"Por ser un asunto de vida o muerte, es crucial que los movimientos sociales debatamos abiertamente las políticas relacionadas con el cambio climático, la energía y la democracia. Aunque se ha afirmado que la democracia es un régimen político, la democracia, sustantiva y procedimental, no es desde nuestra perspectiva otro privilegio de occidente ni de las sociedades capitalistas, como a veces se quiere hacer creer."
Documento de Hildebrando Vélez, ambientalista y directivo de la ONG CENSAT Agua Viva.
Miércoles 23 de enero de 2008
Hildebrando Vélez G.
Elegir la manera de morir es un privilegio de quienes trascienden. Sócrates por ejemplo eligió la cicuta y Cristo la cruz. Si la sociedad actual tuviese que elegir la manera de morir podría escoger una forma degradante y definitiva, sin trascendencia alguna, o una que sea un eslabón en la cadena de la vida. La manera degradante es la que domina: ecosistemas complejos desaparecen por voluntad o capricho de algún mercader, comisionista o ambicioso burócrata; personajes que entre tanto buscan desesperadamente la prolongación de su juventud por medios sanitarios, bioquímicos o nanotecnológicos. Esta vía podrá llevar a un mundo de ancianos rodeados de artefactos muertos y que contemplan como reliquias programas de la National Geographic o al osito panda de WWF. Tal vez el final se parezca al de la película “2001 Odisea del Espacio” de Stanley Kubrick, donde son los monos desarmados los que mueren de sed; quizá en su huida hacia el espacio quienes se queden con el garrote tecnológico serán los últimos es disfrutar el agua que puedan transportar. Pero de otro lado, una manera trascendente de dar prolongación a la existencia es la muerte que representa las últimas escenas de la película “Sueños” de Akiro Kirosahua, donde ella, la muerte, llega con sigilo y encuentra quien le acompañará al lado de una fuente de agua que mueve una noria, mientras otros andan en una fiesta ritual, que les conduce a la vida.
Por ser un asunto de vida o muerte, es crucial que los movimientos sociales debatamos abiertamente las políticas relacionadas con el cambio climático, la energía y la democracia. Aunque se ha afirmado que la democracia es un régimen político, la democracia, sustantiva y procedimental, no es desde nuestra perspectiva otro privilegio de occidente ni de las sociedades capitalistas, como a veces se quiere hacer creer. Ha habido diversas experiencias de pueblos y movimientos populares que han ejercido el poder y han creado espacios para la democracia, es decir han creado leyes, han dirigido su propio destino en búsqueda de la justicia y en esa misma búsqueda han tenido tribunales y magistrados. En general las experiencias democráticas han sido efímeras, pero han dejado la lección de que es posible un mundo donde haya democracia. Ejemplos son la revolución estadounidense que describiera Toqueville, la Comuna de París que describiera Marx; los Soviets que hace 90 años, antes de la burocratización de la revolución Soviética, fueron una fuerza verdaderamente revolucionaria; los procesos anarquistas de Cataluña que fueron derrotados por el franquismo. Las sociedades sustentables, a las que apunta nuestro proyecto social, pueden ser también sociedades democráticas sin ser capitalistas ni capitular ante el mercado, como lo aprendemos de algunos pueblos tradicionales en todo el mundo.
Ahora que, cuando decimos que la democracia debe ser democracia sustantiva es porque no la entendemos exclusivamente como el derecho a votar o a elegir o el derecho a insertarse en la económica del mercado, sino como el derecho a vivir de manera sostenible y solidaria, sin explotar ni dominar los dones de la naturaleza ni los valores culturales, como reivindican los movimientos socialistas; la democracia la entendemos más bien como la responsabilidad de legar estos dones a las generaciones venideras y de reconocer la diversidad cultural como reivindicamos los ambientalistas (ecologistas). Y cuando decimos que la democracia es procedimental es porque no la reducimos a la equidad distributiva económico-ecológica sino que ampliamos su alcance también a la igualdad de respeto, al antipatriarcalismo, al antiandrocentrismo, y la antimarginación, todos elementos que reivindican los movimientos feministas.
