Bogotá-. No quería escribir sobre Turbay. No me sentía capaz de hacer mayores elogios, como se aconseja en los obituarios. No me parecía de buenas maneras a la hora de la muerte acendrar la crítica. Pero me encontré con una frase de Antonio Navarro en la que calificaba de estadista al ex-presidente que acababa de morir y no pude evitar el empujón. No pude eludir una referencia a la vida de una persona que por tan largo rato marcó la vida nacional.
Hay deudas personales y políticas que los seres humanos debemos honrar. Navarro estaba obligado por la gratitud a reconocer el papel conciliador que jugó el presidente Turbay en la toma de la embajada dominicana. Sobre todo si se compara con la actitud que luego asumiría el presidente Betancur en la toma del palacio de justicia. La tragedia indecible que se vivió en le palacio engrandece la salida pacífica que se le brindó al episodio de la embajada.
Pero un acto noble no ennoblece por siempre la vida de un hombre, ni un acto vil envilece por siempre la vida de un hombre.
Turbay tuvo ese rapto de lucidez y de bondad y tuvo también otras virtudes como una inteligencia natural y una tenacidad proverbial que lo llevó desde abajo, desde la más pura ascendencia popular, a las cumbres del poder. Pero también encarnó los peores vicios de la política colombiana. Aquellos que le han impedido al país salir de la violencia y construir una democracia incluyente y moderna.
Se les olvida a los editorialistas y columnistas de hoy, que en la década del setenta, cuando Turbay acariciaba la cima de su carrera política, era calificado por los críticos más serios y por los políticos más respetables, como el padre y maestro del clientelismo, de aquella forma de corrupción política que sugiere y alienta todas las demás maneras de saqueo al erario público. No es sino echar un vistazo a Nueva Frontera la emblemática revista que lideró Lleras Restrepo, o a las páginas editoriales del Espectador, o a varios columnistas del Tiempo.
Se les olvida que fue uno de los primeros políticos que apareció en notas de prensa y en portadas de revistas como beneficiario de dineros de narcotraficantes.
Se les olvida que fue el presidente Turbay quien llevó el estado de sitio a su más dura condición mediante la expedición del “estatuto de seguridad” y fue en ese tiempo cuando el encarcelamiento arbitrario, las torturas, las desapariciones forzadas y la intimidación se hicieron política de estado y causaron estragos en los derechos humanos y en la democracia a lo largo y ancho del país.
Es comprensible la desmemoria de muchas personas ahora también visiblemente acomodadas en las sillas del poder o simplemente con un tiquete de regreso de sus posturas críticas de antaño. Pero no entiendo que uno de los candidatos de la izquierda se inscriba en tamaño falseamiento de la historia.
No se de donde saldría la noción de estadista. Los diccionarios tienen la versión bastante simple de “versado en asuntos de estado”. Pero en el medio colombiano se entiende como el ideal del político. Como el punto inalcanzable del altruismo, del desinterés personal, como el esfuerzo inmenso por dejar una huella noble y perdurable en la historia del país. Cultor de ideas, forjador de reformas, apasionado defensor de la ética pública.
No veo por dónde se le puedan acomodar estas nociones al ejercicio político del presidente Turbay. En cambio entiendo que el reto de la izquierda es acercarse aunque sea un poco a estas virtudes. Entiendo que el esfuerzo de la izquierda se concentra en superar las mañas, trampas y transacciones indecorosas de la política nacional. Entiendo que la palabra debe tener algún valor y se convierte en acción en los labios de un político que además está en campaña por la presidencia.
No entiendo además que la reconciliación de los colombianos tan vital para la paz y la reconstrucción del país impliquen borrar las diferencias políticas y éticas. Yo por ejemplo no tengo el más mínimo rencor con el presidente Turbay y le rindo homenaje en su tumba por ese noble acto de evitar la muerte de numerosas personas en la embajada dominicana.