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Arrodíllate y creerás…

Por Juan Manuel López Caballero  

Un amigo me preguntó “¿Qué hicieron los negociadores en Oslo? o ¿Qué fueron a hacer?”

La pregunta es desconcertante no tanto por lo difícil de la respuesta sino porque es raro que no se haya planteado a nivel de ninguno de los medios de opinión (sobre todo en forma de cuestionamiento).

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Por Juan Manuel López Caballero  

Un amigo me preguntó “¿Qué hicieron los negociadores en Oslo? o ¿Qué fueron a hacer?”

La pregunta es desconcertante no tanto por lo difícil de la respuesta sino porque es raro que no se haya planteado a nivel de ninguno de los medios de opinión (sobre todo en forma de cuestionamiento).

En efecto lo único que se conoce es que fueron, hicieron una presentación, y volvieron. ¿Cómo se explica la necesidad de montar todo el viaje, los costos y sobre todo la logística de movilizar en especial a los voceros de  las FARC, para el equivalente a tomarse una foto y retornar a sus respectivos puntos de partida al día siguiente?
¿Es que además de lo que vimos se dio algún otro paso? En otras palabras ¿Hicieron algo más en cuanto a avance en los contactos o los diálogos?

Una respuesta evidente es que siendo Noruega uno de los garantes era importante formalizar esa vinculación. Otra posible es que ese escenario hubiera sido pactado para crear un impacto con la presentación sorpresa de la noticia del primer acuerdo, y que, a pesar de que las indiscreciones de Pacho Santos lo dieron a la luz pública en forma no prevista, se decidió continuar con lo acordado.

Lo que quedó ante la opinión es que lo que se logró fue volver ante el público en forma bastante explícita las posiciones distantes de las partes. Teniendo en cuenta que el propósito declarado y repetido es que no se desarrollarán ´negociaciones en los micrófonos’, parece contradictorio el haber montado ese espectáculo; y menos se comprende si lo que se buscaba no era marcar las diferencias sino la convergencia de objetivos.

Mal se puede decir que sorprende el discurso de Iván Márquez describiendo la Colombia que ven y las razones de su lucha; o la insistencia de Humberto de la Calle en que la idea no es sentarse a buscar que temas se negocian, o que el Gobierno no sería ‘rehén’ del proceso si este no prospera según sus criterios. No es tanto que por ser obvias y conocidas esas posiciones no era necesario repetirlas, sino que no se entiende por qué darle semejante despliegue. Siendo ese el primer paso del proceso flota la duda: ¿fue conveniente? ¿Qué se buscaba? ¿lo que se buscaba se logró?

Una explicación que aunque poco probable daría justificación lógica a lo que de otra manera pareciera algo no previsto sería que lo que se esperaba es lo que se consiguió: que quedara explicito para la opinión pública lo difícil que serán las conversaciones. Deliberado o no, el resultado puede verse positivo en ese sentido: al discurso inicial oficial según el cual no se acudiría a falsas aproximaciones, ni posiciones hipócritas para buscar soluciones a medias, la respuesta de Iván Márquez no podría ser más coincidente. Con la enumeración de los casos que ellos asumen justifican su posición (protestas de las poblaciones de el Quimbo, Santurbán, Rancherías, Marmato, etc.); de los movimientos que consideran coinciden en su orientaciones (Marcha Patriótica, MANE, Colombianos y Colombianas, Polo Demócratico, etc.); o de los problemas que deben ser motivo de cambio en el país (modelo minero-energético, concentración de la tierra, Reforma Militar, TLC; etc.), dejaron claro cómo ven el escenario y para dónde van sus objetivos. Faltó ser bastante más explícitos o categóricos (tal vez por lo obvio) en cuanto a que la razón de estar sentados en la mesa es porque esperan poder acordar unos pactos que los lleven a perseguir esos objetivos por caminos diferentes al de las armas.

Pero también, que sea premeditado o no, otro lado positivo es que coincide con el repetido planteamiento de Blaise Pascal respecto a cómo volverse creyente: “arrodíllate y creerás”. Con esta frase significaba que a través de ritualidades se puede llegar uno a convencer de cosas de las cuales no hay seguridad alguna que sean ciertas. El sentarse a conversar sobre el fin del conflicto armado y el seguir programando un itinerario con fechas y sitios para continuarlo puede compensar la falta de contenido o por lo menos de coincidencia en lo que se supone negociar; puede que a fuerza de avanzar en las formalidades acabemos convenciéndonos y creando las situaciones que no permitan salida diferente de la de alcanzar un acuerdo cualquiera que desplace los argumentos que no ofrecen otra opción que la solución bélica.

22 de octubre de 2012.

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