Por Eduardo Sarmiento Palacio  

En el primer trimestre la economía experimentó una fuerte caída. Los indicadores más representativos entraron en terreno negativo. Las exportaciones, el empleo, las ventas del comercio, la construcción y los despachos de cemento descendieron con respecto al mismo trimestre del año anterior. Como se anticipó al principio del año, la economía entró en un sendero de crecimiento cercano al 2 %, con visos de descender. El Gobierno, el Banco de la República y los centros de estudios afines se equivocaron de nuevo al anticipar que la economía mejoraría con respecto al año anterior.

Definitivamente el país se equivocó durante 15 años en la priorización de las commodities.

Primero, propició una revaluación y un déficit en la cuenta corriente en la creencia de que los precios del petróleo se mantendrían por encima de US$100. Luego dejaron que la caída de los precios del petróleo y la consecuente escasez de divisas dispararan la devaluación. Tan sólo reaccionaron cuando se elevó la inflación. De acuerdo con la cartilla del Banco de la República, procedieron a elevar la tasa de interés en forma persistente, lo que no demoró en frenar el crédito.

La economía se encuentra en el peor de los mundos. Está montada en una devaluación que no reduce el déficit en cuenta corriente y en un alza de la tasa de interés que deprime el crédito. Un error se corrige con otro error. Se configuró un estado en que el déficit en cuenta corriente no es contrarrestado con el crédito privado y el crédito público (déficit fiscal). El resultado ha sido una contracción de la producción y el empleo que se autosostiene y termina en recesión o déficit fiscal no deseado por las autoridades económicas.

El panorama se verá enrarecido por la inminente alza de la tasa de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos. La medida ocasionará salidas de capitales que incrementarán las presiones de devaluación, y dentro del marco existente, significarán mayores tasas de interés.

El país tiene que apartarse de las visiones convencionales que lo llevaron a la devaluación y las altas tasas de interés. En el fondo la prescripción fue la misma de la crisis de 1999 y ha fracasado en la mayoría de los países latinoamericanos. Sin embargo, no se divisa una voluntad para adelantar una política industrial y agrícola que reemplace el predominio del petróleo. La recuperación industrial se origina en la entrada de Reficar que genera monumentales pérdidas y opera con una rentabilidad cinco veces menor a la prevista en la programación. Ni siquiera se accede a rectificar los errores, como sería intervenir el tipo de cambio y adoptar un manejo comercial y cambiario selectivo.

La única solución que se ventila es la ampliación de la construcción, que no es fácil realizar en estrechez financiera. En marzo las licencias de edificaciones cayeron 20 % y los despachos de cemento, 8%. Se repite la historia de que las grandes asignaciones presupuestales para la infraestructura vial no se manifiestan en realizaciones físicas. En los últimos años el valor de las concesiones viales por contratación directa y licitaciones se ha duplicado durante la ejecución.

En un principio el Gobierno señaló que el agravamiento de la crisis por la caída de los precios del petróleo se arreglaría en 2015 y 2016, y ya se percibe que la solución no llegará en lo que queda del año ni en el siguiente. Hasta el momento, los desaciertos en la predicción y la gestión de la política no han sido suficientes para que cambie la orientación macroeconómica. Si el déficit en cuenta corriente no se aminora con rectificaciones de fondo en la concepción y el manejo de la economía, el país continuará durante muchos años con crecimientos de 2% y desempleo por encima de 10%.

El Espectador, Bogotá.