Por Fernando Garavito  

Carlos Gaviria juega un intuitivo proceso de selección natural de las ideas, de aciertos, de seguridades, de pequeñas -y también de enormes- sabidurías.

Carlos Gaviria debería ser presidente de la República. De haber nacido en el siglo XIX se habría llamado Eustorgio Salgar. O Aquileo Parra. A comienzos del siglo XX Darío Echandía o Gerardo Molina. Porque Gaviria, como Salgar, como Parra, como Echandía, como Molina, es un espíritu auténticamente liberal, de una desconcertante disciplina intelectual, de un discurso con el rigor que tenía el de los viejos patricios, fundamentado sobre silencios y lecturas, sobre afirmaciones e iluminaciones.

En Gaviria juega un luminoso e intuitivo proceso de selección natural de las ideas, de aciertos cuando se trata de escoger un camino preciso, de seguridades, de pequeñas -y también enormes-sabidurías. Si se quisiera hacer su biografía sería secundario decir que nació en Sopetrán el 8 de mayo de 1937 y que es abogado de la Universidad de Antioquia, y que fue juez en Rionegro durante un año (del 12 de enero de 1962 al 12 de enero de 1963 para cumplir, sin un minuto más, sin un minuto menos, con la obligación de la judicatura), y que practicó el derecho y fue defensor en consejos de guerra de estudiantes y de sindicados de delitos políticos, y que luego fue maestro (que no es lo mismo que ser profesor) universitario, y que ahora es magistrado de la Corte Constitucional y que mañana volverá a ser catedrático de tiempo completo y –otra vez- ratón de biblioteca. Para hacer su biografía sería inútil hablar de todo eso. Pero debería hablarse, eso sí, de Kelsen, de Wittgenstein, de Spengler, de Kant, de Borges, de quienes aprendió el rigor y la obsesión por la claridad con que confronta cada día su acción, su pensamiento.

*De Kelsen -cuenta- lo sedujo su cercanía al positivismo lógico y su aporte al derecho, que él (Kelsen) quiso convertir en un área donde debía pensarse tan rigurosamente como en cualquiera otra del conocimiento.

*De Wittgenstein su concisión, su nitidez, su transparencia. Bajo la fotografía del filósofo que mantiene frente a su escritorio, Gaviria escribió un aforismo wittgensteiniano que convirtió en el leitmotiv de su vida: ”Todo lo que se puede pensar se puede decir, y todo lo que se puede decir se puede decir claramente”.

*De Platón el hecho de su proximidad a Sócrates, un personaje que, dada su integridad y su obsesión por la claridad, es su personaje. Cuando en 1993 fue elegido para la Corte Constitucional, Gaviria escribía un libro sobre el primero de ellos, del que alcanzó a publicar un ensayo básico: ¿Mito o logos? primera encrucijada del espíritu, que se uniría a otros varios igualmente luminosos, entre ellos Kelsen, Wittgenstein y las fronteras del lenguaje, y La ética del como-sí, que, con algunos otros que se quedaron entre el tintero están apunto de volver a encontrar su camino.

*De Spengler su Decadencia de Occidente. Aparte de lo que él representa en el mundo de las ideas, Gaviria se aproxima al universo de la poesía a través del título, que en el idioma original diría Der Untergang des Abendlandes, siendo Abend, tarde, y landes, tierras, lo que vendría a decir “las tierras por la tarde”... Y como por la tarde se pone el sol, Abendlandes sería “las tierras donde se pone el sol”... Y como el sol se pone por Occidente, Der Unter-gang des Abendlandes sería La decadencia de las tierras donde se pone el sol, vale decir La decadencia de Occidente.

*De Kant el hecho de que haya enseñado con precisión cómo es posible separar la creencia religiosa de la fundamentación ética.

*¿Y de Borges? De Borges la unidad de una obra en la que no es posible separar la poesía de los cuentos y los cuentos de los ensayos y porque todos ellos las obsesiones son las mismas, el tiempo, el laberinto, el espejo, lo efímero de la vida.

“Hay mucho de emoción estética –dice Gaviria- en descifrar un enigma”. Y helo ahí descifrando el enigma de este país no solo en sus clases (que alguna vez fueron de Teoría general del delito y luego de Introducción del Derecho, y que después pasaron a ser de Teoría general del Estado y de Filosofía del Derecho), sino en su pasión por el problema humano, en el recuerdo persistente de sus cursos de Harvard (de Iuris Prudens, con Lon L. Fuller, y de Teoría Política, con Karl J. Friederich), en su convicción de que la política es el arte de ver claro, “claridad que debería habilitarlo a uno para la acción”, en su adhesión al maravilloso ideal anarquista de la inutilidad de un gobierno, en sus ponencias esenciales que enseñan comportamientos a un país sin norte alguno: sobre la eutanasia, sobre la despenalización del consumos de dosis mínima de droga, sobre las jurisdicciones indígenas que obligan a respetar la autonomía de grupos étnicos que no comparten la cultura hegemónica, en su salvamento de voto en torno a la prohibición del castigo a los niños (“no podemos entender que en Colombia la violencia sirve inclusive para educar”), y en la iluminada seguridad como acepta que él es un humanista, tal vez un romántico convencido de que Bertrand Rusell tenía una enorme razón cuando comenzó sus memorias con una sentencia categórica: “Tres pasiones simples pero abrumadoramente fuertes han gobernado mi vida: el ansia de amar, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad”. Sentencia que en Colombia muy pocos pueden hacer suya. ¿Entre ellos usted? Entre ellos Gaviria.

Revista Código, suplemento jurídico de El Espectador, Bogotá, 30 de octubre de 2000.