Por Carlos Gaviria Díaz  

El martes 29 de abril de 2008 en el Club de Ejecutivos tuvo lugar el lanzamiento del libro "Cómo desempantanar el Acuerdo Humanitario", una compilación de las columnas del expresidente Alfonso López Michelsen a cargo de Ernesto Samper.

• Carlos Gaviria, Presidente del Polo, escribió, por sugerencia de los editores, el epílogo del libro en el que hace referencias a Alfonso López y a la actual situación en la que se encuentra el Acuerdo Humanitario.

• Presentamos a continuación el texto completo del epílogo leído por Gaviria en el lanzamiento del libro.

“Ha sido una constante de la humanidad el desconocer la existencia del conflicto público para poder desconceptuar como malhechores a los contradictores”. Alfonso López Michelsen.

En un certero ensayo, Mirabeau o el político, confronta Ortega y Gasset dos tipos humanos en apariencia irreductibles: el intelectual y el político. El primero corresponde a quien juzga que la reflexión y el pensamiento han de preceder a la acción para que ésta sea razonable y fructuosa. El segundo, del que Mirabeau es ejemplo incuestionable, se precipita a la acción sin escrutinio previo y sólo después de realizada advierte que debe acudir al raciocinio para justificarla. La obsesión del primero es el pensamiento, que en exceso inhibe la acción, y la del segundo el hacer, el actuar, en cuyo auxilio puede luego llegar el discurso justificativo.

Pensados uno y otro como tipos ideales, se avienen tan mal que parecen condenados a vivir aparte. Pero en la vida real a menudo coexisten en un mismo individuo, generalmente, eso sí, con predominio más o menos notorio de una de esas dos vocaciones. Dos personajes de nuestra historia política reciente, militantes de un mismo partido y con similitudes ideológicas, pueden servirnos para ilustrar lo dicho: Carlos Lleras Restrepo, un político intelectual, y Alfonso López Michelsen, un intelectual político.

Dejo de lado digresiones tentadoras que el lector puede hacer aplicando esa embrionaria tipología a cuantos protagonistas se le antojen, de nuestro entorno y de afuera.

En Alfonso López Michelsen siempre admiré, por sobre todo, su inteligencia esmeradamente cultivada, su originalidad y su capacidad retadora para sublevarse contra el pensamiento oficial, y de caminar en contravía del lugar común. Sin duda el poder no le disgustaba, pero llegó a la contienda política después de haber pensado, con el rigor que confiere la vida académica, en el fenómeno del poder y sus imbricaciones con la ética, con la religión, con la economía, con las especificidades históricas de la sociedad en que se ejerce y con las relaciones de ésta con el resto del mundo.

Esa particular idiosincrasia, el prolongado ejercicio de sus hábitos intelectuales y su interés por el conocimiento como factor de cambio y de progreso preservaron su mente fresca, y receptiva a fenómenos nuevos imposibles de soslayar en la marcha de las sociedades contemporáneas. Los avances en el campo de la genética, las posibilidades y riesgos de la clonación, las perspectivas de los transgénicos en el aumento de la productividad, eran asuntos que lo apasionaban y, superados ya sus noventa, lo hacían exclamar: “¡Si tuviera cuarenta años menos!”

En el Derecho Humanitario confluían a la vez el interés renovado del expresidente por su disciplina originaria (el derecho público) y la plena conciencia de su aplicación urgente para paliar siquiera los efectos de un conflicto armado que hace tiempos tiene al país sumido en la degradación. Fue la última batalla que libró con ejemplar perseverancia pero con la desesperanza de quien ara en el desierto. Las páginas precedentes dan cuenta de su lucidez y de su valor civil en una lucha que aún parece utópica pero que es preciso seguir librando.

El expresidente Samper, su aliado permanente en el mismo propósito, ha tenido la buena idea de reunir las columnas escritas por López en el diario El Tiempo, por más de diez años, al lado de otros documentos relacionados con el mismo tema, y presentarlas como un libro. Creo haberlas leído en su momento, al menos en su gran mayoría, pero confieso que su relectura, ya reunidas en un texto, me ha revelado aspectos, dimensiones y proyecciones que se me habían escapado en la lectura saltuaria. Sin duda es verdad, en este caso, que el todo es mucho más que la suma de las partes.

