombiana. Muchas de las escogidas representan a un grupo de miles de mujeres que desde el anonimato se han dedicado a construir un país más justo, más humano y más sabio.
Quedaron excluidas de esta lista las mujeres que participaron en el proceso de selección y aquellas que han tenido vínculos laborales con SEMANA.
Desde la lucha por los derechos humanos y la creación de Minga, una organización dedicada a acompañar a las víctimas de la guerra en las regiones, se perfila como exponente de la nueva izquierda.
Una película de cine le trazó el rumbo a la vida de Gloria Flórez Scheider. Cada año, durante la semana franciscana, las monjas pasaban en el colegio de Bucaramanga la misma película: Hermano sol, hermana luna, que relata la vida de San Francisco de Asís, el hombre que abandonó su vida cómoda para servirles a los demás.
La música fue la primera manera que encontró para expresar su inconformismo con la injusticia social. Durante muchos años fue la voz cantante en grupos que, a principios de los 80, animaban las peñas culturales. Pero fue en la Universidad Industrial de Santander donde encontró su vocación de por vida: los derechos humanos.
Durante la primera asamblea a la que asistió, escuchó que había varios estudiantes que habían sido detenidos injustamente, algunos de ellos torturados. Entonces, se fue hacia la cárcel para intentar ayudarles. En poco tiempo se convirtió en el alma del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, organización con la que recorrió todas las prisiones del país.
A principios de los 90, la situación humanitaria en lugar de mejorar, empeoraba. Decidió, junto a otras tres mujeres, fundar Minga, una organización para acompañar a la gente de las regiones que estaba sufriendo el impacto de la guerra.
El país supo que Gloria Flórez iba a dejar su huella en los derechos humanos cuando se dio a la tarea de denunciar los atropellos que paramilitares, auspiciados por algunos miembros de la familia del ex ministro Carlos Arturo Marulanda, habían cometido contra varios campesinos en la Hacienda Bellacruz. El tiempo y la justicia demostraron después que tenía la razón.
En 1999, Minga advirtió sobre la inminencia de una masacre en el Catatumbo. Las autoridades no tomaron medidas e incluso algunos militares acusaron a esta organización de estar mintiendo. Cuando tres matanzas consecutivas dejaron más de 200 campesinos muertos, toda la cúpula militar de Norte de Santander fue destituida por negligencia, por no haber tomado medidas para prevenir una tragedia que había sido advertida por estas valientes mujeres. Desde entonces, en algunos círculos les dicen ’las tumba-generales’.
Su trabajo en regiones tan convulsionadas como Arauca, Putumayo y el norte del Cauca le ha valido el reconocimiento internacional. En 1998, Gloria Flórez recibió el premio Robert F. Kennedy a los derechos humanos, y en 2002, Minga fue premiada por la República de Francia.
Aunque no le tiembla la voz para denunciar los atropellos contra la población civil, se ha granjeado una merecida fama como buena negociadora. Constantemente ha tenido que sentarse a la mesa con el gobierno, los militares, los empresarios. Muchos de ellos han sido sus adversarios, pero con todos ha mantenido un debate inteligente. Las épocas contestatarias han quedado atrás. Pero no los estigmas que ha sufrido. Hace algunos años sufrió amenazas de muerte, pero decidió quedarse en país. "La mejor protección que tengo es mostrar que mi trabajo es legítimo, limpio y necesario" , dice.
Actualmente es una de los seis miembros de la mesa directiva del Polo Democrático Independiente. Sus compañeros la consideran una de las personas más confiables de ese movimiento. Y con seguridad, una de las líderes con más futuro en la izquierda del país.
Integrante de la Comisión de Reparación y Reconciliación, su nombre fue propuesto para ser incluido en el grupo de las 1.000 mujeres del mundo por el Nobel de Paz.
Ana Teresa Bernal dice que, pese a tener un título de economista, su verdadera profesión "es ser constructora de paz". Tal vez eso es lo que la hace contar que cuando tenía nueve años se hizo amiga de los niños que dormían a la entrada del edificio donde vivía, los dejó bañarse en su casa, les enseñó a leer, les regaló ropa de sus hermanos y, pese a la furia de su familia y sus vecinos, les abrió la puerta del edificio para que durmieran adentro.
Seguramente fue eso lo que la llevó a liderar junto a otras personas el Mandato por la Paz, una monumental movilización que contó con el apoyo de 10 millones de votos contra la guerra y que logró, entre otras cosas, presionar la devolución de un grupo de niños retenidos por el ELN y señalados de colaborar con las AUC, prohibir el ingreso de menores de edad al Ejército durante el gobierno Samper y los diálogos con las Farc en el de Pastrana.
Y por eso fue que, tras ser amenazada y tener que salir del país, regresó unos meses después a seguir en la lucha que hoy completa 20 años y que empezó a forjar desde muy joven: del mundo hippie supo que sólo siendo y pensando lindo no se transforma el mundo y, gracias a la influencia de un novio marxista, a los 13 años ingresó al partido maoísta. Luego sintió que desde el extremo izquierdo, y en medio del estudio y el encandilamiento por revoluciones chinas, rusas o cubanas, había mucha teoría y poca práctica.
A los 19 años, después de una larga amistad formada por el teatro y la crítica a los radicalismos, se casó con el sociólogo Jaime Álvarez y a los 22 experimentó los últimos reductos ’setenteros de izquierda’ en el grupo Firmes, donde se codeó con personalidades como Gabriel García Márquez, Gerardo Molina y Enrique Santos Calderón.
En los años 80 participó en el Diálogo Nacional, precedente a la reinserción civil del M-19, y creó el Movimiento por la Vida. En la década siguiente fundó Redepaz, una de las ONG que desde 1993 retomó las banderas de la Iglesia en la organización ininterrumpida de la Semana por la Paz y participó en el comité temático de los diálogos con las Farc, en San Vicente del Caguán.
Es una de las dos mujeres llamadas a trabajar desde la Comisión de Reparación y Reconciliación, que aceptó después de muchas reservas, como las que mantienen aún los miembros de más de 100 organizaciones colombianas no gubernamentales, frente al actual proceso de desmovilización. Pero ella, una vez más, prefirió seguir en el intento de ejercer su profesión de constructora de paz.