Ahora bien, la democracia está relacionada con el control de las fuentes de energía y con la distribución de los riesgos del cambio climático, asuntos que están al orden del día. Reconocemos que los procesos de alteración de la naturaleza son hoy más veloces que los tiempos de las revoluciones sociales y siempre creímos que sería lo contrario. Quizá desaparezcan los glaciares antes que el capitalismo. Darwin a principios del S. XIX, se maravillaba de la riqueza biológica de América Latina cuando recorría sus costas. A partir de las reflexiones sobre sus viajes escribió El Origen de las Especies que publicó en 1859. Hoy, en cambio, se organizan expediciones científicas para constatar la Extinción de las Especies (1), incluida la especie humana. Los phyla (phylum) que se formaron durante períodos que tienen duraciones geológicas se extinguen a velocidades extraordinarias; duran más ahora las familias reales y las de Bush y Ford que las familias de las especies que estudiara el naturalista inglés; se extinguen estas últimas más rápido gracias incluso a las propias decisiones de esos poderosos. Entonces el problema es que construir una sociedad mundial democrática y sustentable puede tomarnos más tiempo del que disponemos para frenar el cambio climático. Y construir esa sociedad mundial sólo es posible en la medida en que construimos democracia, construimos sustentabilidad local y evitamos el cataclismo climático. El tiempo apremia, hay que construir democracia radical, social y económica, esa es la consigna.
Es de todos conocido que, en el evento de alto nivel sobre el cambio climático que tuvo lugar el 24 de septiembre de 2007, en Nueva York, los presidentes de América Latina que se hicieron presentes, mostraron sus expectativas y posiciones. Sus mensajes fueron son coincidentes en muchos aspectos pero también antagónicos. Mientras el presidente de Colombia promovía los agrocombustibles como una estrategia para satisfacer las necesidades energéticas y afirmaba que el TLC (Tratado de Libre Comercio) favorecería esas alternativas verdes y buscaba recursos para el Plan Colombia, e inversionistas para los hidrocarburos, mientras Uribe desprestigiaba políticamente a sus contradictores de la izquierda democrática, Evo Morales, presidente de un país vecino, presentaba un enfoque opuesto. Evo afirmó que “El mundo tiene fiebre por el cambio climático y la enfermedad se llama modelo de desarrollo capitalista” y advirtió que esta fiebre no se puede resolver pintando “la máquina de verde”, ni siguiendo con “el crecimiento y el consumismo irracional” y mostró que instituciones como el Banco Mundial invitaban a resolver estos problemas aplicando “recetas de mercado y privatización”, haciendo negocios con los propios males que producen estas mismas políticas. Propuso también crear la Organización Mundial del Medioambiente con fuerza vinculante, y disciplinar a la Organización Mundial del Comercio empeñada en llevarnos a la barbarie. Así mismo invitaba a que empleáramos además del Índice de Desarrollo Humano, la Huella Ecológica para medir nuestra situación medioambiental. Felipe Pérez, ministro de relaciones exteriores de la República de Cuba, citaba a Fidel Castro cuando en 1992 afirmaba que la especie humana corre el riesgo de desaparecer debido a la destrucción de sus condiciones naturales de vida, y señalaba como responsables a las sociedades de consumo. Indicaba que las estrategias acordadas para enfrentar el peligro: la mitigación, es decir, la reducción y absorción de las emisiones; y la adaptación, esto es, las acciones para reducir la vulnerabilidad ante los impactos del cambio climático, no solucionarían nada sino se cambian “los actuales patrones de producción y consumo insostenibles” y menos aún comprándole a los países pobres su cuota de emisiones. Rechazó que se presionara a los países subdesarrollados a adoptar compromisos vinculantes para la reducción de emisiones y promovió la negociación en los marcos de la convención y no en pequeños grupos y conciliábulos selectivos como lo promueve el gobierno de los EEUU. Propuso que se destinaran a la mitigación y la adaptación los recursos del pago de la ilegitima deuda que equivalen a transferir de 200000 millones de dólares anuales, adicionando 50 mil millones de dólares provenientes de de reducir los gastos militares de EEUU en solo el 10%.
Sin duda demandas como la de Kirtchner, presidente de Argentina, de exigir la condonación de la deuda externa para favorecer el cambio en la matriz energética, y propuestas como la de Correa, presidente de Ecuador, de crear un fideicomiso para suspender las actividades petroleras en un área del parque Yasuní, son expresión de que en el seno de estos organismos y negociaciones hay distintas perspectivas en lucha y hegemonizarán sus resultados las perspectivas de gobierno, democracia y justicia social que logren mejores correlaciones de poder y no necesariamente las más justas.
