Por Carlos Gaviria Díaz  

Serios quebrantos produjeron obras como la de Juan Bautista en Italia o la de Herder en Alemania en las que se proponía, en vez del estudio lineal de la historia de la humanidad, el estudio de los ciclos culturales. Puede afirmarse que en el siglo XX esa concepción cíclica tuvo varios representantes, entre ellos, Oswaldo Spengler con “La Decadencia de Occidente” y Arnold Toynbee con “El Estudio de la Historia”. Ambos autores, tanto Spengler como Toynbee, proponen una clasificación de las culturas contemporáneas sin consideración del grado de desarrollo en el que se encuentran.

Spengler identifica unas ocho o nueve identidades culturales mientras que Toynbee sólo trabaja con cuatro. Esta nueva perspectiva de estudiar la historia ha enriquecido bastante el pensamiento humano y ha puesto de presente ya un hecho significativo, que es lo inadecuado de estudiar a la humanidad como un todo en vez de estudiarla como un conjunto heterogéneo de manifestaciones culturales que, dije anteriormente, pueden coexistir, ser coetáneas o contemporáneas, aunque presenten un distinto grado de desarrollo.

La Ilustración hizo mucho énfasis en dicha linealidad. Los estudios de Converse sobre el progreso primario y los de Augusto sobre los estadios de desarrollo de la humanidad, por ejemplo, toman en consideración la humanidad como un todo y estudian la evolución de esa totalidad sin hacer mayores distinciones. Por este motivo podemos decir que la historia desde la perspectiva de los ciclos históricos pertenece a un movimiento paradójicamente contrailustrado. Quienes hayan leído a Berlin, por ejemplo, seguramente conocen su libro “Contra la Corriente” en donde este filósofo -para mi gusto el filósofo e ideólogo liberal más importante del siglo XX, y por lo tanto, un heredero nato de la Ilustración- hace sin embargo un ejercicio provechoso y seductor, a mi juicio un paradigma de honestidad intelectual: en su libro “Contra la Corriente” estudia los exponentes más significativos, más sobresalientes, del pensamiento contrailustrado con el propósito de afinar sus críticas a ese movimiento pero lo realiza de tal forma que no sólo critica ese pensamiento sino que se enriquece del mismo y lo integra a su propia percepción filosófica. Así pues, Berlin hace un estudio muy serio y muy bello del pensamiento de Montesquieu que aunque racionalista era ante todo empirista o también, entre otros, de Maquiavelo o de Herder.

¿Qué pretendo mostrar con estas observaciones iniciales? Pretendo señalar que la humanidad se ha movido en dos direcciones o tendencias diferentes: una tendencia racionalista que podemos llamar “apriorista”, que concibe el desarrollo de la humanidad como un todo y lo reduce a unas determinadas fases o etapas que se pregonan como válidas para toda la humanidad. Y otra perspectiva que, en cambio, divide la humanidad en parcelas o culturas y trata de identificar las características de cada de una ellas y de su propio desarrollo. La primera tendencia, la racionalista o apriorística, triunfa en la revolución francesa. Una muestra clara de esa concepción es precisamente la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. ¿Qué es lo que se hace en 1789? Se elabora un catálogo de los que se conciben como los derechos del hombre y del ciudadano sin consideraciones de tiempo ni de lugar, con lo cual se absolutiza dicha noción de individuo. De esta manera, se le otorgó a los derechos humanos un carácter de verdad apriorística tal y como ocurría en esa misma época con las verdades nacionales o en la Grecia del siglo XI A.C. con el teorema de Pitágoras cuya validez era considerada incontestable mientras hubiera seres pensantes. Así pues, se asimilaban los derechos humanos a esas verdades matemáticas y de ellos se predicaba ese carácter absoluto. Esta concepción tiene indudablemente el sello de un racionalismo y de un apriorismo innegable.

La otra tendencia, que pudiéramos llamar historicista, se fundamenta por su parte en datos empíricos relativos a las distintas comunidades y estudia tanto los comportamientos fácticos de estos grupos humanos como los propósitos y metas que han perseguido. Desde esta perspectiva, esto es lo que hace de la humanidad un todo y por tanto, aunque cada grupo requiere ser estudiado por a parte, obliga a examinar la unidad en la diversidad.

