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Nacional

Búho por loro o la parábola de la democracia colombiana

Por Jaime Enríquez Sansón  

Cuando los griegos inventaron la palabra democracia, no pasaban en número de unos cuantos miles. Eran relativamente pocos y se conocían unos a otros. Por eso, al tratar de elegir gobernantes o legisladores, tenían un margen mínimo de error, así como era mínima la posibilidad de errar cuando querían designar una cosa,

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Por Jaime Enríquez Sansón  

Cuando los griegos inventaron la palabra democracia, no pasaban en número de unos cuantos miles. Eran relativamente pocos y se conocían unos a otros. Por eso, al tratar de elegir gobernantes o legisladores, tenían un margen mínimo de error, así como era mínima la posibilidad de errar cuando querían designar una cosa,

entre otras razones porque ellos mismos inventaban los nombres. En esos gloriosos tiempos nadie confundía gato con liebre y a nadie le darían gato por liebre, ni en la mesa con los aderezos propios de la cocina griega (hoy tan afectada por la economía de las grandes potencias) ni en la elección o designación de algún ciudadano. Gato por liebre, en cambio, le meten a cualquier colombiano cuando se trata de elegir concejales, alcaldes, diputados, gobernadores, congresistas o presidente. Pues el gato esconde las garras, se relame de medio lado al pensar en los ratones que lo van a elegir para vigilar el queso y una vez en el poder actúan como natura los manda, como natura los hizo. O, como decían nuestros mayores, estos lobos se quitan la piel de oveja, que es otra forma de manifestarse en público los hipócritas explotadores del pueblo. De manera que ya tenemos una expresión más del engaño: gato por liebre, oveja por lobo.

Y, cosas de la malicia e inocencia colombianas, en estos días a un paisano de la capital del país, para que no digan que sólo tumban a los costeños o a los vecinos de la frontera, le acaban de meter búho por loro. Si señores. A un padre de familia que, fiel a los deseos de sus niños buscaba un loro de mascota, le ofrecieron en un semáforo el loro deseado. Como los ciudadanos del mundo en este siglo XXI, el siglo de las luces de neón, ya no salimos al campo, vivimos esclavizados de la computadora y la Internet, sólo vemos a los animalitos – no digo de dos patas – en la televisión por cable, el ciudadano del cuento aunque no lo halló tan vistoso como en Animal Planet, pensó que con un poco de jabón y algo de estropajo se le podía volver el brillo natural y compró el loro. El afán del semáforo tampoco le dio tiempo para someter a un examen de locución al pajarraco y por eso, rápido, rápido, como comprando cigarrillos de contrabando, metió de cualquier manera el ave en el vehículo y tras pagar los cincuenta mil devaluados pesos que le cobraron, arrancó séptima abajo.

La sorpresa de la familia tardó un poco: los niños brincaban de la alegría, la señora contenía a duras penas la recriminación normal en toda ama de casa que debe afrontar las gracias coprológicas de cualquier intruso emplumado y el visitante de siempre miraba con sorpresa y curiosidad al pájaro. Poco a poco, la angustia hizo presa de la familia. El animal mostraba un comportamiento extraño y su apariencia les iba pareciendo cada vez más alejada de los loros y más cercana a otros que no recordaban bien. Giraba la cabeza en círculo como la niña de El Exorcista; miraba fijamente con unos ojazos inmensos como gusta hacer cierto expresidente para desconcertar a los aprendices de periodista que suelen hacerle estúpidas preguntas en la primera oportunidad que se les presenta; pero sobre todo, se negaba a hablar. Cual hacen los Nule o Merlano o cualquiera de los defendidos del abogado de la Espriella. O como cualquier congresista de provincia, al estilo de alguno que conozco, quien ya se va a jubilar y hasta la fecha, en la Cámara, ni siquiera ha dicho muuu, como debía.

Y de pronto, uno de los pequeños, el menos pequeño de todos, se acordó de que en algún rincón olvidado de la casa tenían unas cosas raras de esas ahora ya no utilizadas y que los viejos llamamos libro. Y corrió a buscar entre los libros uno, editado hace la barbaridad de treinta años por Colcultura, que tenía en la parte de arriba un dibujo muy parecido al del animal adquirido por el despistado papá. Y con el dibujo y la ayuda de Facebook y los tres mil amigos en línea, llegaron a la pasmosa y desconcertante conclusión de que el loro no hablaba por cuanto no era loro sino búho…

Los griegos, inventores de la democracia y de la palabra democracia (que viene de  etcétera, ver arriba al comienzo) y quienes posiblemente también inventaron a los loros y a los búhos, jamás se hubieran confundido al elegir a un buey mudo para la Cámara ni se hubieran dejado meter gato por liebre, oveja por lobo o búho por loro. Los colombianos, por el contrario, con nuestro afán de creer en todo, con nuestra buena fe a cuestas, con esa inocentona tendencia a comer cuento, ya vamos un semestre con alcaldes en ejercicio y apenas empezamos a distinguir que ese animalito elegido que gira la cabeza como la niña de El Exorcista no lo hace porque esté endemoniado sino por cuanto es un búho carente del don de la palabra, incapaz de gobernar, pues se despoja en forma lenta pero inmisericorde de su piel de oveja para mostrar la hirsuta pelambre del lobo, que tiene garras de gato para alzarse con ratón y queso, en fin, que o vamos pensando en la revocatoria del mandato o nos lleva el Patas, como a la niña de El Exorcista.

Mientras tanto… ¿Qué se piensa alrededor de la Casa de Nariño o en ese llamado con el título bucólico de “corazón de la democracia”, la sede del Congreso de la República, respecto al ruido de sables o golpes de pecho como llama el Brigadier General presidente de Acore, la asociación de militares retirados, a los peligrosamente encendidos reclamos de las Fuerzas Armadas en torno al fuero militar?

Altos de la Colina, Pasto, en las agonías de mayo de 2012

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