Hoy, estos escenarios, infortunadamente están dominados por las CTN (Corporaciones Trasnacionales) de los países industrializados, y por las entidades financieras privadas y multilaterales a su servicio. Estos organismos multilaterales y sus instrumentos, incluida la Convención de Cambio Climático, no son precisamente los mejores hijos de la democracia. Sirven más bien a esos grupos privilegiados promoviendo el mercado capitalista, constituyéndose en instrumentos para el dominio de los pueblos. A esta dominación no escapan los resultados científicos, como vemos con los informes del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático), sometidos a procesos de negociación para no provocar la reacción enfurecida de los tales grupos de poder, ni perjudicar los intereses de las burocracias.
Qué discurso y qué práctica ocupará los espacios de la democracia es un asunto de la correlación de fuerzas y de las concepciones políticas y teóricas. Pero como se dijo arriba cambiar estas correlaciones y estos paradigmas generalmente toma un tiempo bastante largo, aunque a veces se producen saltos históricos. Así que nuestra responsabilidad es estar listos para luchas largas y buscar las oportunidades para que esos saltos históricos reduzcan nuestra espera. Nuestro reto es transformar las crisis en oportunidades para crear nuevas estructuras sociales a favor de la vida y la libertad, pero esto será posible solo cuando las iniciativas vengan de la comunidad, de las organizaciones populares, de las organizaciones obreras y sus fuerzas políticas y de los movimientos sociales y no de políticos narcisistas, instituciones financieras y menos del mercado capitalista. Es ahí donde el Movimiento Ambientalista se sitúa: buscando oportunidades para impulsar los cambios.
En el caso de nuestra lucha contra las causas del cambio climático, partimos de reconocer que hay suficientes evidencias de abruptas, y nunca antes vistas, variaciones locales del clima y que hay un cambio climático global; asunto este que quiso ser desconocido sistemáticamente por científicos, por sectores poderosos de la economía y por autoridades políticas de algunos países, que valiéndose de la una publicidad engañosa y adormecedora pretendieron que la gente se desentendiera de las relaciones causales y de las profundas consecuencias económicas, sociales y culturales de esas evidencias. Algunas personas, incluidos ecologistas, se han enfocado exclusivamente en efectos fisiográficos -si así pueden llamarse- como: el derretimiento de glaciares y nieves perpetuas, el aumento del nivel del mar, el cambio en la temperatura y en los patrones de poblamiento de las especies vivas, y los nuevos equilibrios en las dinámicas de los ecosistemas. A nosotros, el movimiento social ambientalista-ecologista, nos corresponde reconocer, no sólo los posibles efectos irreversibles de la trasgresión en los umbrales de resiliencia de los ecosistemas, sino también y fundamentalmente sus raíces y efectos culturales, sociales y económicos. El cambio climático nos enfrenta, y especialmente a científicos, tecnócratas, ante el carácter irreversible e inconmensurable de los daños en el mundo socio-cultural y en el mundo físico-material ocasionados por el modelo civilizatorio petroadicto, energívoro y antidemocrático, que se ensaña en la humanidad y la naturaleza.
Cálculos y ecuaciones señalan y orientan los futuros probables. Los análisis de riesgos, por ejemplo, permiten predecir algunas de las consecuencias que encontraríamos si la temperatura de la tierra se incrementara en 2 grados centígrados. También es posible calcular dentro de conocidos márgenes de error y coeficientes de confianza cuánto CO2 debe ser eliminado y cuánta cantidad de GEI (Gases de Efecto Invernadero) debe evitarse para mantener la temperatura dentro de límites razonables para la vida humana; pero no hay nada en esos modelos, cálculos y ecuaciones que pueda representar cómo ha de ser la conducta humana frente los fenómenos del clima y no hay en general, por más que se desee, un modelo que nos represente el futuro tal como efectivamente será. El futuro de la sociedad y sus relaciones con el mundo, están en las manos del público, de las comunidades, de gobiernos e instituciones y, desde luego, en nuestras propias manos, en la fuerza que despleguemos los ambientalistas y los movimientos sociales para hacer de ese futuro un futuro sustentable. Las incertidumbres sobre el futuro de las sociedades provienen principalmente de decisiones políticas y no de las estadísticas ni de modelos probabilísticos, que incluso muchas veces actúan como expresiones de la imposición violenta de estructuras de verdad, lo que se puede ser llamado “violencia epistemológica”. Por el contrario hemos de construir nuevas verdades que nos permitan respeto cultural y equidad y justicia ambiental y económica, es decir, una estructura epistemológica solidaria y democrática.