Como el propio Samper y Felipe Escobar, el editor de este libro, me han solicitado un comentario a modo de epílogo, voy a expresar, sin mucho esfuerzo por resultar ordenado ni exhaustivo, algunas reflexiones que la relectura me ha suscitado, coincidentes en su gran mayoría con las ideas de López pero quizá marcadas por un pesimismo mayor que el que revelaba el expresidente al escribirlas.

De entrada, ensayando una respuesta a la pregunta que titula el libro, voy a afirmar sin ambages que, bajo el actual gobierno, alcanzar un acuerdo humanitario es poco menos que imposible. ¿Razones? Aquí van unas pocas.

I. Tanto el gobierno como la guerrilla (perdón, doctor Uribe, por el abuso del lenguaje) creen que la razón está de su parte, y ninguno hace el intento de “ponerse en los zapatos del otro”, para usar una expresión reiterada por López.
Sin duda la sólida formación jurídica del expresidente, quien debió de tener mejores maestros que Uribe, y su clara ideología liberal le permitían hacer un ejercicio que el actual presidente se resiste a ensayar.

En una confrontación bélica (y a ella se asimila en el Derecho Internacional Humanitario una situación como la que vive Colombia) la distinción no se establece entre buenos y malos, ciudadanos honrados y bandidos, sino entre gobierno y alzados en armas. Porque si desde la perspectiva del Gobierno Marulanda es un bandido, desde la de Marulanda todos los agentes del Gobierno lo son, y en esa descalificación recíproca el Derecho Internacional Humanitario no toma partido sino que les impone obligaciones a uno y otro en beneficio de terceros o de los propios contendientes, cuando el uno queda a merced del otro.

II. Como inevitable corolario de lo anterior, cada uno de los adversarios bélicos pone todo su empeño en ganar la guerra y no en morigerar (¡humanizar!) sus efectos, puesto que tiene la expectativa de que termine pronto, así los tiempos y las urgencias de uno y otro sean bien distintos y las diferencias logísticas sean cada vez más significativas.

De ese común y contradictorio empeño se siguen las más perversas consecuencias a la luz del Derecho Internacional Humanitario y aun del Derecho a secas. Porque si los medios más protervos e inhumanos resultan eficaces en la lucha contra el enemigo, no hay que detenerse en consideraciones jurídicas ni morales. Ambos, gobierno y guerrilla, parecen haber aprendido (o intuido) que los consejos de Maquiavelo deben repudiarse en el discurso pero observarse en la práctica, ajustados a la letra y al espíritu, puesto que los fines perseguidos por los buenos y los malos, desde su perspectiva interna, son irreprochables. Se puede (en el sentido ético del vocablo) secuestrar a una mujer indefensa, verbigracia, y convertirla en un precioso objeto de intercambio, o pagar para que se asesine a quien se considera un criminal así el asesino haya sido su compañero de causa. “Algo tenemos en común: somos creyentes insobornables en nuestros principios, pero nosotros tenemos la verdad y los otros están en el error”, parece escucharse de ambos lados de la trinchera, compitiendo en perfidia, porque así es la guerra que el Derecho Humanitario pretende humanizar. Cada bando invoca las atrocidades del otro para justificar las suyas, cuando justamente el DIH repudia y excluye expresamente el condicionamiento de su vigencia a la reciprocidad.

