Sábado 15 de enero de 2005
En el corto periodo del año que termina, es importante volver sobre los pasos del PDI mirar sin apasionamiento en qué se han traducido los esfuerzos individuales y colectivos, para observar de qué manera fraccionamos en el tiempo, en los protagonistas y aún en el territorio un proceso histórico y complejo.
La ilusión de un partido innovador.
La idea de construir un partido asombra; proponerlo nos sugiere una ilusión, la ilusión de crear un partido no tradicional en Colombia que se abre paso entre luchas sindicales, la lucha armada, los movimientos cívicos, ciudadanos, campesinos, indígenas, a la vez que navega con toda esa historia de la izquierda, que por décadas ha estado en la búsqueda y definición de un sujeto político, con un perfil ideológico propio a la colombianidad.
Pero esta idea se abre paso, también, por el entusiasmo que nos produce el hecho electoral más significativo, de los últimos tiempos, el haber alcanzado gobernaciones, alcaldías, avanzado al gobierno de las corporaciones públicas, algunas de ellas de muchísima significación. Además, tener a la vista procesos triunfantes en la región, como en los casos de Venezuela, Uruguay, Brasil o Chile, nos dan razones para ser optimistas.
Con todo lo dicho, la construcción de un partido político no es asunto de poca monta y las ilusiones si bien son motor de realidades, tienen tras de si la condición humana, cada vez más amenazada, por el modelo imperial del capital, lo que hace más difícil el reto.
Ahora bien, ganar las elecciones en 2006, una situación al fin y al cabo coyuntural, mejorará probablemente las condiciones partidistas, pero que no nos ahorrará aprender a ser plurales en nuestro quehacer militante más que pluralistas, como lo intentan ser los socialdemócratas, social liberales y conservadores que se acercan al Polo. Esto es que un partido innovador implica encauzar los cambios profundos en los imaginarios colectivos realmente actuantes, que no dependen de buenas intenciones o cálculos actuariales, mucho menos de un debate electoral al interior de la más cualificada y convencida militancia alinderada en los diversos aparatos si no del esfuerzo de grupos, de personas comunes, de muchas acciones sociales muchas de ellas anónimas, sin nombre y apellido aparentemente desarticuladas pero definitivas en últimas para el rumbo efectivamente democrático del P.D.I.
Estas acciones del común, de la multitud movilizada local y regionalmente reclaman en su apuesta por la autonomía, por la madurez de la participación hacerse conscientes mediante una reflexión sostenida que exige un trabajo teórico de nuevo tipo, capaz de articularlas al proceso histórico de ese organismo democrático en ciernes, superando los saberes clientelistas o corporativos con los que hemos crecido y ganado una tercería conquistada en el espacio de la representación electoral de la nación colombiana.
Por ejemplo, es difícil desconocer un proceso que ha tenido como epicentro en la actividad parlamentaria, de los compañeros que han atizado la denuncia exhibiendo los entresijos del poder, reabriendo un espacio de deliberación que por mucho tiempo fue mirado con desdén por la izquierda. Agotada la vía utópica de la fuerza militar hegemónica, insuficiente por sí sola hemos encontrado allí, no solo la opción de cuestionar las graves inconsistencias estructurales del sistema, de modo específico, la corrupción y privatización de lo público, sino además, poco a poco nos ha mostrado la importancia que tiene el conocimiento de los patios interiores del estado en sus niveles local y regional, así como la necesidad de conocer y dominar las herramientas de construcción normativa, porque ellas posibilitan el ejercicio de la democracia más allá de los moldes puramente representacionales.
Este es un proceso importante, porque nos ha permitido superar la visión vacía del poder de la izquierda radical, que concentro su accionar en combinar todas las formas de lucha, en torno al contrapoder signado por la violencia reactiva que no alcanza de modo propositito los espacios urbanos, más allá de una invitación a ser retaguardia y a convertirse en trinchera heroica de las acciones rurales que se autoproclaman estratégicas en el devenir de la utopía revolucionaria. Pero el país se transformó en el curso de estos cincuenta años.
La acción en y desde la sociedad civil y las comunidades
Al partido o la organización a que llegásemos, lo haremos también, gracias al precipitado social, a la desmesura plural que resulta del fluir y confluir de un sinnúmero de contradicciones, azares, protagonismos, acuerdos, ambiciones e intereses, instituciones, esfuerzos cívicos y comunales. En suma, todas aquellas dinámicas sociales que han desbordado los causes bipartidistas durante décadas, protagonizados día a día como colectividad de izquierda, anónima y clandestina, a lo cual se suma un trabajo intelectual esclarecedor que compara y ausculta las tendencias renovadoras en el elenco de los saberes contemporáneos.