La perspectiva de lucha por la justicia ambiental que nosotros enarbolamos se ubica en el espacio abierto por dos dimensiones: la de las injusticias culturales-valorativas y la de las injusticias económicas-ecológicas-distributivas y aquellas injusticias cruzadas. El movimiento ambientalista, del que decimos ser parte y artífices, está situado en la lucha por el reconocimiento y superación de estas injusticias, culturales-valorativas y económicas-ecológicas-distributivas y las que combinan, en su origen o en sus consecuencias, estas dos dimensiones. Es de allí que entendemos nuestro compromiso de tomar decisiones políticas y alentar y presionar para que se tomen decisiones políticas que trasformen las raíces de los problemas. Estas raíces están situadas en ese espacio de injusticias del que hablamos, que son de origen antrópico y no natural; recordemos que el sol da a cada quien una sombra según su tamaño.
Las alteraciones abruptas en la variabilidad climática local y en el cambio climático global son fruto de los patrones culturales, de los estilos de vida y consumo, pero también de las condiciones estructurales de los procesos de producción y distribución de la riqueza social. El consumo y la producción son una pareja inseparable y las injusticias culturales-valorativas y económico-ecológico-distributivas se hallan en su seno. De ahí que la lucha por su reconocimiento y superación sean luchas en el seno de las relaciones producción-consumo.
Son las injusticias económico-ecológico-distributivas y las culturales valorativas los obstáculos para que haya justicia climática. Por ello resulta inconcebible pensar que haya justicia climática mientras países enteros, y en especial las gentes más empobrecidas en esos países, sean condenados a la miseria por mecanismos de saqueo y explotación que les han sido impuestos históricamente; mientras las inequidades de ingresos sigan el patrón actual y la economía mundial siga los patrones de intercambio económico y ecológico desigual impuestos de manera colonialista; mientras la explotación de la naturaleza y los seres humanos sea la fuente del bienestar de los países de alto consumo y de las elites globales; mientras la mayoría de los habitantes del planeta sucumban en la desgracia y el sufrimiento para proveer felicidad a uno pocos en el mundo. Mientras se espere que las decisiones para enfrentar los problemas del cambio climático deban ser trasladadas al mercado y la responsabilidad ética y moral y la conducta y las prácticas de cuidado y conservación de la vida, deban seguir pautas de productividad y rentabilidad, los mecanismos para enfrentar el cambio climático se irán por la ruta que siguen todas las mercancías: favorecer la acumulación en manos de los más poderosos y de las elites burocráticas que imponen las reglas del mercado y controlan los flujos de la información. Es por ello que los mercados de Certificados de CO2 y los Sumideros de Carbono que están siendo creados, reafirman y conducen de facto a la nueva división internacional del trabajo y la naturaleza, donde a algunos países, cuando no es que se hacen inmediatamente desechables, se les deja el papel de “sumideros”, o proveedores de “servicios ambientales” y receptores de turistas pensionados del norte; este papel se parece al que desempeñan las empleadas del trabajo doméstico: cuidan y aminorar los daños provocados a la sociedad y a la naturaleza por procesos de producción-consumo bajo relaciones capitalistas. Mientras tanto los poderosos globocéntricos se reservan para sus propias economías el papel de ser los que desarrollan las nuevas tecnologías y modifican, domeñan y mercantilizan las funciones de la naturaleza. Dicho de otra manera, a los países subordinados se les deja que vivan del capital natural y de su fuerza de trabajo intensiva (cualificada o no), mientras los países imperiales acumulan los frutos de la trasformación industrial del capital natural y monopolizan el capital cultural y tecnológico.
Bajo estas condiciones los países subordinados, especialmente los llamados países del Sur, estarán privados de cualquier posición honorable para enfrentar procesos de negociación verdaderamente democráticos, mientras el grupo de los ocho -y sus satélites del Norte- se arrogan los derechos de condicionar y vetar las decisiones, impidiendo que, la más de las veces, se enfrenten verdaderamente las injusticias. Es claro que los mecanismos de atención y prevención, mitigación y adaptación, de riesgos y desastres climáticos, y asociados, se fundamentan en relaciones caritativas, filantrópicas, asistencialistas, colonialistas, situadas bajo las reglas de la cooperación al desarrollo, o enmarcadas en relaciones de financiación que colocan en desventaja a los países que reciben respecto a los países que prestan, y les obligan a aceptar las reglas, a someter sus propias decisiones a las pautas de los prestatarios o mal llamados “donantes”, a instaurar modelos de desarrollo y producción orientados por criterios e intereses de los países e instituciones prestadores de créditos o proveedoras de recursos financieros y tecnologías. Mientras estas políticas antidemocráticas sean el marco con el que se pretenda enfrentar los problemas del cambio climático, estará asegurada su debacle.
