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Michelle Bachelet
"Nada me ha sido fácil"
Tomado de revista Semana
Domingo 22 de enero de 2006

La dramática historia de la presidenta chilena, Michelle Bachelet, muestra a una mujer simplemente extraordinaria.

Una mujer rubia de sonrisa transparente es la figura política del momento en Latinoamérica. A Michelle Bachelet Jeria, la flamante Presidenta electa de Chile, le gusta decir que "nada ha sido fácil en mi vida". Y su historia llena de dramatismo lo confirma.

Todo cambió para ella el 11 de septiembre de 1973, cuando el general Augusto Pinochet tomó a sangre y fuego el poder en Santiago. En esa fecha, la estudiante de medicina de 21 años veía cómo los cazabombarderos de la Fuerza Aérea atacaban con cohetes el Palacio Presidencial de La Moneda, en cuyo interior el presidente Salvador Allende se atrincheraba hasta la muerte con unos cuantos seguidores.

Debió ser muy duro para ella que la Fuerza Aérea, el arma a la que pertenecía su padre, Alberto Bachelet, llevara la voz cantante en ese ataque traicionero contra las instituciones que había jurado defender. Bachelet, de 50 años, era más que un general de aviación. También había sido un cercano colaborador de Allende. Tanto, que cuando los empresarios de derecha comenzaron a boicotear el libre flujo de alimentos y suministros a la población, el Presidente socialista lo había nombrado director de la Secretaría Nacional de Distribución. Estaba a cargo de las Juntas de abastecimiento en la lucha contra los mercados negros, lo que quiere decir que se encontraba en el corazón del esfuerzo socialista de Allende. Tras el golpe, su detención era cuestión de tiempo.

Atrás quedaba la plácida vida de clase media de una familia cuyo fundador, el enólogo francés José Bachelet, llegó a Chile en 1860 para trabajar en los inicios de lo que sería la importante industria vitivinícola de Chile. Su tataranieto Alberto Bachelet y su esposa Ángela Jeria llevaban 28 años felizmente casados. Todo terminó cuando el oficial fue detenido, torturado y humillado por sus propios camaradas de armas. A partir de ese momento, comenzó a sufrir de dolencias cardíacas que requerían atención médica y que eran negadas por sus carceleros. Finalmente fue llevado hasta la Cárcel Pública de Santiago donde fue recluido y procesado por "traición a la Patria". Su muerte se produjo la mañana del 12 de marzo de 1974; mientras el general lavaba unos platos, sufrió un infarto causado por la intensidad de sus torturas.

Michelle y su madre, mientras lloraban en silencio, sabían que estaban en la mira de los golpistas, pues ambas estaban fuertemente comprometidas con el proyecto allendista y, luego del golpe, se incorporaron a la denuncia de los crímenes de lesa humanidad que cometía la dictadura militar. Eran los tiempos de la Guerra de Vietnam, de los pelos largos, de los jeans y de la música protesta. Michelle tenía el clásico look ’setentero’, "vestía con bluejeans, tenía el pelo largo y liso y usaba unos lentes al más puro estilo maoísta cuando comenzó a ser conocida al interior de la dirigencia socialista como una joven estudiosa, generosa, seria y muy buena amiga", dijo a SEMANA un amigo de entonces, Gustavo Ruz.

En la atmósfera de terror de la época posterior al golpe, Michelle tenía encuentros furtivos con su novio, el estudiante de medicina y dirigente secreto del Partido Socialista Jaime López Arellano. Ambos sabían los riesgos de tener citas en la clandestinidad. Su mayor temor se concretó el 3 de enero de 1975, cuando la Dina, la policía secreta de Pinochet, detuvo a Michelle junto a su madre y las trasladó hasta el centro de torturas Villa Grimaldi. Durante ocho días permanecieron atadas, con la vista vendada y sujetas a torturas físicas y mentales. Michelle asumió su rol de médico para ayudar a las mujeres afectadas por los efectos de la tortura eléctrica, calmar las angustias y reconfortarlas con su entereza.

Al ser liberadas partieron al exilio en Australia, donde vivía su único hermano. Luego, Michelle se trasladó a Postdam en Alemania Oriental, donde se reintegró al Partido Socialista. Allí se reencontró un día con su novio, a quien no había visto desde su salida de Chile. López había viajado para cumplir una misión clandestina de su Partido, y nunca se volverían a ver. El joven regresó a Chile, fue detenido en un lugar incierto por la Dina y desapareció en diciembre de 1975. Michelle recibió la terrible noticia a comienzos de 1976 y se entregó por entero a terminar sus estudios de medicina en Alemania para retornar a Chile y sumarse a la lucha antidictatorial. Hoy Jaime López Arellano figura en las listas del Informe Rettig como una víctima más de las violaciones a los derechos humanos.

Ruz, quien era jefe político del Partido Socialista, narró a SEMANA que "si bien todos vivimos tragedias para el golpe de Estado, para Michelle fue especialmente terrible. Su drama fue la muerte de su padre a quien admiraba y luego la desaparición de su novio, Jaime López Arellano. Nunca conversó sobre eso. Ella silenció todo lo que sintió cuando se enteró de su desaparición". Sólo una vez ha corrido su velo para referirse en forma escueta a un capítulo que necesariamente tuvo que marcar para siempre su vida.