¿Cómo desconocer el trabajo de una intelectualidad moderna y radical que se expresa en los medios de comunicación, en institutos, centros docentes, en cantidades innumerables de simposios, conferencias internacionales, libros de análisis del conflicto, del estado social, debates televisivos, espacios radiales, etc. Cómo desconocer el aporte que ha hecho y en el cual persiste tanta intelectualidad citadina y provincial para la construcción de opinión actuante sobre los problemas más sentidos de la sociedad? Peor aún sería ignorar los esfuerzos de tantos compañeros, quienes entregaron sus vidas en la búsqueda de una opción democrática partidista, un contrapoder civil que el régimen acalló brutalmente por el mero hecho de disentir de los formatos tradicionales, al levantar su voz contra tanta ignominia; ellas y ellos están conectarlos en forma viva al proceso que estamos construyendo.
Sesenta compañeros, pudieron haber extendido sus firmas en el papel que sirvió para obtener la personería jurídica. A ellos seguramente le debemos el nombre y la idea, la iniciativa, pero el Polo como partido en construcción, rebasa toda intencionalidad y todo esquema determinista; por eso resulta demasiado simplista, pensar que el partido toma cuerpo a partir de decretos o resoluciones excluyentes, o en la aritmética de sus “jefaturas” naturales afectadas por el quehacer electoral.
La organización autónoma de la desmesura.
La organización que lleguemos a construir, será también fruto de este trabajo político vivo acumulado, que hoy nos tiene ad portas de una unidad, que sin duda es la clave en la actual coyuntura de articulación plural con otras tendencias de izquierda democrática que no podríamos deslegitimar como coautores de este proceso partidista, por ejemplo.
Por eso, de principio, resulta ingenuo creer en inspiradores o padres o pensar en una fecha, o, en un acta de fundación de un partido político. Más aún resulta pretensioso establecer de antemano lo que debe o no debe ser el partido, peor aún fijar una definitiva línea de acción, o imponer desde ahora una determinada organización, o algo por el estilo, sin que ignoremos lo que ya sabemos porque lo practicamos sin rubor ni reato que la política es una práctica social donde se expresan todos los intereses por diversos y contradictorios que sean, y que ellos, cada uno en su lugar son rotundamente válidos, por lo que han de estimularse, desinhibirse y comunicarse. De ahí nuestra apuesta por la pluralidad más allá del monopolio y el pluralismo partidario. La respuesta a este presente desafío no es libresca, pues la medida la da la realidad de una iniciativa que hemos podido brindar con aciertos y marcados defectos en el curso del presente año de vida del Polo Democrático.
Desheredados de las idealizaciones. Ni pluralismo ni dogmatismo.
A un aterrizado y unitario partido de los trabajadores, los ciudadanos y las comunidades llegaremos cuando podamos discernir en la liza democrática un buen número de idealizaciones que son herencia del marxismo asumido dogmáticamente, como una fórmula en la que aún creemos y tenemos como guía, creyéndonos que Marx la elaboró para toda clase de sociedad, en todo tiempo, impermeable como texto sagrado, heroica en sus ejecutorias y medida de todas las cosas habidas y por haber.
Sin embargo, en la historia de este proceso, la mayor dificultad de la construcción colectiva, hoy, no es tanto esa historia riquísima que nos une, si no los narcisismos primarios y protagonismos exacerbados que se disfrazan y nos separan. En síntesis, tal es el sentido del devenir del Polo, por lo menos a nivel de Bogotá, que hoy nos pone en el orden del día la pregunta por el pluralismo y la pluralidad como centro de la construcción de una alternativa de poder democrático.
El pluralismo político se construye con y para la desigualdad. Mientras que lo plural en el lenguaje corriente no es lo repetido, con un sentido aritmético, sino con la concordancia de las singularidades. Es la política de la identidad en la diferencia real. Es otra cosa que el pluralismo, es la política que implica diferencia y disenso creadores: pensar diferente, hablar diferente, actuar diferente. La política democrática, si lo es, tiene que ver con lo diferente y lo autónomo en lo individual y en lo colectivo, porque plural no significa pensar ni actuar igual, sino dialogar en palabras y acciones.
Mientras que el pluralismo se construye con y para perpetuar la desigualdad artificial en todos los sentidos, del mercado, del estado, de la guerra, lo plural en cambio le apuesta a las nuevas igualdades en ejercicio radical de la libertad individual y colectiva que fragua lo común sin ocultar los intereses materiales diversos. Es por tanto convivencia en desacuerdo, en disenso.