Estas medidas de “ayuda” -que son de subordinación-, y aquellas enmarcadas en Mecanismos de Desarrollo Limpio -MDL- lo que buscan antes que ayudar a los que tienen problemas es ganar consensos frente a las políticas de desarrollo, y de mercado de la economía capitalista en general. Es probable que alguna de esa ayuda sea necesaria, sin embargo lo que crea sobre todo es un debilitamiento de las posibilidades de lucha por las trasformaciones estructurales y un empoderamiento de grupos que ideológica y psicológicamente habrán de estar conformes con su situación inicua. Estas medidas no fijan su objetivo en la eliminación de las causas estructurantes de las injusticias, ni en la construcción de verdaderos regímenes democráticos sino que refuerzan las estructuras de poder y dominación no solo al interior de los países sino entre países, y a nivel de la economía profundizan la dominación del capital sobre el trabajo.
Ahora bien, los ambientalista tenemos que diferenciar nuestro papel político en la esfera pública del que pueden tener los Estados y del que pueden tener los mecanismos económicos y de mercado de la economía oficial dominante (que no es la economía sustentable y justa que defendemos). Sólo con esta claridad será posible establecer nuestra crítica y no confundir nuestras tareas con las de los estados, ni nuestras aspiraciones de justicia económica con los mecanismos de la economía oficial de mercado. Son los estados y los mecanismos de mercado que sirven a las elites trasnacionales y a las sociedades que concentran los beneficios globales de la economía oficial, los que están dejando por fuera de la esfera pública a las víctimas, en este caso a las víctimas del cambio climático. Y es por eso que nuestro esfuerzo, se dirige a levantar la voz de las víctimas. La existencia de las víctimas es el la expresión verdaderamente universal del modelo civilizatorio capitalista, que como una peste amenaza la vida en todo el planeta.
Queremos levantar la voz de las víctimas pues la llamada esfera pública la ocupan asociaciones, organizaciones no gubernamentales (y eventualmente también de organismos parlamentarios) que dicen representarles y que cuentan con garantías y libertades para esta suplantación, además de la legitimación y el auspicio de Empresas e Instituciones Financieras y de estructuras multilaterales. Estos organismos apuntalan las formas de dominación y control en los escenarios de negociación y a través de las medidas que se orientan engañosamente contra el cambio climático. Es ahí donde, y sin que haya hecho una exhaustiva investigación sobre el asunto, surge el distanciamiento del ambientalismo popular con Climate Action Network -CAN-. Este no se debe a los datos, a las cifras sobre los porcentajes de aumento en la temperatura que pueden ser asumidos sin costos ambientales, ni depende esencialmente de las, más o menos, partes por millón de GEI que podrán ser concentradas en la atmósfera, sino más bien que deviene de la manera diferente como entendemos los impactos socio-ecológicos de la sociedad petroadicta y “globocéntrica” y sus causas estructurales. CAN ha devenido en un instrumento que fortalece la posición Corporativa a favor de la privatización y del mercado de la naturaleza, es decir a favor de la mercantilización de la vida. Mientras nuestro punto de vista se basa en evidencias y se construye del lado de las víctimas con la pretensión de resolver las demandas de justicia ecológica, paz y democracia radical. Nosotros no podemos quedarnos atados de manos mientras se decide sobre el destino de miles de seres humanos que serán la nuevas víctimas, y no queremos ser cómplices de políticos, seudo científicos y conservadores que admiten y aceptan que el modelo siga intacto, sin buscar trasformaciones estructurales.
