Pinochet vive"Murió Pinochet y como en vida, dividió a Chile. Las palabras incendiarias de su nieto militar en el entierro y las del general Ricardo Hargreaves, comandante de la Guarnición de Santiago, también elogiando al exdictador, así como la posterior y fulminante destitución de los dos, ilustran las dos caras de una nación aún desgarrada por las heridas de su nefasto régimen.
No fue cualquier dictadura. Tampoco fue la primera (Brasil), ni la más cruenta (Guatemala), ni la más larga (Paraguay). Pero sin duda, se erigió como el máximo símbolo de toda una era en América Latina.
Pinochet, como ningún otro, retomó de frente las formas y símbolos del fascismo y el franquismo, desde su atuendo personal hasta los desfiles públicos. A diferencia de otros regímenes militares de corte nacionalista, en lo económico fue pionero en la imposición autoritaria del modelo neoliberal. Así como el 11 de septiembre del 2001 sacudió al mundo, el golpe que él dirigió el 11 de septiembre de 1973 tuvo hondas repercusiones en toda América Latina, ya que no sólo derrocó la democracia más sólida que existía en la región sino que abortó y aplazó por una generación el ascenso de la izquierda al poder por la vía electoral.
Es verdad que murió en la impunidad, huyéndole al juez Garzón con la complicidad de los ingleses, utilizando su salud para ganar tiempo y nunca viendo la cárcel que pocas personas en el mundo han merecido más que él. Pero no es menos cierto que murió en desgracia y abandonado.
Abandonado por muchos de sus propios seguidores, no por las atrocidades cometidas, las que niegan o justifican, si no por la fortuna que amasaron él y su familia en oro guardado en Hong Kong.
Abandonado por la amplia mayoría de sus compatriotas, que lo derrocaron en las urnas en 1988 y este año eligieron a una mujer víctima de sus crueles torturas como presidenta, quizás el mejor castigo para él.
Y abandonado por USA. Pese al haber sido el producto de la política de contención al comunismo orquestada por la CIA, el laboratorio más importante de los Chicago Boys y el más fiel aliado de Washington durante la Guerra Fría, el gran ausente en los funerales fue el Tío Sam. Como con tantos ex colaboradores -Noriega, Hussein, Bin Laden, Diem, Somoza, entre muchísimos otros- que han desechado al término de su utilidad. Ni Kissinger tuvo el detalle de enviar corona ni Bush fue capaz de mandar su condolencia.
Pinochet ha muerto, pero lo que representó sigue vivo. Si bien hay gobiernos democráticamente elegidos a lo largo y ancho de América Latina, muchos de ellos de izquierda, el tamaño, poder y privilegios desproporcionados de las Fuerzas Armadas en numerosos países siguen estando intactos. La democratización no ha conllevado a la correspondiente desmilitarización. Con contadas excepciones, millares de violaciones a los derechos humanos y delitos de lesa humanidad cometidos en nuestro continente por los Estados siguen en la impunidad.
Pese a no haber tenido los golpes y gobiernos militares que dominaron a Latinoamérica en los setenta y ochenta, es tristemente en Colombia donde la derecha asesina se ha expresado ayer y hoy con mayor fuerza en el continente. Su cara más visible y grotesca es el paramilitarismo que se desnuda cada día más en su complejidad.
Hasta ahora, la labor invaluable de la Corte Suprema y la Fiscalía se ha encaminado principalmente hacia la infiltración en el DAS, los nexos criminales con la clase política de la provincia y uno que otro empresario del fútbol. Pero, ¿dónde están los militares?
Se trata de una pregunta lógica a la luz de la larga historia de estudios de prestigiosas organizaciones como Human Rights Watch ( La Sexta Brigada, 2001), varios informes del Departamento de Estado y juzgamientos de la propia justicia colombiana, que indicarían al menos la sospecha razonable de que los vínculos entre paras y militares existieron y puedan aún existir.
El propio presidente Uribe, el 20 de octubre, tras al atentado en la Escuela Superior de Guerra, dijo: “¡Que aquellos integrantes de la Fuerza Pública que tengan complicidades con el paramilitarismo, que renuncien, antes de que sean llevados a la cárcel!”. Desconozco si alguno haya renunciado o esté en la cárcel.
Chile nos enseña que la impunidad sólo engendra mayor odio, recriminación y discordia nacional. El juzgamiento de los elementos de las fuerzas de seguridad del Estado que tengan relación con el paramilitarismo es esencial no sólo para lograr el desmonte verdadero de sus estructuras criminales sino sobretodo para fortalecer la legitimidad de la Fuerza Pública.