Por Carlos Gaviria Díaz  

Con la firma del TLC la dependencia de nuestro país frente a Estados Unidos se aumenta significativamente. El presidente Uribe ha suscrito un tratado que aumentará la desigualdad y contribuirá al deterioro de nuestra soberanía. Ante el cierre de negociaciones del TLC, el país debe acometer aún con mayor firmeza la iniciativa política de construir una auténtica democracia.

El presidente Uribe ofreció en venta durante veintiún meses de negociación la economía colombiana a Estados Unidos. Al final, Estados Unidos la obtuvo como donación y, en consecuencia, nuestro país recibirá el trato que las potencias les dan a sus colonias.

Ése es el sentido en el cual se incrementará la dependencia de Colombia frente a Estados Unidos, tal como lo admite el Banco de la República. Bajo ningún pretexto o recurriendo a artilugio alguno, el presidente Uribe Vélez podrá ocultar la lesión enorme y el menoscabo en alto grado que le ha infligido a la soberanía nacional. Y, como en casi todos sus actos de gobierno, ha procedido de manera antidemocrática desestimando las expresiones ciudadanas y de las comunidades indígenas contra el TLC y contraviniendo disposiciones de la Comunidad Andina de Naciones.

El Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos aumentará la desigualdad entre los colombianos, tanto que los propios voceros gubernamentales hablan de grandes frustraciones, y se constituirá en otro elemento de exclusión de nuevos sectores sociales y a favor de la minoría que ha usurpado al país para sí. En consecuencia, ante el cierre de negociaciones pactado en la madrugada de hoy en Washington, el país debe acometer aún con mayor firmeza la iniciativa política de construir una auténtica democracia, donde quepamos los 45 de millones de colombianos.

INCONVENIENCIA POLÍTICA

La inconveniencia del TLC no es sólo económica también lo es política. La soberanía es al Estado lo que la dignidad es al hombre, y es la dignidad del país la que está poniendo en juego el Presidente Uribe y el grupo de negociadores con la inminente firma del TLC.

En varios escenarios he sostenido que el TLC es un instrumento que resultará muy nocivo para el país. En primer lugar, desde el punto de vista económico, es indiscutible que un país como los Estados Unidos no firmaría un tratado de esta naturaleza si no reportara para él grandes beneficios. Pensar que recurriría a un instrumento de tales dimensiones por razones altruistas es un despropósito, aún más, si se tiene en cuenta la historia de sus relaciones con las naciones en desarrollo.

Joseph Stiglitz, en su reciente libro “Los felices 90. La semilla de la destrucción”, describe algunos hechos que resultan ilustrativos al respecto: “Los acuerdos internacionales, por ejemplo, reflejaron nuestras preocupaciones, nuestros intereses: (…) Los países en vías de desarrollo recibieron instrucciones de abrir sus mercados a toda forma imaginable de importación, incluyendo todo aquello que las empresas estadounidenses hacían mejor que nadie…Entretanto y por nuestra parte, mantuvimos bien firmes nuestras barreras arancelarias y los subsidios a la industria agropecuaria estadounidense, cerrando así nuestro mercado a los agricultores del Tercer Mundo(…) Estos no eran los únicos ejemplos de lo que en el extranjero se les antojaba con razón flagrante hipocresía”. Estas afirmaciones no las hace un miembro de la oposición política en Colombia sino un alto exfuncionario del gobierno de Clinton y del Banco Mundial, hoy importante autocrítico de las políticas estadounidenses.

La posición de los Estados Unidos frente a América Latina descrita no ha cambiado, como se comprueba en las negociaciones del TLC con Colombia y en la actitud arrogante que ha asumido en sectores como el agrícola. En USA este sector produce un superávit de productos como el aceite de girasol, el arroz, el trigo, el aceite de maíz, el algodón, el fríjol y la soya, y por ende necesita ampliar el mercado externo. Su política agropecuaria, por tanto, se orienta a garantizar la supervivencia del sector a través de la expansión hacia el mercado foráneo, para lo cual cuenta con un sistema que faculta a sus empresas comerciales a colocarlos en el exterior por debajo de los precios de producción. Colombia, como consecuencia del TLC, será uno de los países destinatarios de ésta política y las consecuencias serán catastróficas para un área que genera gran cantidad de empleos en el campo.

Estas son sólo algunas de las razones por las cuales, sin mencionar otros sectores como el cultural y el de la salud, el TLC será perjudicial para el país desde el punto de vista económico. Sin embargo, los inconvenientes del tratado no paran ahí. Algunos sectores de opinión han querido presentar esta discusión como una simple disputa entre los sectores económicos que resultarán beneficiados y los que resultarán afectados por el TLC. Sin embargo, poco se ha hablado de la conveniencia política del tratado. Tal como lo señaló en un reciente informe el Banco de la República, la firma del TLC generará para Colombia una situación de dependencia aún mayor frente a los Estados Unidos, lo que implica que el destino de nuestro país ya no dependerá del rumbo democrático que sus líderes y su población le queramos dar, sino muy especialmente del que Estados Unidos nos imponga.

Firmar el TLC es una manera de ceder la soberanía de la nación frente a un país que, como lo señala el mismo Stiglitz, no ha sido generoso con sus vecinos en nada que no sea dirigido a proteger sus propios intereses.

Febrero de 2006.