III. El empeño del Gobierno y de sus asesores en negar la existencia del conflicto no es ni mucho menos ingenuo. No es que piensen, como se los reprocha repetidamente el expresidente López, que las cosas dejan de ser lo que son si se las llama de otro modo. Es que la retórica contraevidente funge como poderoso instrumento de propaganda. Que las FARC y las demás organizaciones insurgentes cometen crímenes atroces, de guerra y de lesa humanidad, es un hecho incontestable, como lo es el que ninguna persona decente y razonable puede reclamar perdón para tanta barbarie. Pero ¿cuál es la ganancia que deriva el país de reducirlos, mediante un cambio programado del lenguaje, a meros bandidos y narcotraficantes? ¿Sustraerse el gobierno (y desde luego sustraerlos también a ellos) del cumplimiento de las obligaciones derivadas del Derecho Humanitario? Vano esfuerzo. Que a las FARC las tenga sin cuidado ese ordenamiento normativo es inaceptable pero entendible dentro de su desprecio torpe por el “derecho burgués” que “ellos no han sido llamados a aprobar”. Pero que un gobierno, en nombre de un Estado de Derecho, pretenda evadir las obligaciones que de esa normatividad se siguen, y ratifique con prácticas universalmente reprochables su renuencia a aceptar límites en la acción contra los insurgentes, así se les reduzca a la condición de meros facinerosos, da cuenta de una palmaria contradicción. Porque la esencia del Estado de

Derecho consiste, precisamente, en que éste sólo puede actuar dentro de los más rigurosos límites normativos. Allí radica su superioridad ética. Pero la propaganda envía un mensaje subliminal: contra los forajidos todo vale.

La pregunta que de allí surge es muy simple: ¿será la emulación en la guerra sucia generadora de un clima propicio para humanizar el conflicto que sigue excediendo en duración los cálculos más optimistas del actual gobernante? ¿Qué hacer entre tanto con los millares de civiles víctimas de un conflicto que, a juicio del Gobierno, ni siquiera existe? ¿Se puede acaso civilizar la persecución de bandidos sin Dios ni ley? Creo que la respuesta oficial la conocemos.

En conclusión, la idea del progreso indefinido, herencia de la Ilustración, haría pensar en la guerra como un hecho contingente llamado a desaparecer. Sin embargo, la historia se obstina en mostrar otra cosa. Como si el perfeccionamiento moral de la humanidad fuera ilusorio. Esa hermosa utopía, eliminar la guerra, que de puro lejana parece inalcanzable, hay que sustituirla por otra menos ambiciosa pero tal vez más realizable: expurgarla de tantas injusticias, de tanto dolor evitable, de tanto horror prescindible.

A eso apunta el Derecho Humanitario, originado en la experiencia desgarradora que vivió un espíritu sensible al finalizar la batalla de Solferino. El joven soldado Henri Dunant, conmovido por las atrocidades anejas a la cruenta confrontación, se propuso esa modesta meta y aún ella parece inalcanzable.

La finalización del conflicto sangriento que vive el país, a muchos nos parece remota, entre otras razones por el camino equivocado que se ha escogido para lograrla. Pero, entre tanto, ¿por qué no encauzar esfuerzos colectivos a humanizarlo? Lo grave es que quienes le juegan a la terminación de la guerra mediante su intensificación son los más renuentes a su humanización.

El expresidente López dedicó los últimos diez años de su existencia a hacerles ver a los gobernantes del país y a sus conciudadanos la necesidad imperiosa de humanizar el conflicto armado que vivimos, mediante la aprobación de las reglas civilizadoras del Protocolo II de Ginebra, que él mismo en su momento juzgó riesgoso para Colombia. Pero como pensaba que en la coherencia tiene que haber espacio para la rectificación, advertido el error, compensó con creces su actitud renuente, con una serie de reflexiones, de propuestas y de acciones concurrentes a ese noble propósito.

Tanta mella hicieron sus argumentos en los actores del conflicto como la lanza de don Alonso Quijano en los molinos de viento. Pero alguien habrá que reciba el relevo. Pensamos que cuando esa batalla se gane el triunfo también será suyo.

Por ese lúcido y empecinado esfuerzo merece el expresidente fallecido hace casi un año el reconocimiento de las ciudadanas y los ciudadanos de buena voluntad. Y otro tanto, por la misma razón, merece su terco cómplice, el ex presidente Samper, a quien debemos la publicación de estas páginas admirables en las que hay mucho más de lo que en estas líneas alcanza a glosarse.