Podríamos decir, simplificando mucho el asunto, que estas dos tendencias se han continuado, se han proyectado en nuestro tiempo y ha nutrido la disputa más importante en el campo de la filosofía política y en el campo de la filosofía moral, al menos desde mi punto de vista, que es el disenso que existe entre liberales y comunitaristas. Sobre este tema se ha escrito mucha literatura y de muy buena calidad debido justamente a su actualidad y su urgencia. Mientras que el liberalismo es universalista, el comunitarismo es historicista y por tal motivo, sus consideraciones políticas y éticas resultan ser irreconciliables para muchos. Sin embargo, como me propongo discutir ahora, sospecho que esas tendencias no son tan irreconciliables como se afirma. Para introducir esta hipótesis voy a hacer referencia a una vivencia eminentemente personal que puede resultar impertinente para el auditorio y que definitivamente carece de cualquier importancia pero que puede en todo caso ser ilustrativa. Como decía, a lo largo de mi vida he sospechado que estas tendencias no son necesariamente irreconciliables. Desde el inicio de mis estudios, he estado comprometido con la defensa de la filosofía liberal. Esa es mi formación filosófica y, sin embargo, la propia filosofía liberal me ha permitido entender, comprender y aceptar muchas de las proposiciones comunitarias. ¿Por qué? En primer lugar, porque creo que hace parte de la filosofía liberal el respeto por el punto de vista ajeno y el esfuerzo por comprender la opción de vida de los demás. Los postulados liberales nos obligan a aceptar que nuestros vecinos no tienen que vivir como nosotros hemos escogido hacerlo ni que tampoco deben compartir nuestros mismos principios y metas. Así, es parte del pensamiento liberal el principio de diversidad y bien podríamos decir que el propio principio de pluralismo, incluido el pluriculturalismo a pesar de que constituye, a mi modo de ver, un paso más avanzado todavía. Recientemente Giovanni Sartori, el gran teórico Italiano de la democracia, escribió un libro sobre el estado multiétnico y multicultural, donde sostiene una tesis distinta de la que yo acabo de enunciar. Yo he dicho que aunque el multiculturalismo constituye un paso más avanzado del pluralismo pertenece en todo caso a la misma línea de pensamiento. Sartori, por su parte, lo niega y por el contrario, afirma que el multiculturalismo es prácticamente la negación del pluralismo. Esta es, a mi juicio, una afirmación extraña para un teórico de la talla de Sartori tan vinculado y tan comprometido con los principios democráticos. Sin embargo, independientemente de lo anterior, se comprende el fundamento de su perspectiva: es la perspectiva de un europeo que repentinamente se encuentra con que su continente o su país ha sido invadido por inmigrantes y que percibe éste hecho como un problema e incluso un obstáculo para el bienestar de Europa y sus países miembros. Por esta sencilla razón, me parece entonces que la política europea está bien representada en ese libro de Giovanni Sartori: una política que sólo tolera al extranjero siempre que se amolde a los patrones y el estilo o la forma de vida europea. Una postura semejante puede ser vista como el producto de una necesidad clara de regulación y equilibrio pero sin duda alguna, también puede leerse como una teoría o como la manifestación o reminiscencia de una teoría según la cual no hay más que una cultura, la occidental con su globalización y su capitalismo, y todo lo demás- como decía Fernando Savater con toda tranquilidad en un diálogo que tuvimos aquí en Bogotá- son curiosidades. Esta es una manera de ver la historia y la humanidad como cualquier otra, que proviene seguramente de la necesidad de la Europa actual de defender sus intereses. Gracias a estas circunstancias es que se formulan teorías como las de Giovanni Sartori o se esgrimen afirmaciones como la del profesor Fernando Savater a quien en todo caso le profeso la mayor admiración.

