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Antonio Navarro

Perfil de Antonio Navarro
Martes 14 de agosto de 2007

Nací en Pasto el 9 de julio de 1948.

Mi papá se llamaba Rafael Navarro Uribe, era del Tolima y uno de los diez hijos de Félix Navarro, un general conservador de la Guerra de los Mil Días.

Mi mamá se llamaba Emma Wolff Pizano, nieta de Carlos Wolff, un alemán que en la década de 1880 había llegado a Titiribí, en Antioquia, como técnico siderúrgico. (...) Era una señora paisa, dulce y de familia liberal muy moderada. Tuvo siete hijos en ocho años.

Mi papá dio muchas vueltas hasta que lo nombraron director de la primera agencia de Coltejer en Pasto. Vivíamos en una buena casa en el centro, a media cuadra de la Plaza de Nariño Yo estudiaba en el colegio de las Franciscanas, que era para mujeres. Fui buen estudiante y en las misas servía de monaguillo. Pero cuando tenía unos siete años a mi papá le dio por la que fue siempre su perdición: la agricultura. Sembró centenares de hectáreas de cebada en tierras alquiladas a la Beneficencia de Nariño, al sur de Pasto, con tan mala suerte que les cayó una plaga, mi papá se quebró y tuvo que vender la agencia.

Arruinados, fuimos a dar a Cali, al barrio El Peñón, a una casita que quedaba donde está hoy el Hotel Inter-Continental. Allá me matricularon en el San Luis Gonzaga....

Aunque terminé la primaria con excelentes calificaciones, mi papá, que era liberal de verdad, me dijo: “Usted se me está volviendo muy cura. Yo necesito cambiarlo a un colegio berraco, carajo”. Y me mandó al Santa Librada. (...) Pero un día, ¡zas!, peleó con sus socios y debió irse a Bucaramanga en 1969. Yo había alcanzado a terminar con honores tres años antes en Santa Librada y me quedé en Cali para seguir estudiando.

Quería ser sacerdote. Pero como había tenido buenas notas en matemáticas y física me decidí por la ingeniería. Y como no había ingeniería civil, me metí a la sanitaria. La Universidad del Valle era excelente...

Vivía en un apartamentico en Miraflores, un barrio muy popular. Los días veinte de cada mes ya no tenía un centavo. Un vecino mío que era carnicero y de apellido García se dio cuenta y comenzó a invitarme a almorzar. Y llegó ese 19 de abril del ‘70. Todos oíamos por la radio que el general Rojas iba ganando hasta que Carlos Lleras cerró las emisoras, mandó a todo el mundo a dormir y al otro día Misael Pastrana amaneció de presidente. Bueno, pues este señor García y un amigo de él que era dueño de varios taxis armaron una revuelta en el barrio. García sacó una carabina 22 y estuvimos en la calle a punto de un alzamiento popular que, si no se dio, fue por la calma que pidió Rojas. Yo estaba listo a armar lío.

Ese fue un hecho que me marcó. Tanto, que en 1971 vino la primera la primera huelga importante en la Universidad del Valle. Yo era el presidente del Consejo Estudiantil de la división de ingeniería, y la cosa se puso espesa. Decretaron el toque de queda a la una de la tarde y, en choques con la policía, fue muerto un jugador de la selección colombiana de voleibol. Era el 26 de febrero. Varios estudiantes, entre los que estaba yo, terminamos volcando una volqueta para protegernos de los disparos. Hubo bala corrida.

Con mis compañeros pensábamos qué podíamos hacer en un país donde la política, por fuera de los partidos tradicionales, no tenía posibilidades de éxito. Entonces apareció un muchacho de ingeniería sanitaria, Argemiro Plazas, que había sido de las Juventudes Comunistas, y nos dijo que iban a organizar un nuevo movimiento. (...) Plazas nos empezó a dar folletos sobre la unidad de las fuerzas guerrilleras y sobre la importancia de la Anapo. Temí que fuera una cosa de mamertos, cuando de pronto, ¡pum!, en enero de 1974 se metieron unos tipos a la Quinta de Bolívar y se llevaron la espada del Libertador. Eso me pareció brillante. Pensé: “¿Cómo es que unos locos, que se llaman dizque M-19, son capaces de robarse esa espada de la Casa de Bolívar y hablan de un nuevo país? ¡Estos son mis tipos! ¡Estos son!” Nacionalistas, modernos, urbanos, universitarios. No eran comunistas, maoístas ni campesinos. Me puse a revisar los folletos que me había dado Plazas y caí en cuenta de que el nuevo movimiento del que nos había venido hablando era el M-19. Plazas desapareció dos meses. Cuando volvió le pregunté: “¿Son ustedes los de la espada?”. Me dijo que sí. Le contesté: “Métame ahí, hágame el favor.”