Bachelet era una típica muchacha de los primeros años 70, y su apariencia era la de una ‘hippie’. A la derecha con sus padres y su único hermano cuando comenzaba el bachillerato. No muchos años cdespués sobrevendría su tragedia A esta pérdida trágica se sumó la desaparición de su gran amigo y dirigente máximo en la clandestinidad del Partido Socialista, el médico Carlos Lorca, quien fue secuestrado por la Dina en junio de 1975. En su honor, Michelle llamó a su primer hijo Sebastián, el nombre de guerra de su amigo.

De su primer matrimonio, con el arquitecto Jorge Dávalos, nacieron Jorge Sebastián, de 27 años, recién graduado de ciencias políticas, y Francisca, de 23. De su unión con el médico Aníbal Henríquez nació su tercera hija, Sofía, de 12 años.

Regresó a Chile en 1979 para contribuir a que terminara la dictadura militar y trabajó en una ONG dedicada a ayudar a la infancia afectada por la violencia política. Ignacio Vidaurrázaga, hermano de un ejecutado político, recuerda que Michelle atendía con calidez a los hijos de los perseguidos políticos. Durante los años 80 sostuvo una relación sentimental con el miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, Alex Vojcovic, a quien la derecha política ha tratado de vincular con el atentado a Pinochet ocurrido en 1976.

En los primeros años de transición a la democracia, realizó estudios sobre estrategia militar en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (Anepe) y más tarde en el Colegio Interamericano de Defensa en Washington. Hoy muchos se preguntan por qué una doctora en medicina, especializada en pediatría, decidió capacitarse en un tema como la defensa. Tal vez presentía que la esperaban destinos más altos.

En efecto, durante el gobierno del presidente Ricardo Lagos pasó en pocos años de ser asesora en políticas públicas de salud a ministra del ramo, posición en la que mostró por primera vez su capacidad en el alto gobierno. Lagos comprobó la enorme habilidad de Michelle no sólo para cumplir sus funciones con lujo de detalles, sino para conectarse con la gente. En una jugada hoy calificada de histórica la nombró ministra de Defensa, cargo en el cual se ganó el respeto de los militares y el apoyo popular.

Parte de ese respeto y ese apoyo provienen de la extraordinaria entereza con la que tanto Michelle como su madre asumieron la historia de su vida. El destino hizo que su torturador terminara viviendo en el mismo edificio en el que viven ellas. Años después, cuando se encontraron en el ascensor y Ángela le dijo que no lo odiaba por lo que hizo, el hombre, con los ojos llenos de lágrimas, le agradeció el gesto. Hoy sólo su mujer vive allí, porque está preso.

Pero la dulzura de su trato y su capacidad para dejar atrás los episodios más dolorosos no significa que sea una mujer débil. Pasados los champañazos, los lagrimones, los abrazos y los cánticos políticos, los chilenos amanecieron con una Presidenta electa que no ha dejado pasar un día para aclarar que si bien fue elegida como parte de una coalición de partidos políticos, ella es quien manda. Lo dijo y lo repitió a los cuatro vientos. Quienes se negaron a escuchar y concurrieron a reunirse con ella pensando en influir en las trascendentes decisiones que deberá tomar antes de asumir el mandato, se desayunaron con una Michelle Bachelet que hablaba con tono dulce, pero enfático: "Mi gobierno será dialogante. Yo escucharé a todos. Pero yo tomaré las decisiones".

Óscar Landerretche, miembro del equipo económico de Bachelet, explicó a SEMANA que "el programa económico y político busca disminuir la desigualdad social con tres medidas"?. La primera es la reforma del celebrado sistema de seguridad social, pues en la actualidad cotiza con cierta regularidad sólo la mitad de los afiliados y la mayoría de los que lo hacen acumula fondos insuficientes para una pensión aceptable. La segunda es educativa y la tercera beneficiará a las pequeñas industrias en materias tributarias. De esta manera se integrarán al trabajo a miles de chilenos que hoy subsisten en el círculo de la pobreza.

"Y si logramos poner en funcionamiento estas reformas, Chile en 20 años llegaría a los niveles de distribución de España", concluye Landerretche.

En la política internacional, Bachelet hizo enfasis en que afianzará los lazos de cooperación con el continente sin exclusión. Otra señal de esta disposición es la defensa que ha hecho de Hugo Chávez como presidente electo democráticamente y su molestia ante la sugerencia de que en América Latina se estaría generando un "eje del mal" por la elección de gobernantes de izquierda. Michelle ha reiterado que "no se pueden interpretarse los procesos democráticos de los países latinoamericanos con las categorías de análisis propias de la Guerra Fría".

Mientras los analistas tratan de escrutar los problemas que tendrá el mandato de Bachelet, los encargados del protocolo se complican con lo que será una gobernante sin acompañante que asuma las tareas destinadas a las "primeras damas". Bachelet ha dicho que eso no le importa y que ya verá quién o quiénes se encargarán de esas tareas y de acompañarla en las ceremonias oficiales. Aunque, por la forma como ha asumido las pruebas que le ha puesto la vida, tal vez no necesite compañía.



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