Si ustedes leen algunos de mis textos, se darán cuenta de que me he convertido casi en un propagandista gratuito de ese libro “La Decadencia de Occidente” de Oswaldo Spengler. En varias ocasiones he dicho que además de ser un libro muy bello -que lo digo desde mi gusto particular y personal- es un libro sumamente útil e impactante para cualquier lector. ¿Por qué? Porque es un libro escrito durante el periodo de entreguerras por un europeo, más exactamente un alemán, donde se enlista a la cultura occidental como una cultura más y se le confronta, por ejemplo, con culturas antiguas como la griega, la romana, la egipcia, la india, la babilónica y, fíjense la sorpresa, la cultura americana. A través de esta morfología que él hace de la historia universal Spengler defiende el relativismo y el escepticismo histórico. A su juicio la historia carece de un sentido o un propósito definido, y sólo el relativismo que persigue el curso histórico puede explicar que una manada de arcabuceros, que no sabían lo que hacían, hubieran destruido una cultura tan importante como la cultura americana. Al respecto, afirma que en la corte de Monctezuma había estadistas tan importantes como los de la corte de Carlos V y que los astrónomos y los matemáticos mayas era geniales porque, por ejemplo, ya utilizaban el cero.

Naturalmente los mayas no estaban inmersos dentro de la cultura occidental sino que constituían una cultura completamente distinta. Augusto Monterroso, uno de mis autores predilectos por muchas razones, escribió con una sorprendente economía verbal y sin retórica alguna un cuento hermoso, como todo lo suyo, que se llama “El eclipse de sol”. En este relato el personaje principal que se llama algo así como Fraile Hernando de Sarrazola se despierta acostado en una piedra de sacrificio en medio de una selva tropical americana y sospecha, con toda razón, que lo van a matar. Estando ahí amarrado, recuerda que ese día hay un eclipse total de sol. Así pues solicita entrevistarse con el jefe de la comunidad y, para evitar su ejecución, le informa de forma amenazante que si lo sacrifican el sol se va a ocultar en señal del castigo que habrán de padecer por darle muerte. A los pocos minutos, continúa el cuento de Monterroso, de la cabeza de Fraile Hernando de Sarrazola goteaba sangre sobre la piedra sacrificial mientras el jefe de la tribu repetía en voz baja y en un lenguaje monótono las predicciones de eclipses totales que ochocientos años antes habían hecho los astrólogos mayas. Qué bello rescatar la sabiduría y el valor de una cultura con el único propósito de mostrar al lector que dos maneras diversas de interpretar la vida y la historia: una según la cual pertenecemos a la única cultura que desde tal punto de vista merece ese nombre, la cultura occidental, y otra según la cual pertenecemos a una cultura o somos tributarios de una cultura que ha existido desde siempre paralelamente a ésta otra.

Así pues fíjense de nuevo en la afirmación que hice respecto de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Es inequívoco que se trata de derechos con una pretensión de universalidad: son los derechos del hombre y del ciudadano en todo tiempo y en todo lugar y son los únicos con una vigencia indiscutible y absoluta. De acuerdo con este punto de vista universalista, apriorista y hegemónico, la cultura occidental es la cultura por excelencia; las demás, como diría el doctor Savater, son mera curiosidad.

La nueva perspectiva constitucional

El constituyente colombiano de 1991 resolvió diseñar un estado muy distinto al que se encontraba plasmado en la Constitución de 1886. Desde su artículo 1º nuestra nueva Constitución presenta a Colombia como un estado pluralista. Es así como, por ejemplo, en el artículo 70 -que es una pieza clave de nuestro ordenamiento constitucional- se consagra el derecho a acceder a la cultura y se obliga al Estado a tratar ilustradamente a todas las culturas que conviven en el país. En este mismo orden de ideas, el artículo 246 establece la autonomía de las autoridades indígenas para administrar justicia de acuerdo con sus costumbres pero dentro del marco de la Constitución y las leyes. Ésta, al igual que otros ejemplos de normas constitucionales, han sido objeto de una hermenéutica interesante por parte de la corte constitucional.

¿Por qué hago estas afirmaciones, especialmente la afirmación de que la Constitución de 1991 siguió un modelo muy distinto del que estaba consignado en la Constitución de 1886? Como magistrado de la Corte Constitucional, fui asignado como ponente de una sentencia de inconstitucionalidad de una ley de 1988 que se refería a los indígenas en los siguientes términos: “los salvajes que vayan reduciéndose a la civilización deberán ser educados bajo las normas de la iglesia católica”, etc.

