Por José Saramago  

Dicen los timoratos y los que hacen de la prudencia la regla de oro de una vida tranquila, dicen también los que se asustan con la idea de que un soplo de verdad derribe la arquitectura de los intereses creados, que es inadmisible interferir en los asuntos internos de países que no sean los propios. Pueden hacerlo los políticos (a veces hasta el descaro, como en el caso de Bush), pero no los ciudadanos comunes.

Ha sido así, como ciudadano común, como he despertado recientemente las iras oficiales en Chile por haberle pedido, en público, a la presidenta Michelle Bachelet que defendiera al pueblo mapuche de los atentados de que históricamente y en el presente viene siendo víctima. Metí los pies en el plato, como suele decirse en mi tierra. Espero que ahora de Colombia no me lleguen reacciones del mismo calibre. Porque, tras examinar con la mayor de las atenciones la lista de los candidatos a las elecciones presidenciales que allí se van a realizar este mes, e imaginándome colombiano (en el caso de Chile ya me había imaginado mapuche), decidí que votaría por Carlos Gaviria.

Este antiguo magistrado de la Corte Suprema, demócrata íntegro y sin mancha, con una visión ética de la vida y de lo que tendría que ser la política, es, según mi opinión, el presidente que Colombia necesita. Me sentiría muy feliz si una mayoría de colombianos estuviera de acuerdo conmigo.

Texto de José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, que leyó Laura Restrepo en la Plaza Simón Bolívar de Bogotá el 21 de mayo de 2006, durante el mitin que cerró la campaña de Carlos Gaviria.