En el caso de CAN el problema para el movimiento ambientalista-ecologista popular, que encabeza Amigos de la Tierra -FOEI, por sus siglas en inglés- consiste en saber si ¿Es CAN un mecanismo que bloquea nuestros objetivos, o es uno que los potencia y alimenta? ¿Es CAN una estructura que nos absorbe y debilita o es el “Caballo de Troya” que nos servirá para quebrar el poder de mercado capitalista corporativo en el seno de la Convención de Cambio Climático? Sinceramente, aunque hay en su interior presencia de intereses diversos, la posición hegemónica nos inclina a pensar que su papel es más el primero que el último. Estamos abocados a decidir sobre un cuidadoso examen, la importancia de estar adentro o afuera de CAN. Advirtiendo que el asunto no radica en cómo encontrar el equilibrio entre estar adentro y afuera al mismo tiempo. Nuestros objetivos son claros y los defendemos donde quiera que sea sin dogmas, inteligentemente, con argumentos. Si en esos escenarios podemos mostrar nuestras convicciones y nuestros pensamientos de manera abierta y ellos son respetados y tomados en consideración, no hemos de temer asumirlos; pero si son escenarios donde nuestra voz se ahoga y nuestras opiniones no son respetadas, no tenemos porque estar allí. Si ese grupo persigue y no rehúsa la mercantilización de la vida, nosotros no tenemos porque sacrificar nuestros ideales ante el monoteísmo del mercado, ni someternos a sus reglas.
Hemos dicho que acercarse a los problemas del cambio climático desde una perspectiva fisiográfica tiene limitaciones. También las tiene hacerlo desde una perspectiva amparada en las estadísticas y en los modelos probabilísticos. Estos modelos si bien permiten algunas conjeturas sobre el incremento de las temperaturas y la alteración de los ciclos hidrológicos en función de las cantidades de CO2 presentes en la atmósfera, tienen limitaciones para explicar las dinámicas de las nubes y se encuentran muy alejados de la ciencia social, que requiere un acercamiento complejo y nutrido de incertidumbres. La discusión del ambientalismo popular no puede caer en el vacío de las probabilidades, o de las ignorancias que se convierten en indeterminaciones. Ya hemos dicho que nuestra perspectiva tiene que se histórica y tiene que reconocer que existen al menos tres escalas de tiempo que confluyen en el problema: la geológica, la social y la biológica. Las evidencias muestran que el empobrecimiento y destrucción irreversible de los ecosistemas corre a un ritmo más acelerado que las trasformaciones sociales y económicas hacia la sustentabilidad. Las alteraciones alcanzan incluso la pedosfera y de la litosfera que deberían tener la calma de los tiempos geológicos. Enfrentar los tiempos geológicos, los tiempos biológicos y los tiempos sociales que se conjugan inseparablemente nos aboca a tener un analisis y unas acciones de sentido y estructura compleja.
Ahora bien, en este campo es inevitable referirse, aunque brevemente, a la seguridad energética, asunto que está atravesando todo el debate sobre cambio climático, ya que las CTN, los países, y los consumidores del norte, y las elites subordinadas del sur no están dispuestos a arriesgar sus privilegios a costa incluso de tener que sacrificar a las generaciones venideras y poner en riesgo la vida humana en el planeta. Entre las preguntas relacionadas con la seguridad energética podrían tenerse las siguientes: ¿Cómo serán enfrentadas las migraciones climáticas? ¿Cómo se evitarán las guerras por agua y por tierra? ¿Cómo van a responder las sociedades, especialmente las del norte y las elites, al hambre y la sed que trae el cambio climático? ¿Qué patrones de energía serán desarrollados para enfrentar trasformaciones en las dinámicas estacionales? Aunque no carecemos de respuestas a estas cuestiones, sabemos que sólo procesos que instauren la solidaridad y el respeto y la actitud de cuidado y protección ante el mundo y ante los demás seres humanos podrán ayudarnos a hallar las respuestas positivas.
No sobra se reiterativos señalando que entre las causas del cambio climático esta la inequidad en el consumo de energía, la iniquidad en el uso de la atmósfera común para depositar los gases residuales, en la iniquidad en el uso del mar y de la tierra para disponer las basuras, incluidos los residuos mineros y nucleares, etc. Hay que reafirmar que estas inequidades e iniquidades son impulsadas por el desaforado consumismo de energía y materiales de los países industrializados. No puede ocultarse tampoco el argumento histórico que señala que estos fenómenos no son nuevos y que hay unos pasivos ambientales y una deuda ecológica que se renueva permanentemente. Estas inequidades son consecuencias de las deficiencias de la democracia liberal, que aparenta que todos los interlocutores así como todos los agentes del mercado concurren en igualdad de condiciones poniendo entre paréntesis sus diferencias sociales, sus asimetrías económicas y sus asimetrías de capital cultural; o que entran a los procesos de negociación preocupados sólo del interés público dejando al margen sus intereses y asuntos privados; lo cual resulta en su conjunto una falacia. Sin duda es causa real de la crisis climática el consumo desaforado del Norte; no hay excusas para negarlo, y necesitamos hacer un llamado para reducirlo. Pero la reducción del consumo o de la demanda no es posible sin que al mismo tiempo se reduzcan la producción y el abastecimiento. Concordamos con que afirmar que la demanda es el corazón de la dinámica económica es un mito creado por las compañías multinacionales, que les reserva el papel de satisfacer esa demanda como si se tratara de un proceso natural. Es claro, y no sobra enfatizarlo, que los problemas socio-ecológicos radican en el sistema de producción-consumo, con su tecnología y su tecnocracia y con la apropiación legal e ilegal de la tierra, del agua y en general de los ecosistemas.
