Bogotá-. Suena sospechoso, en primer lugar, el término de unidad cuando se habla de política; tiene un significado ambiguo. La Real Academia de la Lengua trae dos acepciones principales: una, es lo contrario a la división; y otra, es sinónimo de conformidad. Para no hablar de unidad de cuidados intensivos, unidad de acción, unidad monetaria o unidad militar. Cualquiera de estas variaciones debería alertar al país sobre el contenido del tamal que cocina el uribismo. Se complica la cuestión, en segundo lugar, cuando la unidad es la de un partido político. No es una unión, una asociación que tiene sabor a movimiento, sino una forma de organización contraria a la controversia y que exige la conformidad. Es decir, hasta aquí se trata de un organismo de corte autoritario. En tercer lugar, indudablemente el término más inquietante es el nacional.
Es evidente que no se trata de unificar al uribismo, ni siquiera al Partido Liberal, sino a la nación entera bajo una estructura política -es decir, de poder-. La combinación de estos tres elementos para formar el PUN habla del talante de Uribe y de toda derecha radical: autoritaria y ambiciosa. Lo que se nos está anunciando es un partido autocrático que no acepta disensiones, ni debates, y que es por esencia contrario al pluralismo. La cercanía de uribismo con unanimismo es peligrosa. Y no podría ser de otra manera, tratándose de una organización que tiene como bandera principal -si no única- la guerra a muerte contra las guerrillas y por ahí derecho, por la derecha, suprimir toda inconformidad popular. Tarde o temprano el PUN, de mantener su objetivo, tendrá que adoptar formas militarosas como las que adoptó el nacional socialismo en la Alemania de los años 30. Ya Uribe ha hecho de los emblemas patrios logos de su movimiento, y más repugnante aún, el sombrero vueltiao se ha convertido en un símbolo de alianza con los paras. Y ni hablar del aguadeño o del poncho, que usa galanteado a ver si alguien lo pisa.
A Uribe le sonó la flauta con la figura de seguridad democrática, aunque no sea ni lo uno ni lo otro, ni por supuesto una estrategia eficaz para derrotar a un fenómeno que más que militar es social. Pero el nuevo partido se empeñará en la guerra y en ese campo toda duda, toda discrepancia será considerada -y castigada- como una traición a la patria. Ya lo está comenzando a ser, pero, consolidado el nuevo partido, la cosa será más agresiva. Y lo será porque a pesar del mensaje que Santos envía, con el rechazo filisteo, a Eleonora y a Rocío, los verdaderos cuadros del nuevo partido serán los llamados reinsertados y los que no lo son mucho. Estas “estructuras” serán el alma de la unidad nacional. Tal como van las cosas, las cosas van hacia la conformación de nuevas Convivir o de unidades políticas y paramilitares parecidas a las de la Falange española.
La unidad nacional para serlo no busca enemigos sólo nacionales e internos como pueden ser las guerrillas. O los comunistas, o los judíos, o los masones, o los protestantes, sino que se requiere, para que el término nacional adquiera todo su esplendor y significado, de enemigos externos ojalá vinculados a los internos. Fue el caso en Alemania, Italia y España de los años treinta y cuarenta; fue el caso también de Laureano Gómez en la misma época. Y la condición pinta cada día más clara: Venezuela y Ecuador podrían convertirse en blancos de esa malhadada unidad nacional que se propone la derecha radical colombiana. Santos sueña con ser nuestro Churchill y para serlo necesita enemigos y ha encontrado en Chávez el argumento para convocar una cruzada. Uribe ha dado muestras de ser un peón de EEUU en el tablero latinoamericano, y si las cosas se complican con nuestros dos vecinos -o con Brasil, o con Bolivia, o con Argentina, o con Uruguay o con México, o con Panamá-, la Unidad Nacional utilizará estas tensiones creadas por el empecinamiento bélico -o el fundamentalismo ideológico- en una enseña patria. De salirle bien a sus creadores, el PUN será el caballito de batalla para sacar la guerra de madre; se convoca a la unidad nacional sólo cuando hay enemigos poderosos a la vista que para enfrentarlos se requiere la unanimidad absoluta en los propósitos y en la organización. Es otra manera de imponer la dictadura, que en nuestro caso sería civil como la de Bordaberry en Uruguay por allá en los años setenta.