Lo anterior no se diferencia en nada de lo que ya les he dicho de la filosofía priorista en el racionalismo ni de la propuesta del profesor Jhorn de estudiar la historia de la humanidad de esta manera lineal. Según este discurso, dado que estos señores no han llegado a un estado de desarrollo cultural como el nuestro son, por lo tanto salvajes, y “reduciéndolos” a la civilización, como dice la norma, les hacemos un gran favor.

La Constitución de 1886 poseía un sello absolutamente económico, ¿cómo se buscaba lograr la unidad nacional? La unidad nacional supuestamente se conseguiría mediante la unificación de creencias, de estilos de vida, de lenguaje. Así, todos debíamos hablar español, todos debíamos ser católicos y todos debíamos comportarnos como buenos miembros de la cultura occidental. En cambio, la Constitución de 1991 prescribe el pluralismo, es decir, la tolerancia con mi vecino aunque tenga un estilo de vida distinto del mío, y el multiculturalismo, que es el reconocimiento de que en Colombia existen muchas culturas distintas que deben ser tratadas en un plano de igualdad. De esta manera, esos indígenas que antes eran tratados como salvajes que debían ser reducidos a la civilización, ahora se les considera capaces de administrar justicia, de ser jueces, al igual que sus costumbres y sus formas de vida son consideradas aptas para resolver los conflictos que se presenten dentro de la comunidad se presenten.

Dicho esto, uno se pregunta ¿Qué es la Constitución de 1991? ¿Por qué se dictó? Creo que es una buena clave hermenéutica interpretar la Constitución de 1991 como una constitución de paz. Al respecto, su artículo 22 es absolutamente singular. Escuchaba ahora la intervención que me presidió en el uso de la palabra en la que se sostenía, por ejemplo, que la paz iba a consolidar el movimiento indigenista. Linda afirmación con la que estoy plenamente de acuerdo a la que debo además agregar que la paz no sólo puede consolidar esos movimientos sino que el movimiento indigenista puede contribuir a construcción de la paz misma. Recuerden que a lo largo de todo el proceso constitucional y de la época que lo precedió hablábamos permanentemente en un lenguaje muy bello al afirmar que teníamos que suscribir de nuevo el pacto social. Ahora bien, en esa idea de suscribir de nuevo el pacto social había, creo yo, un error hasta posiblemente voluntario porque presuponíamos que ya habíamos escrito un contrato social y eso, a mi juicio, no ha ocurrido nunca en Colombia. Sin embargo, en todo caso, el proceso constitucional sí fue un llamado a ponernos de acuerdo acerca de las normas que encausarían nuestra conducta y regirían de manera civilizada la convivencia de los colombianos. Se trató de un llamamiento a la democracia y simultáneamente de la confesión positiva de que el modelo hegemónico que hasta el momento había dominado entre nosotros había fracasado y, por tanto, que era necesario ensayar otro modelo.

