Por Eduardo Sarmiento Palacio  

El Banco de la República anunció en días pasados su propósito de intervenir el mercado cambiario y procedió a vender US$420 millones. La medida fue seguida por el alza del dólar a $3.100.

En mayo 7, en una entrevista a El Espectador, el gerente del Banco de la República señaló que habría sido un gran error defender el nivel del dólar. A los 15 días siguientes cambió de opinión. En desarrollo de la última junta directiva, anunció con bombos y platillos que el Banco de la República intervendría el tipo de cambio y que para tal efecto vendería US$500 millones. Al día siguiente el ministro de Hacienda lo desautorizó. Sin contemplaciones, suspendió la operación cuando iba en US$420 millones y declaró que aplicaría otros procedimientos para controlar la inflación.

La intervención cambiaria requiere un sistema sólido de programación y continuidad. La decisión de vender dólares sólo tiene sentido si al mismo tiempo se señala que el manejo se mantendrá hasta alcanzar el propósito de bajar o sostener el tipo de cambio. Pero si, en su lugar se suspende la operación, la política se torna inefectiva, equivale a quemar en físico los dólares y termina beneficiando a los especuladores.

Las contradicciones y desautorizaciones revelan que el Banco de la República no ha podido reponerse del desacierto de haber promovido una devaluación masiva que colocó la inflación en más del doble de la meta. La solución dentro de la cartilla del Banco de la República ha resultado destructiva. La inflación generada por ellos mismos se ha buscado controlar con alzas de tasas de interés que han provocado el desplome del crédito.

El balance es lamentable. Al cabo de dos años de la caída de los precios del petróleo, el país no ha avanzado en el diagnóstico ni la solución. Por razones que expliqué en su momento, luego de una devaluación del 60 %, el déficit en cuenta corriente se mantiene en 6,0 % del PIB, la inflación y la tasa de interés se duplicaron y el crecimiento de la cartera bancaria se redujo a la tercera parte en términos reales. Estamos ante la típica devaluación recesiva. El empleo dejó de crecer y el producto nacional entró al sendero del 2 %.

El país regresó a mediados del siglo XX, cuando se vio abocado a devaluaciones masivas que terminaban en inflación y caída de la producción y desempleo. En esa época se aprendieron las ventajas del ajuste gradual del tipo de cambio y del tratamiento selectivo de las crisis cambiarias. En virtud de esos dos elementos, el país avanzó en un estatuto cambiario que dejó atrás la crisis cambiaria y le significó en el período 1962-1980 el mayor crecimiento registrado de la historia.

Claro está que el país podía realizar una devaluación expansiva dentro de una concepción que se apartara del modelo universal del FIM, que predice que el aumento del tipo de cambio da lugar a un aumento similar de las exportaciones y contemplara la experiencia histórica. Tal habría sido el caso de una política de abierta intervención en el mercado cambiario para mantener la devaluación gradual y evitar que el dólar no superara los $2.700, establecimiento de condiciones diferentes para las exportaciones industriales y agrícolas, y las importaciones mediante la introducción de un certificado de cambio, el mantenimiento del déficit fiscal y la ampliación del crédito privado.

El país se encuentra ante una encrucijada. No se ha reconocido que la devaluación y el libre cambio fracasaron ni la necesidad de adoptar un esquema diferente al del FMI y las firmas calificadoras de riesgo. Está visto que la corrección al monumental déficit en cuenta corriente y el freno de las tendencias recesivas no se podrá lograr sin la intervención del tipo de cambio, el tratamiento preferencial a la industria y la agricultura, y la expansión del crédito.

El Espectador, Bogotá.