Estamos de acuerdo en que el consumo y la producción van de la mano, por ello tanto la producción como el consumo deben ser atacadas al mismo tiempo, y de muchas maneras. Atacar la producción es la manera más directa, simple y poderosa para forzar los cambios necesarios. Los ejemplos de cómo atacar la producción y el consumo aparecen en diferentes áreas del mundo. He aquí algunos ejemplos de estas iniciativas: la lucha del pueblo Uwa, la Moratoria de Costa Rica a la explotación petrolera, la lucha de los campesinos del noreste Colombiano en contra de la explotación de carbón en los ecosistemas de páramo; y obviamente, proveniente de Oil Watch, la iniciativa de mantener bajo tierra el petróleo del parque Yasuni, en Ecuador.
Hay apuestas coincidentes en todos los casos que he mencionado, pero todos tienen contextos políticos y significados diferentes. ¿De qué se tratan? Los asuntos principales son: racionalidad, incompatibilidad en los discursos, metas, escenarios y ganancias. En el caso de los Uwa, ellos no buscan compensación económica, simplemente están en contra de las compañías que violan su territorio ancestral en donde viven actualmente, defienden sus creencias tradicionales y evitan el estilo de vida del desarrollo. En el caso de Costa Rica el gobierno considera que las actividades petrolíferas están en contra del negocio del turismo que genera más ingresos, sin embargo no ha reformado las leyes para darle carácter permanente a su decisión; esta será la próxima tarea para los movimientos ambientalistas. Quizá pueda seguirse el criterio de John Krutilla2, de que la comparación de las rentas y el excedente económico petrolero de aquellas áreas y lo que pueden producir en el futuro como valores hedónicos -debido a la escasez de paisajes y fuentes naturales-, es inconmensurables. Ahora, en el caso de Ecuador hay más aspectos involucrados, por ejemplo la protección cultural de los indígenas que habitan esas áreas. En todos los casos las emisiones de CO2 que sean evitadas son beneficiosas si el petróleo queda enterrado permanentemente.
Esta reflexión invita a transitar hacia una nueva matriz ambiental y una nueva arquitectura financiera, y en el corto plazo, a la descarbonización de la economía y a la moratoria para los combustibles fósiles. Estamos concientes de la influencia que las instituciones internacionales pudieran tener para impulsar una nueva agenda energética y los cambios pertinentes en las reglas financieras y en la mirada ética de los temas de la justicia y la equidad, especialmente combatiendo los sobornos y la corrupción que se hace con los dineros públicos de fuentes multilaterales. En este contexto es plausible considerar que se pague por mantener el petróleo bajo tierra y más si se utiliza el dinero obtenido por esta vía a favor de las sociedades sustentables. El riesgo es que este objetivo transparente y deseado de mantener el petróleo bajo tierra sea transformado en un chantaje por parte de los gobiernos, que pueden argumentar “si no nos pagan por razones ambientales, explotamos el petróleo por razones sociales”. Y también es un riesgo que personas que pudiesen beneficiarse en el corto plazo del dinero de compensación por la moratoria se hagan dependientes y sólo eviten la explotación de los hidrocarburos mientras se les pagan regalías, lo cual también podría considerarse como la monetarización de su conducta o la compra de sus conciencias.