En 1976 me fui cuatro meses a la Loughborough University, cerca de Leicester, en Inglaterra. Antes de regresar visité proyectos de desarrollo rural en países como Kenia, Tanzania, la India, Malasia y Canadá, y estuve en Hawai. De vuelta en Cali, fundé una firma de ingenieros de tratamiento de aguas, y me nombraron decano de la Facultad de Ingeniería Sanitaria.

Los años del tropel (1979-1989)

Desde 1977 milité en el M-19. En Cali fui comandante de una columna urbana que tenía como 110 militantes. Hacíamos propaganda armada. Nos subíamos a un bus y repartíamos boletines, o cogíamos camiones de pollos o de leche y repartíamos eso en Siloé, un barrio popular.

El 30 de diciembre de 1978 Iván Marino Ospina me dijo: “Hermano, necesito que se prepare. Váyase para Bogotá y tráigase unas armas que le van a entregar.” Seguí las instrucciones, viajé en un Toyota Land Cruiser y llevé a Cali las armas que me entregó Lucho Otero. Esas armas, entre las que había fusiles de la primera y la segunda guerras mundiales, fueron las únicas de las del Cantón Norte que no recuperó el ejército. Algunas las usamos nosotros y otras se las dimos a los indígenas que crearon el Quintín Lame.

En 1979 pasé a la clandestinidad. Me interné en las montañas del Cauca con una unidad móvil, un grupo pequeño. Nos caíamos a cada rato en los caminos y por las noches dormíamos muertos de frío en el suelo. Si llovía nos mojábamos. Pero nos fuimos adaptando y luego de un par de meses parecíamos guerrilleros de verdad. La otra guerrilla móvil del M-19 estaba en el Caquetá y la manejaba Gustavo Arias Londoño, al que llamábamos Boris. Entonces decidimos unirlas allá.... Yo llegué al Caquetá con setenta y cinco armas y en total éramos cincuenta los miembros del grupo; un año después éramos mil quinientos.

A mediados de 1980, tras ser detenido, fui a parar al Cantón Norte donde estuve 18 o 19 días. Si alguien me pidiera una definición de felicidad, le contestaría: “Mi paso de las caballerizas del Cantón Norte a La Picota.”

En 1982 el gobierno de Belisario Betancur decretó una amnistía general y sin condiciones para los presos políticos. En diciembre salimos de la cárcel a reclamar el Diálogo Nacional. Bateman lo dejó claro. Dijo: “Nosotros no nos alzamos en armas porque estuviéramos presos. Nos alzamos en armas porque en este país hay una serie de cosas por reformar. La amnistía no es suficiente. Necesitamos el Diálogo Nacional.” Pero el gobierno no entendió el mensaje. Entonces decidimos impulsar ese diálogo con las armas.

A mí me tocó irme a la desembocadura del río Naya, en la costa pacífica del Valle del Cauca, a esperar un armamento que Bateman iba a mandar desde Panamá. Fui el comandante de 75 personas. Teníamos tres fusiles, un par de carabinas y como veinte revólveres. Andábamos en una pobreza absoluta.

Cumplida la misión del Naya, nos trasladamos al Cauca, a preparar las condiciones para establecer un pequeño ejército del M-19 en esa zona. Ahí estaba cuando iniciaron las negociaciones de paz entre el gobierno de Betancur y el M-19 que desembocaron en la firma de una tregua, en agosto de 1984.

Me nombraron jefe de la Comisión para organizar el Diálogo Nacional, de la que también formaban parte Vera Grabe, Alfonso Jacquin, Andrés Almarales e Israel Santamaría, con quienes partí para Bogotá. Convocábamos las manifestaciones y montábamos grupos en las ciudades a los que llamábamos Campamentos por la Paz y la Democracia. Sin embargo, el ejército atacó a los compañeros nuestros en Yarumales, en el Cauca, donde se habían concentrado para cumplir la tregua. Fue una batalla de 26 días en la que el ejército usó toda su artillería. El M-19 ganó la batalla y se restauró la tregua, en enero de 1985, pero ahí murió el proceso de paz.