Si se trata, y de eso se trata, de construir una organización coherente que ante coyunturas difíciles responda como un solo hombre de millones de rostros y cuerpos, un ente colectivo multitudinario, no puede vulnerarse la singularidad, la individualidad, la diferencia de cada quien. Al contrario de alienarla y abstraerla en la voluntad de un jefe, una jefatura colectiva, la deberá proteger, estimular, pues se trata de la libertad individual y colectiva.
De ahí que la política no pueda estar desligada de los intereses materiales y espirituales, ya que su esencia es precisamente considerarlos, sin importar su condición o su status, su ideología, su disociabilidad, su perversión o su delirio. Ni si quiera la vocación por lo trágico heroico, tan característico de nosotros puede ignorarse porque la política también tiene que ver con eso, pero sin reducir la condición humana, cuyo ser es la desmesura, la cualidad creadora, la potencia que más que con el poder como tantas veces hemos creado y con lo multitudinario, tiene que ver con lo colectivo como fiesta constituyente de las mil y una, inagotables formas de existir de lo común.
Las herencias que nos separan en varias vertientes, no resultan porque esos protagonismos dentro y fuera del Polo no sean legítimos, por ilusos que aparezcan, si no porque el Polo no es ni se atreve aún a ser plural y a abandonar el monolitismo provinciano y/o el pluralismo. En el espacio público del P.D.I. no tiene aún lugar lo singular, lo humano universal. Es decir, carecemos de un espacio realmente político, el espacio de la política; por el contrario mas bien se ha venido cerrando haciendo eco de la regeneración a través de la violencia.
Lo que muestra el Polo sonruedas sueltas, todas ellas validas, que se reclaman en su soledad, pero no se miran en su comunidad. En los ademanes y en los gestos de liderazgo se cuestionan por interpuestas realidades, que no dialogan, y que, en consecuencia, carecen de autonomía para darle punto a la política y asumir decididamente la construcción del P.D.I. cuando la guerra difunde en todos los espacios la tentación del pensamiento único y el patrioterismo cegatón y estúpido.
Cuando Luis Eduardo Garzón reclama un partido que lo respalde, o la dirección nacional se embebe en la coyuntura y el trabajo parlamentario, o la bancada en el concejo se entrega al gobierno, todos a uno dejan a la deriva la construcción de partido. cuando hay concejales que desdeñan el trabajo teórico e ideológico y viceversa, cuando existe una comisión política que para nada quiere saber de la acción colectiva, cuando hay ediles que actúan por su propia cuenta, cuando se presiente tendencias pugnases de interés soterrado, dejamos también a la deriva la construcción de partido. En el Polo no existe un “entre”, o un “adentro” solo un “afuera”, si no existe “relación”, si nos falta la cadena de transmisión, somos también presa de la política espectáculo, de la representación política en lugar de la participación verdadera, de la política como acción creadora.
Pero el ser plural por construir y forjar es hermano carnal de las normas mediadas por la singularidad e intereses de sus actores, quienes las crean. Es decir, tales normas no pueden dejar de ser democráticas, mientras que en el Polo actual carecemos de ellas. Las normas que construimos bajo los imperativos de las elites son el registro de lo autoritario, del reino de los poderes constituidos. Tal fue el caso de la resolución del Champañag, porque para nada ella es garante del espacio político y la participación. La imposibilidad de cumplirse la hacen hoy el “candado” de la política: le hizo falta un debate, una deliberación muchísimo más incluyente y comprometedora. Con mucho protagonismo y premuras, se dio en un ambiente pugnaz y excluyente donde se llegó a la descalificación personal. Hemos fallado en la construcción de normas democráticas, que son sustento cambiante de lo colectivo, razón de ser de la participación, del poder constituyente de lo común. Por ello las existentes no las consideramos como nuestras, y no tenemos porque hacerlo. Por ello tampoco se respetan.
En el entre tanto la coyuntura nos embriaga y la ilusión divaga, hasta no convocar a los interesados y revisar con serenidad y realismo, el proceso cumplido este año. Es urgente que nos dispongamos recomponer el “entre”, abrir el espacio de la política y pensar en una organización y unas normas más elásticas, más frescas, provisionales, con el concurso de todos, de los interesados. Y esto vale tanto para el quehacer del Alcalde, como de nuestros congresistas y ediles como para el común de la militancia del PDI. De lo contrario, no tendremos el partido de los muchos, sino un precipitado de intereses corporativos que enuncian lo público como coartada o justificación vergonzante de intereses personalísimos y excluyentes, y, por tanto, garantes a mediano plazo de una derrota merecida y de una exclusión en la construcción de lo público plural y democrático.
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