Porque es posible una sociedad plural, democrática y justa, comprometámonos todos con un Estado Social de Derecho.
Es cada vez más preocupante la transformación (léase degradación) que ha sufrido la Democracia en nuestra sociedad. Cornelius Castoriadis [1] durante su intervención en el encuentro internacional “La estrategia democrática” , la definió como el régimen en que lo público se hace verdadera y efectivamente público, perteneciente a todos y abierto a la participación de todos. Hoy, por el contrario, se mira como un mero procedimiento, por demás alejado del futuro económico del país.
En relación a esa tendencia de reducir la Democracia a una simple cuestión procedimental, me parece acertado traer a colación la categorización que Max Weber [2] hace de los políticos, de acuerdo con su forma de hacer la política. El ciudadano común ha renunciado al papel preponderante que tiene en el diseño de su propio destino, y deposita todo su “poder” en la “sabiduría superior” de quienes (por razones que no siempre son las más sanas: el hambre, el miedo o el amiguismo) lo representan en el gobierno. Se ha convertido en un “político ocasional”, limitando su accionar a votar, aplaudir o protestar en una reunión política.
Hay quienes incluso ni siquiera votan. Se está volviendo costumbre y no sólo en nuestro país, sino en el mundo entero, que quien gana las justas electorales es el abstencionismo, perdiendo así los ciudadanos la posibilidad que brinda la democracia de influir en la distribución del poder.
¿Será que para las gentes el poder ha dejado de estar en las urnas? ¿Será que no les parece importante que clase de personas eligen para gobernar? Si las cosas andan mal, ¿ignorar la situación hará que mejoren? abstenerme no facilitará acaso que los corruptos sean más corruptos? Si es que consideran que a través del voto no logran expresar todo lo que sienten en relación con los asuntos políticos ¿Por qué tampoco buscan otros mecanismos menos pasivos que la abstención para manifestarse?
Aunque puede haber un marcado desinterés en el tema por parte de las gentes, no entendiendo como las prácticas políticas guardan relación con aquellas cosas que considera importantes, como gozar de un buen servicio de salud, tener acceso a la educación, a un empleo, a una vivienda digna, etc.; me atrevo a decir que la gran mayoría, más que desinterés, siente frustración, impotencia y escepticismo. Aunque esa falta de participación al mismo tiempo contribuya a generarlo. “No creo que se pueda separar la política del grado de participación o no participación de la gente en el proceso...[cuando] la gente no participa, se contribuye a crear una atmósfera de escepticismo” [3].
Pero no todo es apatía por la búsqueda del bien común, porque al mismo tiempo observamos que existe un grupo de ciudadanos con un claro sentido de civismo. Los cuales, tras haber sido expulsados de la “rosca” política por verdaderos profesionales del clientelismo y la politiquería; no esconden su ira y escepticismo llamando a las actividades que desarrollan, en beneficio de sus comunidades, trabajo “comunitario”, “cívico” o “social”. Se hacen llamar líderes barriales o comunitarios, gestores sociales, pero nunca políticos. Esta tan desacreditada la actividad política que se trata como traidores a quienes siendo de las filas “comunitarias” tienen la osadía de aspirar a cualquier cargo de elección popular.
Pese a todas las críticas que la gente pueda hacer a la “clase política”, y si bien es cierto es galopante el desprestigio de la política frente a la opinión pública, hay que reconocer que los ciudadanos también tienen responsabilidades y que evadirlas o ser negligentes en su cumplimiento no provocará cambios fundamentales. Antes por el contrario se destruye el potencial de la democracia.
Debo resaltar que el primer paso para participar de una política democrática no es el voto, sino la reflexión sobre la clase de sociedad y el país que se desea. Afirmaba Lechner que “no había que ver la teoría de la política como un discurso sobre los sujetos, sino como una reflexión de los sujetos sobre su constitución”*.
Pero no toda la culpa la tienen los ciudadanos, pues las políticas de estado que directa e indirectamente generan concentración de ingresos y reproducen condiciones de pobreza, con su subsecuente exclusión social, reducen las posibilidades de que los ciudadanos participen en procesos democráticos que vayan más allá de depositar su voto. Un grupo de profesionales de la Contraloría General de la República anotó que “sin contenidos reales de democracia económica y social, los ciudadanos pueden votar, así sea con escasa información, pero no podrán ejercer debido control a la gestión del Estado, ni ser partícipes de la formulación de las políticas públicas y mucho menos ser protagonistas de formas de acción colectiva que impliquen transformaciones sociales con contenido democrático” [4].
