Por Eduardo Sarmiento Palacio  

El desempleo aumentó sistemáticamente en los últimos cinco meses. La economía entró en un estado de tasas negativas de empleo que se manifiestan en la industria, la agricultura y la construcción. Las únicas fuentes de trabajo son las actividades inmobiliarias y los hoteles.

El Gobierno dio por sentado que la crisis del empleo estaba resuelta. No advirtió que el descenso del desempleo de los últimos dos años obedecía a un aumento de la tasa de participación, es decir, de retiros de la fuerza de trabajo activa del mercado laboral, que no era sostenible. La creación de empleo en promedio, que ha oscilado alrededor de 500.000 personas por año, se ha reducido en forma sistemática y en la actualidad es negativa.

Se confirmó que el modelo de la minería y servicios no tiene la capacidad para sostener el empleo a largo plazo.

Era muy difícil evitar que el déficit en cuenta corriente de las magnitudes de los últimos años no se llevara por delante el empleo dentro del marco existente. La caída de los precios del petróleo provocó una fuerte contracción de la demanda efectiva que luego se vio acentuada por la devaluación, y no tuvo los efectos anticipados por el Gobierno. El año siguiente se desplomaron las exportaciones de todos los orígenes y se amplió el déficit en cuenta corriente.

Los anuncios de que la minería sería reemplazada por la construcción no han operado. En el primer trimestre se estancó el empleo de la construcción. De un lado, el alza de la tasa de interés y el anuncio de mayores tasas en el futuro y la baja del salario deprimieron las compras de vivienda. Por su parte, el programa de carreteras no ha avanzado. Se repite la historia de que el aumento de los recursos al sector no tiene una manifestación igual en las realizaciones físicas; se quedan en sobrecostos.

Por exclusión de materia, la crisis del desempleo ha quedado por cuenta de la represión salarial. Por enésima vez se vio que la ocupación no es determinada por las remuneraciones sino por la demanda. Los ajustes del salario mínimo por debajo del aumento del ingreso per cápita no contribuyeron al empleo, y en su lugar exacerbaron la distribución del ingreso. La reducción del empleo con baja de salarios acentuó la perdida de participación del trabajo en el PIB e incrementará el coeficiente de Gini.

Los efectos demoledores de la caída de los precios del petróleo se ocultan con la inclusión de Reficar en la encuesta industrial del DANE. Se clama que el proyecto le agregó un crecimiento de 4 % a la producción industrial, cuando la empresa generó pérdidas de $466.000 millones en el primer trimestre. En realidad, se trata de un aspecto contable que se presenta por una sola vez, y está muy lejos de compensar el derrumbe de la producción y el despilfarro de las inversiones petroleras.

El cuantioso déficit en cuenta corriente, el disparo de la devaluación y el alza de la tasa de interés están conduciendo a un estado de difícil retorno. El país ha entrado en un sendero de tasas de crecimiento de menos de 2,5 %, desempleo de más 10 % y deterioró de la distribución del ingreso. El proceso continuará y se acentuará mientras no se regule el tipo de cambio, se revise el sistema arancelario y se frene el alza de las tasas de interés.

La reincidencia del desempleo tiene claras causas estructurales, entre las cuales se destacan el predominio de las commodities y la cartilla del Banco de la República que le concede prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo. En fin, la causa del desempleo estructural es el modelo económico, y la solución es cambiarlo por un nuevo modelo que reoriente el liderazgo sectorial en favor de la industria y la agricultura de cereales, y sustituya la prioridad de la inflación por la estabilidad de la balanza de pagos, el empleo y la producción.

El Espectador, Bogotá.