Yo he insistido en muchos escenarios que el drama que vivimos como nación se traduce o desemboca en la anomia, en la falta de obediencia no sólo a las normas jurídicas sino también a las normas morales, las reglas del trato. Todas ellas se han vuelto directivas absolutamente desechables, dignas de ser olvidadas, a pesar de que sin su presencia es imposible vivir civilizadamente. Y lo ideal es que tales normas, que son las que van a regir la vida de la comunidad, hayan sido elegidas por la misma comunidad. De ahí la importancia de subrayar el hecho de que vamos a suscribir un pacto y de que el constituyente de 1991 persiguiendo, a mi juicio, una gran visión, diseñó una Constitución en contrapunto o contramano de la anterior cuyos resultados no eran satisfactorios. Mientras que ésa era una Constitución paradójicamente hegemónica y conservadora a la vez -porque, fíjense ustedes la paradoja, a pesar de que el conservatismo es ordinariamente historicista, la anterior Constitución era también hegemónica al modo del racionalismo occidental y predicaba una sola cultura y un solo idioma- ésta es una Constitución más democrática, más garantista, y no sólo pluralista sino pluriculturalista. Hay quienes no creen en esta fórmula y, por el contrario, les ha disgustado desde el principio. Y sin embargo fíjense en los resultados de la nueva Constitución. La otra Constitución duró poco mas de cien años y a pesar de eso hoy en día se reconocen y practican cerca de setenta lenguas distintas del español. Igualmente ocurre con las creencias religiosas. Católicos y cristianos en general coexisten actualmete con practicantes de otras religiones y con no creyentes, como los agnósticos; y tanto a los unos como a los otros organizan su vida de una manera bella y decente. En esto consiste el multiculturalismo, uno de los pasos más importantes que ha dado el constituyente colombiano, pero que desde luego crea dificultades teóricas y practicas. ¿Por qué? Porque la Constitución colombiana, tan pródiga en derecho, también se presenta como una Constitución universalista, que defiende y recoge la filosofía de los derechos humanos, al tiempo que, de otra parte, reconoce y protege la diversidad cultural junto con los valores, los usos y los hábitos de todas las comunidades que integran el país con el ánimo de unificarlas en torno a un mismo propósito nacional. Recordarán ustedes esa hermosa conferencia pronunciada por Ernesto Renan en 1998 en París de título “Qué es una nación?”. En esa conferencia Renan examina la noción de identidad nacional y atribuye la existencia de una nación no al hecho de que se hable un mismo idioma o de que se compartan unas mismas creencias, sino a la existencia de que un grupo de personas que pueda hablar y deliberar. Construir y materializar un propósito nacional... ése me parece que es el reto planteado por la Constitución de 1991. Es un reto muy bello. Vean ustedes, enamorado como lo he sido siempre de los derechos humanos, me parece hermosa la consagración del pluriculturalismo por una razón; porque el pluriculturalismo no sólo no degrada la concepción de los derechos humanos, sino que la reivindica y la afianza sobre nuevas bases en esta materia. En materia ética y política no existen, como sí ocurre en la matemática por ejemplo, verdades a priori. En estos ámbitos hay solamente postulados históricos modulados de acuerdo con las conveniencias de una comunidad en un momento dado, y por tanto, el solo hecho de que con posterioridad a la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1786 se hayan formulado otras declaraciones de los derechos del hombre y haya habido una declaración de los derechos económicos, sociales y culturales, que fue recogida por la Constitución colombiana de 1991, confirma el carácter contingente y normativo o prescriptivo de los derechos. Éstos no son verdades apriorísticas sino anhelos, propósitos, metas, que están condicionados por el momento histórico que atraviese cada comunidad. Lo que hay es pues, por decirle de alguna manera, una “historicización” de los derechos humanos y esto, en vez de restarles vigor, los revitaliza al ponerlos en donde han debido estar siempre en el proceso histórico.

Pienso que el paso que dio el constituyente colombiano es un paso atinado, un paso sabio. Proponer la unidad en la diferencia, proponer la autonomía de las comunidades, proponer el pluriculturalismo y todas las demás formas de pluralismo, es indiscutiblemente un avance en el proyecto democrático que nos hemos trazado.

Ahora bien, es también necesario anotar que sin lugar a dudas el pluriculturalismo es una de las promesas incumplidas de la Constitución colombiana de 1991. Entre nosotros se acostumbra mucho promulgar cartas, entre otras, cartas constitucionales y no sólo eso, sino que también se acostumbra proferirles incluso directivas oficiales muy bellas, muy seductoras, pero con la secreta esperanza de que no se cumplan. Yo creo que el estado no ha asumido en el campo del pluriculturalismo los compromisos y las obligaciones que la Constitución le ha impuesto. Era de esperarse que ya se hubieran dictado las leyes que desarrollaran e instrumentaran el pluriculturalismo y que materializaran la reivindicación de las comunidades indígenas ordenada por la Constitución. Y sin embargo, únicamente la jurisprudencia de la Corte Constitucional ha adelantado esa labor. Algo semejante ocurre con el Estado Social de Derecho, otra de las promesas incumplidas de la Constitución. Pero cuidado, el hecho de que sea una promesa incumplida no desdice de la Constitución sino de los gobernantes que no se atienen a los compromisos que ésta contiene. Y por eso opino que en este campo del multiculturalismo todo está prácticamente por hacer. Tanto el Estado como la sociedad civil tienen mucho en relación con esa directriz multicultural. Como les decía anteriormente, ésta es una Constitución de paz y si dentro de su catálogo de principios se incluyó el multiculturalismo fue porque el constituyente lo consideró un ingrediente necesario para lograr tal paradigma.

Septiembre de 2005.