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Opinión
Sola... y entre lágrimas
Tomado de Hoy, Diario del Magdalena
Jueves 27 de enero de 2005

Santa Marta.- Después de los aterradores sonidos de los disparos que sacudieron el silencio de la noche, el miedo se le trepó por su inocente mirada. Su cuerpecito con apenas 6 añitos de vida y un metro de delgada estatura y semioculta tras la puerta violentada unos minutos atrás, experimentaba el temblor del escalofrío que produce la cercanía con la muerte. A pesar del temor pudo más el llamado de la sangre esparcida por sus padres a lo ancho de la arenosa calle y salió a encontrarse con lo quedaba de ellos. Sus cráneos reventados por las cobardes descargas asesinas la inmovilizaron por unos instantes, ahogando sus gritos. Luego el llanto la invadió y los abrazos dados antes de acostarse por los seres que encarnaban su amparo, en su mente adolorida, los grabó por siempre.

Cuando sus ojitos verdes observaban los intempestivos movimientos de las siluetas sacándolos a empujones de la alcoba, presagió sus muertes. Ahora al verlos tendidos boca abajo con las cercanías de sus manos abiertas como queriéndose aferrarse uno a la vida del otro, desconsoladamente comprobaba sus sospechas. Minutos después ese mismo miedo la impulsó a correr despavorida hacia el interior de la vivienda. Los ecos de una nueva descarga unos metros adelante la impulsaron a refugiarse. Un hermano bañado en sangre tocaba el suelo a la vez que la vida se le escurría entre los montículos de arena pisoteados por las botas de los verdugos.

Han transcurridos cinco años a partir de su desplazamiento. Cinco años desde aquel triste amanecer cuando cargando su debilidad e incomprendido dolor; con escasos trapos, sin un último adiós a sus muertos, sin saber el lugar escogido para las tres tumbas y aferrada de la mano de una hermana junto a sus cinco hermanitos, les tocó abordar la chalupa para escapar del horror. Dejando atrás el alegre despertar entre los revoloteos y el dulce canto de los pájaros, los hermosos arcos iris con raíces entre aguas salobres, las risas y sus juegos de muñecas, las oscuras noches entre relampagueantes luciérnagas y la humilde, pero propia vivienda, en el corregimiento de Santa Rita, municipio de Remolino en el departamento del Magdalena.

Cinco años cumplidos entre sueños donde vuelve a abrasarse con sus padres y afirma sentir el envolvente arrullo de la ansiada protección. Sueños acabados entre lágrimas que le muestran su cruda realidad y las secuelas del desarraigo talladas en su creciente alma.

Desde entonces en las mañanas, medio tapando su infantil desnudez y en ocasiones descalza, sale cargando sobre su preadolescente cabecita cubierta de cabellos dorados, la doble responsabilidad de vender los peces acomodados en la bandeja plástica y de su venta sacar lo justo para poder calmar el hambre que amenaza con carcomerle su estómago y el de los sobrinos; con quienes comparte su albergue: Un reducido espacio armado con mangles, forrado en plásticos, alzado sobre terrenos robados a las cenagosas aguas del río grande de la magdalena, cuando éste toca a Santo Tomás en el Atlántico y, donde la indigencia como amo y señor organiza a diario sus vidas.

María Paulina, junto a lo que queda de su familia y añorando a sus otros hermanitos -separados como estrategia de supervivencia- desprotegidos, sin saber la verdad, sin castigo para los asesinos de sus padres, llevan cinco años esperando una respuesta acompañada de las reparaciones económicas que alguna vez y mientras escribía un cuento de tarea para su escuela, a la luz de una vela y asediada por nutridos mosquitos, escuchó prometer en la radio.

Pregunto, ¿Si el Estado Colombiano hace parte de los países firmantes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por qué tarda y en ocasiones olvida su razón de ser: la obligación de defender y proteger a sus ciudadanos? ¿Será que a ésta niña con escaso tiempo para jugar y estudiar y a los “restos” de su familia en esa infernal noche, el Estado los habrá dado por muertos?

P.D. Declaración Universal de Derechos Humanos. Articulo 25.

1. “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; asimismo derecho a los seguros en caso (...) de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”.

2. “(...) Todos los niños (...) tienen derecho a igual protección social.”


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