Por: Eduardo Sarmiento

El acontecimiento económico más sobresaliente de los últimos diez años ha sido la tasa de interés cero. En los planteamientos previos a la recesión de 2008 advertí que la economía mundial había caído en estado de tasa de interés cero, que amenazaba su estabilidad. Más aún, señalé que como consecuencia se había generado una burbuja de altos precios en las acciones bursátiles que no eran sostenibles; su caída podía generar un severo choque de demanda y derivar en una recesión mundial.

En varios libros posteriores expliqué las razones por las cuales la tasa de interés cero precipitó la crisis y controvertía las concepciones dominantes de la ciencia económica. En los textos más reconocidos se considera que las economías son reguladas por la tasa de interés y tienden a un estado de tasas positivas, igualdad entre el ahorro y la inversión, y plena utilización de capacidad y empleo. En este mundo de ángeles, la baja de la tasa aumenta el consumo y la inversión, a tiempo que propicia la devaluación y las exportaciones. El mercado engrasado por la política monetaria conduce a la plena capacidad y empleo.

En el evento que la tasa de interés desciende y llega a cero, el ahorro es mayor que la inversión, lo que significa que el ingreso nacional supera el gasto. La expansión de la producción no encuentra compradores. Los buenos oficios de las autoridades económicas para ampliar el crédito, y así estimular el consumo y la inversión, no funciona porque el público no lo recibe.

Infortunadamente, los centros académicos mundiales se han resistido a reconocer esta realidad. No han hecho mayor esfuerzo para rectificar el error teórico de suponer que el ingreso siempre es igual al gasto. Estados Unidos trató de superar los efectos recesivos comprando títulos del tesoro antes de la madurez para aumentar la liquidez y presionar la tasa por debajo de cero. El dispositivo, denominado relajamiento cuantitativo, deprecia el dólar a cambio de apreciar el resto de monedas. Así, contribuyó a la crisis de balanza de pagos de los países periféricos de Europa en 2011 y luego, en conjunto con la aplicación en Europa, contribuyó a la crisis actual de América Latina. Por lo demás, la movilización de la liquidez a la compra de acciones provocó un alza desproporcionado de las cotizaciones. En la actualidad la relación precio-ganancia se encuentra entre los más altos de la historia, sólo comparable a las registradas antes de la depresión de los años 30 y la recesión de 2008.

El balance es lamentable. La tasa de interés real mundial, tras declinar durante una década, se mantiene cerca de cero. La economía mundial opera en condiciones de demanda efectiva deficiente que mantiene la expansión de los países industrializados en menos de 2 % y causa inestabilidad cambiaria y recesión en los emergentes. Las acciones individuales para aumentar la liquidez y colocar la tasa de interés por debajo de cero reactivan modestamente la producción a cambio de trasladar la contracción a los socios comerciales, elevar los ingresos del capital y deteriorar la distribución del ingreso.

El insuceso lo reconoció la actual administración de la FED, que suspendió el relajamiento cuantitativo. Pero como persiste en la misma teoría de tasas de interés positivas y pleno empleo, ahora procede a elevar la tasa. La política es un total despropósito en un momento de exceso de ahorro, decrecimiento de la industria y deterioro salarial. De seguro, ampliará la brecha entre el ahorro y la inversión, y acentuará las fuerzas contractivas.

La solución de fondo al exceso mundial de ahorro sólo se puede lograr dentro de un marco de coordinación entre los países industrializados y los emergentes y en desarrollo. El problema se trata en el libro Bases para una nueva teoría, que presentaré el 29 de junio en la Feria del Libro.