La tregua se rompió definitivamente en junio de 1985. Unos días antes, un compañero al que llamábamos Oscar tumbó un helicóptero en la Cordillera Central y el M-19 se llevó al único soldado sobreviviente. Me llamaron para que fuera a recogerlo y a entregárselo a los periodistas. La cita era en Ginebra, Valle. Cuando llegamos a un puente cerca del pueblo, vimos algunos soldados... Nos detuvieron... y terminaron dejándome en el Batallón Codazzi de Palmira... Como a las cinco de la mañana del día siguiente, un coronel me dijo que me podía ir. “Yo no salgo de este batallón sin mis dos compañeros y hasta que sea de día”, le dije.

Tan pronto amaneció cogimos un bus de Expreso Palmira y llegamos al apartamento que Carlos Alonso Lucio tenía frente al Hotel Inter-Continental.

Bajamos a una cafetería... Estábamos desayunando carne y arepa, cuando Eduardo Chávez -que manejaba las milicias en Cali- dijo: “Uy, afuera anda Antonio José Espinosa, un tipo que fue del M-19 y que está trabajando con el ejército. Lo mejor es que nos vayamos.” En esas hubo una explosión impresionante. La había causado una granada que Espinosa había tirado por el suelo, que estalló al pegar en la pared, a diez centímetros de mi pie izquierdo. Fue como si me hubieran dado con un bate de béisbol en la cabeza. “Me mataron”, pensé. Fui a parar al Hospital Departamental. Cuando me trasladaban al quirófano vi a mi mamá a través de una ventana. Pobrecita ella.

Tenía varias heridas. La primera era un hematoma enorme en el cuello por donde me había entrado una esquirla que me seccionó el nervio que mueve la parte izquierda de la lengua. Por eso perdí el control de esa parte y no puedo pronunciar bien la erre ni la ce. Literalmente quedé hablando a media legua. Pero lo más grave fue la herida en el pie. Era tan grande el hueco que me cabía entero el puño de una mano. De la rodilla para abajo el hueso estaba hecho polvo.

Me la amputaron en México. Después me fui a Cuba, donde pude recuperarme porque estaba pesando treinta y cinco kilos. Me hicieron una prótesis excelente y comencé a caminar.

Un día de noviembre estaba almorzando con Laura Restrepo en el restaurante del Hotel Riviera, en La Habana, donde estaba alojado desde hacía un mes. Un mesero me dijo: “Oye, chico, ¿tú no eres colombiano?”. Le contesté: “Sí, ¿por qué?”. Me dijo: “Porque en tu país se ha armado un lío tremendo con el M-19. Está en la televisión.” Nos levantamos corriendo a prender el televisor de la alcoba y vimos la entrada de un tanque al Palacio de Justicia.

Pocos días después me reuní con Gerardo Quevedo, “Pedro Pacho”, mi nexo con la comandancia del M-19, y le mandé decir a Álvaro Fayad que no le iba a perdonar que no me hubieran consultado y que creía que no lo habían hecho porque yo me habría opuesto a esa idea tan descabellada. Nunca pude discutir el tema con Fayad. Cuando se disponía a salir del país –una de las cosas que iba a hacer era a reunirse conmigo en Cuba–, lo mató la policía en Bogotá.

El M-19 se tomó el Palacio para presentar una demanda armada ante la Corte Suprema de Justicia contra el presidente Betancur por la violación de los acuerdos de paz. Por ese hecho hemos pedido perdón a todas las víctimas. Y reconozco que por mucho perdón que pidamos, nunca será suficiente, sobre todo, en lo que se refiere a quienes perdieron a sus seres queridos. Pero en el tema del Palacio de Justicia es esencial llegar a un proceso de verdad y reconciliación. Por eso propuse una Comisión de la Verdad y dije que si era útil para alcanzar la paz estaba listo a renunciar al indulto y a ir a la cárcel, y lo sigo estando.

