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Crece la confusión mundial

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

En los últimos años se creó la ficción en los círculos influyentes de que la crisis mundial era historia superada y que las economías evolucionaban adecuadamente, con alteraciones menores. La visión cambió en el último semestre. La verdad es que la crisis de 2008 nunca se resolvió y que el mundo se encuentra ante una nueva manifestación.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

En los últimos años se creó la ficción en los círculos influyentes de que la crisis mundial era historia superada y que las economías evolucionaban adecuadamente, con alteraciones menores. La visión cambió en el último semestre. La verdad es que la crisis de 2008 nunca se resolvió y que el mundo se encuentra ante una nueva manifestación.

La crisis mundial es el resultado del quiebre en el orden económico internacional ocasionado por la globalización, que presionó los salarios por debajo de la productividad. Los trabajadores no tienen los ingresos para adquirir los bienes que pueden producir y los empresarios no encuentran inversiones donde colocar sus excesivas ganancias. Así, los gastos resultan inferiores a los ingresos, el ahorro supera la inversión y la tasa de interés tiende a cero.

El balance no podía ser más lamentable. Las políticas monetarias no lograron evitar que Estados Unidos cayera en la recesión y, menos, que se extendiera al resto del mundo. A las políticas fiscales les fue mejor; la ampliación generalizada de los déficits fiscales reactivó la economía mundial en menos de un año, pero en algunos países causaron endeudamientos insostenibles y su recorte está llevando a una recesión mundial de dos caídas. Los hechos controvirtieron el consenso dominante de los últimos 50 años de que las políticas fiscales y monetarias aisladas están en capacidad de evitar las recesiones prolongadas.

Infortunadamente no se ha aprendido de la experiencia. El debate de los gobernantes de los países desarrollados gira en torno a la contracción y la expansión fiscal y monetaria. Basta examinar las cifras de España y Grecia para advertir que ninguno de los dos caminos es viable. La política contractiva llevaría la desocupación a niveles socialmente intolerables y la expansiva se vería impedida por el acceso a las instituciones financieras. La mejor ilustración se presentó en la última semana cuando España recibió una financiación de 100.000 millones de euros en el sector financiero, y fue saludada con una caída de las bolsas. La medida es de la misma naturaleza de los rescates aplicados a los Estados Unidos, que salvaron los bancos pero no evitaron la recesión ni la extensión al resto del mundo.

La solución de los países periféricos de Europa, incluso de Estados Unidos, requiere una teoría que reconozca el desequilibrio mundial entre los ingresos y el gasto y se aparte y modifique el orden económico internacional. De un lado, es indispensable una devaluación drástica en las economías periféricas, que no es posible dentro de la moneda única del euro, y de otro lado, la ampliación de los déficits fiscales de los países mayores, en particular Alemania y Estados Unidos, que es rechazada en los círculos dominantes.

En Colombia se advierte una actitud similar. En los planes de desarrollo y las metas del Banco de la República la crisis mundial brilla por su ausencia. Las claras señales de que la crisis mundial se había agravado en el último trimestre del año anterior y se manifestaba en los indicadores de Colombia y América Latina, se ignoraron por completo en las proyecciones de crecimiento. En el primer trimestre de este año, cuando se aceleró el deterioro de la actividad productiva, se dieron el lujo de subir la tasa de interés y bajar la inversión publica en infraestructura.

Tan sólo hace veinte días, luego de que apareció la columna “Recae la economía” (mayo 27), se entró en razón. Ahora el ministro de Hacienda dicta cátedra sobre la crisis mundial y las repercusiones en la economía colombiana, y reduce la previsión de crecimiento de 6% a 4,5%. Lo que no dice es que para enfrentar el nuevo panorama se requiere una teoría distinta a la que ha conducido a los errores reiterados de política y predicción.

El Espectador, Bogotá, junio 17 de 2012.

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