Por Cecilia Orozco Tascón  

“Supongamos que es cierto que yo les cobré ($4 mil millones de pesos a los paramilitares)… Si eso fuera así, ¿cuál es el problema?”

De manera retadora y con el cinismo de quien sabe que aquí, aunque todo pase, nada pasa, le contestó Abelardo de la Espriella a Noticias Uno el domingo pasado. Respondía a una pregunta sobre una declaración judicial de alias “El Tuso” Sierra, hecha en junio de 2010, en que lo involucraba.

El alias de “El Tuso” es familiar en los expedientes que reposan en la Fiscalía y en la Corte Suprema porque corresponde al de un narcoparamilitar desmovilizado que, con sus confesiones, ha hecho meter más parapolíticos a la cárcel que ninguno otro de sus compinches. Abelardo de la Espriella, escogido hace una semana por el desprestigiado magistrado Jorge Pretelt como su abogado defensor en el escabroso caso del intento de venta de una tutela que favorecería a la firma Fidupetrol, despachó con esa frase de malandro, las afirmaciones de “El Tuso” que repetiré entre comillas para que no haya lugar a interpretaciones: “Abelardo es un bandido… nosotros en Itagüí, - y de esto le puede hablar Mancuso, si miento-… resulta que hubo una tutela que puso un hombre del Bloque Elmer Cárdenas, del grupo de “el Alemán”, que para la sedición o no sé qué vainas. Este hombre (de la Espriella) nos pidió que 4 millones de dólares, que porque ya tenía todo eso cuadrado en la Corte Constitucional”. Más adelante, “El Tuso” resaltó: “¡Cuatro mil millones valía la ‘tocada’ de los magistrados!”

El declarante se refiere a un suceso ocurrido hacia 2007, cuando los jefes paramilitares negociaban con el gobierno los beneficios que obtendrían en el marco de la Ley de Justicia y Paz. Uno de ellos había interpuesto una tutela para tratar, por esa vía, de reducir el castigo de sus crímenes atroces, por la suave sanción del delito de “sedición”: ganaban años de libertad y estatus político. Según la versión de El Tuso, justo en ese momento, el hoy defensor del magistrado Pretelt llegó al sitio de reclusión de los desmovilizados para ofrecer sus servicios por $4.000 millones ¿A cambio de documentos jurídicos que convencieran al alto tribunal constitucional de sus razones? Con nitidez absoluta, de las frases del exparamilitar se descubre que la multimillonaria suma era para “cuadrar” a los magistrados. O dicho de otra forma, para “tocarlos”.

Transcurridos los años, abordamos al presente: un abogado litigante, como de la Espriella, denuncia que el presidente de misma Corte Constitucional, Jorge Pretelt, le dijo que podía “hablarle al oído” a su colega Mauricio González con el fin de que el fallo de otra tutela resultara favorable a su cliente Fidupretol. Y que esa vuelta costaba $500 millones. Pareciera que hay una línea continua en el curso de algunos procesos del alto tribunal. Al menos tenemos noticia de dos tutelas, la primera, de 2007 y la segunda de 2014, que intentaron ser mancilladas por el billete. Los protagonistas de ambas historias, hoy están unidos: Pretelt, el indiciado, escoge entre los millares de penalistas colombianos, precisamente al que fue denunciado por su anuncio de que podría comprar votos en la corte para torcer el sentido de una sentencia. Dios los cría y ellos se juntan, dice un refrán popular. No es casualidad del destino. Pretelt y de la Espriella tienen muchas similitudes. La frase “¿cuál es el problema?”, podría haber sido pronunciada por Pretelt si se hubiera presentado la ocasión periodística. Y vamos más allá: fíjense en las respuestas de Rodrigo Escobar Gil; y en las de otros “magistrados” durante sus propios líos: Rojas Ríos, Ricaurte, Munar, Villarraga, Escobar Araújo, etc., etc. Palabras más, palabras menos cuando fueron cuestionados todos respondieron, desafiantes: “¿Cuál es el problema?” El problema somos nosotros que permitimos que estos señores sean togados.

Entre paréntesis.- El litigante de la Espriella asegura que “la justicia se pronunció” a su favor en cuanto a las declaraciones de alias “El Tuso” pero no ha demostrado documentalmente que su afirmación sea cierta.

El Espectador, Bogotá.