El 29 de mayo de 1988 el M-19 secuestró en Bogotá a Álvaro Gómez. Este hecho respondió a una consigna lanzada en una de las últimas conferencias del grupo, que decía: “Paz para el país, tregua a las fuerzas armadas y guerra a la oligarquía”. Gómez era el símbolo de la oligarquía.

Yo andaba por Centroamérica, en tareas de logística y cuando me enteré por las noticias del secuestro de Gómez me fui a Panamá, donde recibí un mensaje de Pizarro de que participara en el desarrollo de la situación. Tuve claro desde el primer momento que de esa situación debía salir la paz.

Pizarro quería que el gobierno de Barco participara en la negociación, pero yo me negué. Tuvimos una discusión acalorada. Me parecía más conveniente que pudiéramos resolver el asunto con la sociedad civil. Había planeado un primer encuentro del diálogo nacional con empresarios y sindicalistas colombianos, en la Nunciatura Apostólica de Panamá, y así ocurrió.

Con la ayuda de Rodrigo Marín, llegaron personas como Sabas Pretelt, Luis Carlos Villegas y los presidentes de los gremios. Hablamos de la necesidad de la paz y planeamos una segunda reunión en Colombia, con la presencia de Gómez. Cuando se lo conté a Pizarro se molestó aún más. Yo le dije: “Estoy metido en esto hasta el cuello. Hay que poner a Gómez en libertad.” Y él aceptó porque sabía que el deber era respetar la palabra dada por el M-19 y yo ya era el número 2 del grupo. Finalmente, el 20 de julio de 1988 liberamos a Gómez. Después de eso se abrió paso el camino a la paz.

Luego de lo que le hice con la liberación de Gómez, Pizarro quedó curado de espantos y tomó la determinación de hacer un acercamiento con el gobierno sin avisarme. Vino la primera reunión en el Tolima, en un pueblo llamado Lomas de Ilarco, con Rafael Pardo, que manejaba el tema de la paz. Allí hubo un gran avance, que fue una declaración en la que se dejó constancia de que el M-19 estaba dispuesto a desmovilizarse; no a rendirse, no a entregar las armas, sino a desmovilizarse.

Guerrero por la paz (1989-1990)

A comienzos de 1989 la fuerza militar del M-19 se concentró en Santo Domingo, municipio de Toribío, Cauca, para que la Comandancia del movimiento condujera desde ahí las negociaciones de paz y pudiera reunirse con representantes de las fuerzas vivas del país.

El gobierno no permitía mi entrada al país, quizás porque me parecía que las negociaciones iban demasiado rápido y que debíamos ser más firmes. Acordé con Pizarro entrar clandestinamente. Cuando Rafael Pardo se bajó del helicóptero y me vio en Santo Domingo, se le pusieron los ojos cuadrados. Me preguntó: “¿Y usted cómo llegó aquí?”. Y creo que le contesté: “Por fax.”

Primero negociamos una reforma constitucional que nos permitiera participar en los cuerpos colegiados. Pero se hundió por un mico en el Congreso. Y entonces nos quedamos con las manos vacías. Pardo nos dijo: “No tengo nada que ofrecerles.” Pizarro y yo pasamos esa Navidad en Santo Domingo y convinimos que íbamos a seguir adelante así no nos ofrecieran nada. Una noche me dijo: “Hombre, esto hay que hacerlo. Así sea gratis, hay que hacerlo.”

Y aquí hay que aclarar algo importante: no fue la derrota del M-19 lo que produjo esa decisión de paz, sino el reconocimiento de la imposibilidad de la victoria. Por eso dejamos las armas. Y por eso yo he dicho que el gobierno fue un acompañante de una decisión unilateral de hacer la paz.

Pizarro me dijo algo más: “Vámonos para Bogotá usted y yo, y si la cosa está bien, firmamos.” Parecía el mundo al revés: los primeros en desmovilizarse eran los dos jefes. El gobierno aceptó y nosotros hicimos un plan de emergencia por si mataban a uno de los dos.

Llegamos a Bogotá en enero de 1990. El primero o el segundo día nos invitaron a hablar con Barco en la Casa de Nariño y luego con Carlos Lemos Simmonds, el ministro de Gobierno. Ahí empezamos a ver una oportunidad de hacer política.

La paz se firmó el 11 de marzo de 1990.