Pero una sociedad democrática necesita, para su subsistencia y buen funcionamiento, individuos conformes a ella, que produzcan y reproduzcan en la medida de lo posible una sociedad libre y justa, una sociedad de individuos autónomos, cívicos, generadores de energía y poder político y público. “Tales individuos sólo pueden ser formados dentro, y a través de una paideia democrática, que no brota como una planta sino que debe ser un objeto central de las preocupaciones políticas” [5].
Veámoslo ahora a la luz de los que hacen de la política una profesión. O se vive “para” la política o se vive “de” la política [6]. Aclaro de antemano que no es mi interés que los ciudadanos vean a su partido sólo como un medio para lograr un cargo, pues nada resultaría más descabellado, consciente además de que no todos los sujetos que conforman una sociedad pueden, ni deben esperar ser contratistas, funcionarios o empleados públicos, ni mucho menos deben pretender percibir ingresos irregulares o ilegales provenientes de propinas o cohechos.
Lo anterior sin detrimento de aquellos que se preparan para ser funcionarios profesionales, especializados, supremamente honorables e incorruptibles, que son garantía de un aparato estatal competente e integro. Pero en esta ocasión me ocuparé del común de los ciudadanos, que si bien es cierto no todos pueden vivir “de” la política, si pueden vivir con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”. Para mí vivir “para” la política no es más que orientar nuestra vida hacia la instauración de instituciones deseables que dependen claramente de acciones colectivas y explicitas*.
Entendiendo pues que la salida frente a aquello que no es lo que nosotros esperamos que sea no es encogerse de hombros, sino asumir responsabilidades sobre ello, estamos todos llamados a reinventar la política, a hacer de ella mucho más de lo que muestran los medios masivos. Nuestro país necesita una reforma estructural de la política. Pero no podemos esperar que grupos clientelistas hagan reformas anticlientelistas. Nos corresponde a nosotros los ciudadanos castigar la compra de votos no votando por los que patrocinan tal práctica, votar masivamente entendiéndolo como un deber y una expresión de soberanía y de libertad y prepararnos para colaborar al máximo con el logro de garantías frente a la parcialidad de los tribunales electorales.
[1] Iniciativa socialista, No. 38, febrero 1996. Cornelius Castoriadis, de la Ecole de hautes études en sciences sociales de París, es uno de los más importantes pensadores contemporáneos. Este texto recoge su intervención en el encuentro internacional “La estrategia democrática”, Roma, febrero 1994, cuyas ponencias fueron recogidas en el libro La estrategia democratica nella società che cambia, Ed. Datanews, Via S. Erasmo 15, 00184 Roma, mayo 1995.
[2] WEBER, Max expuso esta idea en una conferencia pronunciada por invitación de la Asociación libre de estudiantes de Munich, durante el invierno revolucionario de 1919, dicha conferencia, formaba parte de un ciclo, a cargo de diversos oradores, que se proponía servir de guía para las diferentes formas de actividad basadas en el trabajo intelectual, a una juventud recién licenciada del servicio militar y profundamente trastornada por las experiencias de la guerra y la posguerra. El autor completó más tarde su exposición antes de darla a la imprenta y la publicó por vez primera en su forma actual durante el verano de 1919.(Nota de Marianne Weber, en Heidelberg, agosto de 1926).
[3] MATHEWS, David. Política para la gente. Colombia. © David Math ews 2004, © Fundación Katering 2004. © Biblioteca Jurídica Diké 2004. p 348.
[4] COLOMBIA. CONTRALORIA GENERAL DE LA REPUBLICA. Colombia entre la Exclusión y el Desarrollo: Propuestas para la transición al Estado Social de Derecho. Bogotá: Contraloría General de la República en coedición con Alfaomega Colombiana S.A., 2002. p 13.
[5] LECHNER, Norbert. Especificando la política. En: Taller sobre Estado y Política en América Latina, del Departamento de Estudios Políticos del CIDE: México: 1981. En: VEGA, Juan Enrique : Teoría y política en América Latina, México, CIDE, 1983, y en Crítica & Utopía, 8, Buenos aires, 1982. p 36
[6] WEBER, Op. cit