Por Eduardo Sarmiento Palacio  

En los últimos años la inflación se ha asemejado a un volcán en extinción. En parte como resultado de la globalización, los países están expuestos a un ancla externa que impide el alza de los precios. El problema se revivió en América Latina por la devaluación generalizada de las monedas. Así, en Colombia la devaluación de 70 % provocó una elevación de la inflación que casi triplica la meta del Banco de la República.

La respuesta del Banco de la República ha sido subir la tasa de interés con efectos no perceptibles. El dispositivo no afectó mayormente en la inflación y ha generado serias presiones recesivas. En las proyecciones oficiales aparecen como un fenómeno pasajero, olvidando que la inflación genera fenómenos inerciales que tienden a sostenerla y proyectarla.

La verdad es que el Gobierno no ha podido superar el déficit en cuenta corriente y la devaluación masiva. En Colombia la cuantiosa devaluación adoptada a principios del año pasado determinó una elevación de los precios domésticos que les dio una amplia protección a las empresas para sustituir importaciones. Por lo demás, el alza de los productos intermedios dejó a las empresas exportadoras sin margen para competir en un mercado internacional dominado por los superávits en cuenta corriente y el exceso de capacidad industrial. Es el típico ajuste de balanza de pagos originado por la vía de la inflación y sin mayor impacto sobre las exportaciones. La reducción del déficit en cuenta corriente está supeditada a la inflación y no tiene un sustento estructural en la producción industrial y agrícola. Por lo demás, se desató un alza de la inflación de costos que no se pueden detener en el corto plazo, algo así como dos años, sin una reducción considerable de los salarios que sólo se da en un estado recesivo.

Los hechos se han encargado de demostrar que las economías no pueden dejarse expuestas a variaciones tan cuantiosas, como sucedió con el déficit en cuenta corriente y la devaluación. A la luz de las previsiones de que la cotización variaría entre US$35 y US$50 el barril, no se debió permitir que el tipo de cambio rayara los $3.400 y descuadrara la economía. Las condiciones serían muy distintas si el mercado cambiario se hubiera intervenido dentro de incrementos graduales y una cierta selectividad.

El Banco de la República está fuera de moda. Las prioridades del organismo se concibieron para un mundo de inflación de demanda. Se esperaba que pequeños cambios de la tasa de interés permitieran regular la economía. Pero esto es historia antigua. Luego de la globalización, el mundo pasó a operar con exceso de ahorro y tasas de interés cero, lo que por definición excluye la inflación de demanda. En este momento Europa y Japón no ahorran esfuerzos para elevar la inflación por encima del 2 % y tratan infructuosamente de establecer tasas de interés negativas.

Paradójicamente, en la actualidad la economía enfrenta una inflación de costos ocasionada por el mismo Banco de la República, que no intervino en su momento el tipo de cambio. La elevación de las tasas de interés de referencia que se ha venido aplicando y anunciando, lejos de alcanzar el objetivo, genera severos factores recesivos. Lo cierto es que el papel del Banco de la República no puede estar en causar la inflación por omisión y luego reducirla con recesión. La función del organismo en las circunstancias actuales debe ser regular el mercado cambiario y coordinarse con la política comercial para asegurar la reducción drástica del déficit en cuenta corriente con el menor efecto inflacionario. De hecho, su prioridad se encuentra más en la estabilidad cambiaria que en la inflación.

El Espectador, Bogotá.