Primero hicimos un acto de dejación de armas en Santo Domingo. Luego firmamos en la cancha de fútbol de un descampado en Caloto. Y más tarde, con la presencia de varios generales extranjeros, recogimos entre tres mil y cuatro mil armas y las llevamos a fundir a la Siderúrgica del Pacífico, en Yumbo. De ahí salieron cinco toneladas de lingotes de acero con las que algún día haremos un monumento, porque esa decisión de firmar la paz fue la mejor de la historia del M-19.

Fuimos recibidos con mucho entusiasmo en las ciudades. Tanto, que Pizarro se lanzó a la alcaldía y sacó casi cien mil votos. Por eso era claro que debía ser candidato a la Presidencia. Empezamos a visitar regiones y a encontrar mucho apoyo. Un día fuimos a Valledupar y la manifestación en la Plaza Alfonso López fue tan grande que la gente llegaba hasta más allá del palo de mango. Por eso pensamos que la Costa era una región donde debíamos hacer campaña y planeamos un viaje a Barranquilla... Pizarro nunca llegó. Lo mataron en el vuelo saliendo de Bogotá el 26 de abril de 1990.

Esa mañana, cuando me estaba subiendo al Chevrolet Monza blindado que nos habían asignado, los escoltas del DAS me contaron que en el radio interno habían oído que algo le había pasado a Carlos. “Está herido y lo llevan a la Clínica de la Caja Nacional de Previsión”, me dijo uno.

Entré por una puerta de la clínica y vi que por otra traían a alguien en camilla. Nos cruzamos en el pasillo. Era Pizarro. Tenía orificios de salida de bala en el pómulo, el cuello y la frente. Le habían disparado por la espalda. “Con dos tiros en la cabeza, Carlos se va a morir”, pensé. El corazón se me encogió; a pesar que ya habían matado a otros amigos, uno jamás se acostumbra. Diez o quince minutos después salieron unos médicos. Llamé al médico jefe y me dijo la verdad: “No pudimos hacer nada. Cuando llegó aquí estaba agonizante.” Recordé lo que él y yo habíamos hablado en Santo Domingo cuando nos prometimos que si mataban a uno de los dos el otro volvería al monte. Pero pensé que si había muerto por la paz había que enterrarlo en paz. Después, ya veríamos.

Frente a la clínica se reunió un gentío enfurecido y algunas personas trataron de voltear un carro. Salí y les dije que íbamos a enterrar pacíficamente a Carlos y que nos ayudaran. Me hicieron caso. El presidente Barco me llamó a preguntarme qué quería y le respondí que manejar el entierro y hablar por televisión. Accedió.

Esa tarde nos llevamos el ataúd hasta el Capitolio, donde lo tuvimos dos días en capilla ardiente por donde pasaron miles de personas. Hasta serenateros hubo. Aunque el día del entierro llovió a cántaros, otra vez se dieron cita miles de personas. De los edificios por donde cruzábamos nos tiraban papel picado y agitaban pañuelos blancos.

La primera noche, ante las cámaras de televisión, dije que a Pizarro lo habían matado por la espalda y a traición, pero que no queríamos venganza; que el futuro del M-19 lo íbamos a decidir después del entierro. Y así fue. Nos reunimos todos los cuadros de dirección del M-19 y por unanimidad decidimos seguir adelante con el proceso de paz. Con lo que habíamos vivido en las últimas 48 horas, a nadie le quedaba duda de que eso era lo que querían los colombianos.

Decidimos que me lanzara por la Presidencia. No fue fácil porque las amenazas no paraban. Como habían matado a Galán, a Jaramillo, a Antequera y a Pizarro, me acuartelé en una casa alquilada cerca de la residencia del embajador de Estados Unidos por 65 días, y pude hacer la campaña porque el gobierno nos dio igualdad de espacios en televisión a César Gaviria, Álvaro Gómez, a Rodrigo Lloreda y a mí. Quedé de tercero con 750 mil votos y les gané a los conservadores oficialistas. Ese mismo día de mayo de 1990 se votó la llamada “séptima papeleta” y se abrió paso a lo que sería la Constituyente.

