Por Eduardo Sarmiento Palacio  

La economía lleva dos años en un proceso creciente de deterioro e incumplimiento de las metas oficiales. Se ha vuelto costumbre que las proyecciones de los organismos nacionales e internacionales sean modificadas a los pocos días de ser divulgadas. Los errores de haber escogido la minería y el petróleo como locomotoras excluyentes de desarrollo y concentrar la inversión en ellas, propiciar la revaluación durante diez años, devaluar masivamente el tipo de cambio y elevar la tasa de interés, han pasado desapercibidos. Sus efectos demoledores no tienen dolientes, no conducen a la revisión y ni siquiera al debate sobre las causas.

Lo más sorprendente es que el proceso creciente de índices negativos no ha conmovido a las autoridades económicas ni a los centros de estudios cercanos.

Hace un año y medio las cosas se veían mal, pero no tan críticas como hoy. La contracción debida a la caída de los precios del petróleo y su consecuente impacto sobre el déficit en cuenta corriente podía contrarrestarse con la política fiscal y la ampliación del crédito. Por su parte, la intervención en el tipo de cambio, el manejo selectivo cambiario y comercial y la iniciación de la política industrial estaban en capacidad de corregir progresivamente el desajuste de la balanza de pagos.

En su lugar, se procedió a ajustar con el orden económico de cambio flotante, inflación objetivo y regla fiscal, a sabiendas de que en 1999 llevó a la peor recesión del siglo. El libre cambio propició una devaluación masiva que disparó la inflación. Luego, el alza de las tasas de interés para detener la inflación inducida por ellos mismos, desplomó el crédito, que luego de aumentar al 10 % real, pasó a hacerlo al 2 %. El balance macroeconómico se quebró. La demanda efectiva, representada por el consumo, la inversión y el déficit en cuenta corriente, cayó drásticamente con respecto a la oferta y la tendencia histórica. La economía entró a un estado de exceso de ahorro sobre la inversión que se refuerza y precipita la caída sostenida de la actividad productiva. Se configuró una constelación de índices negativos de crecimiento en el consumo, el empleo, las exportaciones, las licencias de construcción, la demanda de energía y la minería. En un año y medio el crecimiento del producto cayó a 2 %.

Lo peor que puede hacerse ante lo descrito es seguir la idea de la Comisión Tributaria de elevar el IVA en 3 % y extenderlo a productos de primera necesidad. La recomendación incrementaría la inflación y acentuaría presiones recesivas.

El país se encuentra ante una severa crisis que ocultan los analistas nacionales e internacionales. La concepción macroeconómica que fundamentó la creación del Banco de la República está haciendo aguas. El libre cambio no corrigió el déficit en cuenta corriente ni reactivó la producción y el empleo y, en cambio, disparó la inflación. La política monetaria de tasa de interés del Emisor no bajó la inflación, pero sí contrajo el crédito y la producción. Se montó un piloto automático que eleva la inflación y pretende contrarrestarla propiciando un deterioro de la economía que tiene todo para terminar en recesión y elevado desempleo.

El prospecto sólo puede evitarse con la visión que propuse hace dos años y no recibió atención. Quiérase o no, se plantea intervenir el tipo de cambio, adoptar un manejo comercial y cambiario selectivo, bajar rápido las tasas de interés y aceptar un déficit fiscal de 3 % del PIB. Y más, pasar de la retórica a la puesta en marcha de la política industrial y agrícola que se abandonó durante la hegemonía neoliberal.

El Espectador, Bogotá.