Como quiera que sea para el movimiento ambiental y para las víctimas es indispensable exigir que se evalúen los escasos, sino nulos, resultados de la aplicación del PK, especialmente de los MDL, y se señale porqué los acuerdos sobre metas de reducción no se han cumplido, y se muestren las verdaderas causas estructurales (adaptación), y las causas modificables (reducción) del proceso de cambio climático. Es un reto para los movimientos sociales, con sus campañas y esfuerzos profundos, impeler a los estados, particularmente los que tienen una mayor responsabilidad histórica con la crisis ambiental a adoptar reglas justas y a desarrollar instituciones adecuadas, libres de los intereses egoístas de las ETN y libres de la influencia de quienes hacen negocios con el desastre climático.
Francamente, es difícil tener confianza en los mecanismos desarrollados por el PK y en las falsas expectativas que han arrojado, pues las pruebas sobre su fracaso abundan. Estos mecanismos se han concentrado en soluciones de mercado de carbono, bajo un sistema de mercado capitalista con relaciones inicuas, que además permite la dilución de las responsabilidades de los países del Norte. ¿Podría confiarse en que economías de alto consumo petrolero (países y compañías), estén dispuestas a cejar en su proyecto de vida, y mediante apoyos financieros y regalías (ya sea por mecanismos de implementación conjunta o de desarrollo limpio) se comprometan con iniciativas de moratoria a la actividad petrolera y apoyen a quienes tratan de detener la exploración petrolera y sean quienes trasformen en relaciones democráticas las relaciones “petrocráticas” que dominan las instituciones multilaterales?¿Sería esto posible en un mundo donde lo que rige es el negocio? ¿Es acaso posible bajo las reglas del mercado capitalista que se lleven a cabo esas medidas? ¿Sería posible que el instrumento mediante el cual se trasformen las regalías y los fondos de financiación en conservación de la naturaleza sea el dinero -cuya naturaleza crematística se impuso en las relaciones económicas degradando los valores de uso a valores de cambio, como es característico del mercado capitalista? Estas son nuestras preocupaciones.
Ahora, las personas del lado empobrecido del mundo necesitaran recursos para mitigación y adaptación -¿monetaria?, ¿tecnológica?, ¿cultural?, ¿social?- ante el cambio climático, pero no debido exclusivamente a los impactos actuales del cambio climático sino al hecho de que históricamente mediante los procesos de saqueo, explotación y colonialismo se les ha colocado en las peores condiciones de indefensión; las demandas de las víctimas son producto de relaciones inicuas que se han ignorado y se siguen ignorando y se camuflan con velados argumentos que esconden las injusticias históricas, la deuda ecológica, el intercambio económico y ecológico desigual y el papel subordinado en las relaciones de producción y de consumo. Pero cabe preguntarse si ¿puede considerarse esto pagos por la mitigación y adaptación, como parte de pago la deuda ecológica o como pago por los daños y pasivos ambientales?, ¿podrían admitirse estos pagos si las relaciones de injusticia no se trasforman? Como quiera que sea, nos negamos a que los recursos que se empleen para la mitigación y la adaptación sean préstamos o créditos.
En consecuencia, las salidas que se apuntalan desde el ambientalismo popular tienen que sustanciarse en la resistencia y en la construcción de un movimiento diverso, efectivo y global para detener el cambio climático y para asegurar la justicia climática. Debemos detener las falsas soluciones que acompañan la matriz energética insustentable como son los agrocombustibles, los megaproyectos hidroeléctricos, la energía nuclear y detener la deforestación y la destrucción de los ecosistemas esenciales a la vida y a la soberanía alimentaria. Nuestras iniciativas están basadas en principios como el reconocimiento de la deuda ecológica ambiental y la reducción de la vulnerabilidad de las comunidades empobrecidas. Nuestro reto es trasformar el modelo político y económico que alienta el desastre climático, que alienta el consumismo y los patrones de producción insostenibles y construir soberanía energética, reduciendo de manera drástica el uso de combustibles fósiles y otras fuentes de energía insostenibles. Para ello estamos luchando por detener la financiación pública de la industria de combustibles fósiles y animamos las alternativas de fuentes renovables coherentes con la soberanía energética y con una transición energética justa, que no excluye la eco-eficiencia y la eco-suficiencia. Por eso estamos trabajando en la construcción de regimenes climáticos sostenibles a niveles regional, municipal y local, que sean efectivos y consistentes con la justicia climática.
Notas:
1. De Chardin, Teilhard, 1965 (1959), El porvenir del hombre, Taurus, Madrid.
2. Martinez-Alier, Joan, 2000, Economía ecológica y política Ambiental, México, FCE.
Afiliaciones
Buscar
Herramientas
![]() |