En ese marco se produjo la decisión de otros grupos guerrilleros -el EPL, el PRT y el Quintín Lame- de firmar también acuerdos de paz con el gobierno. Hubo así mismo una propuesta al gobierno de la llamada Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar de incorporarse a la vida civil a cambio de treinta asientos (adicionales a los setenta elegidos por voto popular) en la Asamblea Constituyente, propuesta que entiendo que el gobierno desestimó. Nuestro éxito político estuvo a punto de convertirse en el motor de la paz total de Colombia.

En el servicio público: 1990-2006

Una vez elegido y antes de su posesión, el presidente César Gaviria promovió un acuerdo político para sacar adelante la Asamblea Constituyente y para conformar un gobierno de unidad nacional.

El acuerdo lo firmamos cuatro fuerzas políticas: el Partido Liberal, el Conservador, el Movimiento de Salvación Nacional (encabezado por Álvaro Gómez) y la Alianza Democrática M-19 (organizada con dirigentes del Eme y otros sectores de izquierda democrática), fuerzas que habíamos conseguido más del 98% de los votos en las anteriores elecciones presidenciales.

En este contexto -y no como resultado de los acuerdos de paz- al posesionarse como presidente, en agosto de 1990, Gaviria me nombró ministro de Salud. La mía fue una gestión efímera, de diez semanas. Efímera pero eficiente. En las encuestas aparecí como el “ministro estrella” y así consta en los periódicos de la época.... Puse a andar la Superintendencia de Salud, senté las bases para un programa nacional de agua potable y metí en cintura a los mataderos que se creían intocables.

Me fui del Ministerio para lanzarme a la Constituyente. Para Gaviria no fue ninguna sorpresa porque en eso habíamos quedado.

Me lancé como primer renglón de la lista de la Alianza Democrática M-19 a la Asamblea Constituyente. Esa lista parecía el “sancocho nacional” del que hablaba Bateman... Y de lejos fue la más votada en diciembre de 1990: consiguió el 27%, el porcentaje más alto conseguido en la historia colombiana por una fuerza de izquierda.

La revocatoria del Congreso y la convocatoria a elecciones fueron el gran éxito político de la Constituyente. Lo anunciamos quince días después de empezar las sesiones.

El 4 de julio de 1991 se proclamó la nueva Constitución, la primera en nuestra historia producto de un amplio consenso y no de una victoria militar, una Constitución política para la Colombia del siglo XXI, Fue un momento inolvidable, más incluso que la firma de la paz, por ser la culminación de un esfuerzo colectivo sin antecedentes en la historia de Colombia. El país entró en la onda de que todo podía ser mejor.

En las elecciones siguientes para el “nuevo Congreso”, en 1991, la lista de la AD M-19 fue la más votada, con el 9%, seguida de la encabezada por Andrés Pastrana, con el 8%. Sin embargo, la llamada “operación avispa” (múltiples listas liberales y conservadoras clientelistas) consiguió las mayorías en el Congreso. Esta victoria, magnificada hasta por nosotros, fue un punto de inflexión que no supimos superar.

En 1994 nuestros congresistas hicieron cuentas alegres y se lanzaron en operación avispa. Conclusión: quedamos con cero senadores y un solo representante a la Cámara. Angelino Garzón y yo tratamos, sin éxito, de pararla. Pero la norma constitucional permitía muchas listas por partido. Si no hubiera sido así, con los votos de 1994 habríamos elegido seis senadores.

Ese año me lancé nuevamente a la presidencia y obtuve el 4% por ciento de los votos. Y habría sacado menos de no haber sido porque me colé al debate de Andrés Pastrana y Ernesto Samper que organizaron María Isabel Rueda, María Elvira Samper y Yamid Amat.

De 1995 a 1997 fui alcalde de Pasto y me seleccionaron como el mejor alcalde del país porque administré bien y porque aproveché esa segunda oportunidad en la política que me dieron los pastusos, por lo que les agradezco mucho.

¿Qué hice? Puse en marcha diez fórmulas que a usted le sonarán a carreta típica de político, pero que funcionaron de maravilla. No robé. Establecí un sistema de control interno tan eficiente como el de las auditorías de la empresa privada. Hice licitaciones públicas incluso en casos donde la ley no las exige. Me comuniqué siempre con la gente, para lo cual tuve un programa de radio todos los domingos, recibí centenares de personas sin cita previa todos los jueves y salí a caminar por los barrios todos los fines de semana.

Una de las claves de la alcaldía fueron los cabildos, en los que decidíamos junto con la comunidad de los corregimientos (hoy se aplican también en las comunas de la ciudad) cómo distribuir el presupuesto del año siguiente.

Otro éxito residió en que para financiar la pavimentación de calles pedíamos a la comunidad el 50% del costo. Era como en el juego de la pirinola: “Todos ponen.” Arreglamos un montón de calles. Por si fuera poco, con el mismo sistema construímos el único peaje del país en una vía terciaria. También organicé empresas mixtas con capital municipal y del sector privado. Operan muy bien.

Pero quizás lo mejor de todo fue que aprendí a cobrar el impuesto predial. El secreto estuvo en preguntarle a la gente cada cuánto quería que le pasáramos la cuenta. Firmamos veinte mil convenios de pago en una ciudad que tiene como sesenta mil contribuyentes. La recaudación se duplicó. Hice más cosas por la gente pobre en tres años como alcalde de Pasto que en dieciséis años en la guerrilla. Por eso es que, cuando me dicen cómo sería un gobierno mío, contesto: “Pregúntenle a los pastusos”.

En 1998 fui elegido como representante a la Cámara por Bogotá y en 2002 como senador de la República. En este tiempo he participado activamente en la aprobación de la mayoría de las principales leyes, cooperando para mejorarlas o haciendo oposición a las inconvenientes. Y he defendido con ahínco el espíritu de la Constitución del ’91, que enfrenta enormes embates. Pienso que si bien la Constitución debe irse reformando, como todo cuerpo vivo, su estructura está hecha para muchos años y que son pocos los cambios sustanciales que pueden hacérsele, porque su esencia es la ampliación de la democracia.

He ejercido el control político, que permite analizar con profundidad los temas y señalar cambios necesarios o denunciar irregularidades. Un debate bien organizado es ilustrativo. De los que he hecho me gustó el del Transmilenio no sólo porque pudo demostrarse que las lozas rotas eran el resultado de la irresponsabilidad de los cementeros y del gobierno de Peñalosa, sino porque aprendí los mecanismos que usan los transportadores para monopolizar el negocio. También fueron buenos debates los que realicé sobre los auxilios parlamentarios, sobre el Plan Colombia y sobre el sector lechero.

También he trabajado de manera continua por el logro la paz en Colombia, en la búsqueda de una salida negociada a nuestro conflicto. Fui miembro de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes y he sido miembro de la Comisión Facilitadora de los Diálogos con el ELN.

Pienso que el nuestro es un conflicto político-militar de carácter histórico y rural y que su solución definitiva sólo se conseguirá mediante una negociación seria, producto de una presión política y militar que le demuestre a la guerrilla dos cosas: primero, que no puede ganar la guerra; y segundo, que existen salidas políticas. Tales han sido los ejes de mis propuestas, de mis intervenciones y de mis escritos respecto del tema.

Quizás en lo que mayor energía he invertido, y de manera más consistente, en los últimos años, es en cambiar la política y las costumbres políticas, en tratar de instaurar un régimen serio de partidos y condiciones equitativas de acceso a la política. Porque estoy convencido, totalmente convencido, de que en Colombia se necesita la organización política, se necesitan partidos fuertes, se necesitan programas e ideologías que los distingan. Estoy convencido de que la dispersión tiene que ser superada para avanzar creativa y colectivamente, porque la dispersión de la política, de las organizaciones políticas, definitivamente empequeñece y envilece la política de un país y de una sociedad.

He participado de manera protagónica en la modificación del régimen político y electoral, y de esta manera he puesto mi grano de arena en el desarrollo de una democracia que dista de ser perfecta, pero que cada vez va dando más espacio al ciudadano que no reacciona de modo clientelista, sino que busca propósitos, representantes de intereses generales, soluciones globales a los problemas de la sociedad. Para este ciudadano la renovación política todavía ha de explorar nuevos y más anchos senderos hasta que nuestra democracia alcance su mayoría de edad y nos cobije a todos en igualdad de condiciones.

Acompañar a ese país que no se detiene en su voluntad de cambio pacífico ni deja de soñar con un futuro de paz, de equidad, de progreso, de bienestar: así sintetizaría el esfuerzo y el compromiso personal de todos estos años.


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